Happy pills

A finales de 2011 llegaba a casa un paquete remitido por Plaza & Janés. Parte de su contenido, absolutamente previsible: un libro, no iban a mandarme un jamón a pesar de que habrían quedado muy bien dado lo señalado de las fechas en que nos encontrábamos.

La novela en cuestión era El asesino hipocondríaco, de Juan Jacinto Muñoz Rengel. Difícilmente clasificable como género criminal por mucho que hable de un asesino a sueldo, pero un pedazo de historia con la que disfruté de principio a fin.

Leída, por tanto, y debidamente reseñada para Calibre .38, como procede en estos casos.

La otra parte del paquete era menos previsible pero tan ingeniosa como la propia novela: un botecito de Happy pills como el de la foto que ilustra esta entrada. No sé si son las mismas que toma el citado asesino hipocondríaco y qué efectos (secundarios o no) pueden producir en quien las ingiere, venían sin prospecto aunque el nombre del producto parece indicativo de su formulación.

En cualquier caso, no ando mal del todo, he conocido tiempos peores, así que el botecito sigue intacto en una estantería, justo delante de la novela de Rengel. Espero que permanezca allí mucho tiempo sin necesidad de probar su contenido.

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