Nunca cambiaré

Mi sexta víctima de la tarde está, literalmente, pegada a la pared, paralizada por el terror que le provoca haber visto lo que acabo de hacer con sus hermanos. Con ellos no he tenido compasión aunque tampoco he querido ensañarme. Simplemente era su destino, así que tampoco pretendía hacerles sufrir innecesariamente.

Es el más pequeño de todos. Quizás por eso, el más escurridizo y el que más resistencia opone. Lo sujeto por el cuello con firmeza, para que no dude acerca de quién manda aquí. Me mira, incapaz de hablar, pero a su manera me implora que no le haga daño. No le sirve de nada.

El primer golpe le cae en la cabeza sin que tenga tiempo para reaccionar. Apenas tiene fuerzas para gritar cuando le cae el segundo, luego el tercero… Ya puedo soltarle, está claro que no va a volver a moverse y me dedico a rematarle a placer. Cuatro, cinco, seis golpes y la faena esta concluida.

Dicen que no tengo remedio, que jamás seré capaz de reinsertarme en la sociedad, que por mucho que me encierren en la caja de herramientas nunca cambiaré.

Pero, qué quieren que les diga, ya lo cantaba Pedro Navaja: si naciste pa’ martillo…

 

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