Ulises Sopena. Lo que está por venir

1. Ante todo, mucha calma

La moneda describe una parábola perfecta antes de caer al agua. El muchacho, con apenas diez años recién cumplidos pero ya varios de oficio, se zambulle de cabeza en el canal sin salpicar más de lo estrictamente necesario.

Los espectadores, veinte turistas japoneses correctamente aviados para la ocasión, cuarenta ojos rasgados, permanecen atentos a cada uno de los movimientos del chaval. Por su parte, la guía, provista de un paraguas amarillo y rojo que utiliza como estandarte con el que dirigir a la tropa nipona, mira para otro lado, aburrida: ya ha presenciado el espectáculo en demasiadas ocasiones como para esperar algo nuevo de él.

Son diez años de pocas carnes, casi famélicos, los que se sumergen para conseguir el pan suyo de cada día. O rescata la moneda del fondo del canal o su ración de comida será más escasa que de costumbre. Porque las normas de la Casa son bien claras también en ese aspecto: “A cada cual según su habilidad, de cada cual según su necesidad”.

No solamente es el niño quien aguanta la respiración bajo las aguas, pues los veinte nipones parecen solidarizarse con él y, tal vez, tratan de insuflarle aliento conteniendo el suyo desde la orilla. La guía, mientras, se entretiene contemplando un escaparate de los muchos que ofrecen en la zona productos típicos para los turistas: frutas de Aragón, adoquines del Pilar, piedras de río, cachirulos, camisetas con los mismos motivos estampados que en cualquier otra ciudad del mundo y muñequitos vestidos con el traje regional.

Foto: Beatriz García Cristóbal

Pasan veinte segundos y el niño sigue rastreando el fondo sin intención de asomar la cabeza para tomar una nueva bocanada de aire que le permita continuar la búsqueda. De acuerdo, es solo un euro, tal vez cincuenta céntimos, pero todo un tesoro para un chaval cuya manutención diaria depende de que rescate la moneda del fondo y la saque a la superficie sosteniéndola entre los dientes, como les ha enseñado el tutor de la Casa.

Treinta segundos. Cuarenta. Algunos japoneses comienzan a impacientarse, otros a aburrirse. Todos, en cualquier caso, permanecen en la orilla del canal, cámara en ristre, dispuestos a inmortalizar el momento en que el chico emerja con el preciado botín.

Cincuenta empiezan a ser demasiados segundos incluso para un adulto habituado al buceo y con una capacidad pulmonar normal. Para un niño, comienza a ser francamente preocupante, y eso deben pensar los compañeros del sumergido, tan desharrapados como él, cuando deciden acudir en su ayuda. Tres más se zambullen, estos ya sin molestarse en hacerlo con estilo y sin que les importe la cantidad de agua que salpiquen en el salto. Y justo en ese instante, cuando los tres han acudido en su rescate, aparece la cabeza del primero fuera de la superficie del canal. En su boca, la moneda. En su mano derecha…

El chico se acerca a la orilla, deja el bulto sobre la acera y, plantando con firmeza las manos, se impulsa para salir del agua y quedar sentado al borde del canal. Se pone en pie, introduce la mano derecha dentro del pequeño saco de arpillera que sostiene con la izquierda y extrae el objeto de su interior como si fuera un mago sacando un conejo de la chistera.

Los turistas registran el momento con sus digitales, aunque alguno tiene dificultades para mantenerla firme cuando reconoce la naturaleza del objeto en cuestión. Una mujer comienza a emitir gritos en japonés, muy similares a los que cualquier occidental emitiría en una ocasión similar. El pánico, como la gastroenteritis, parece ser enfermedad altamente contagiosa y enseguida el resto del grupo la imita.

La guía se separa del escaparate ante el alboroto que están montando sus clientes, por lo general muy silenciosos y obedientes. Se acerca al grupo, suelta un berrido que deja pequeños a todos los demás y, profesional como es, recupera la sangre fría. Solo se le ocurre tranquilizar a la parroquia con una frase hecha, la que le enseñaron en la academia de guías para situaciones imprevistas como esa.

Please, ladies and gentlemen, above all, very calm.

Así comenzará el segundo caso del capitán Ulises Sopena. Si quieres leer el primero, Cuestión de galones, puedes acceder a todos los puntos de venta (Amazon, IbookStore, Smashwords, Edibooks, Corte Inglés, Grammata…) desde la web de la editorial, en la que también lo podrás comprar en formato epub sin anticopia DRM. PVP: 3.99 euros.

Si te apetece saber más sobre las andanzas de Ulises, puedes seguirle en su página en Facebook, donde encontrarás más información sobre el capitán, sus casos, su música…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s