Día de entierro

Otro clásico que no suele faltar es el entierro de la víctima, por aquello de que el asesino siempre regresa a la escena del crimen o, en su defecto, hace acto de presencia en sus honras fúnebres, en cuyo caso quienes no dejan de asistir son los agentes de la ley y el orden.

Sé que no debería hacerlo, nueve de cada diez odontólogos no lo recomiendan, pero yo suelo ser siempre la nota discordante. Y como a la pasma se la reconoce a cien metros de distancia, la idea más brillante que se me ha pasado por la cabeza es acudir al sepelio. El razonamiento es simple: si la bofia va a darle el pésame a la viuda -aun con la mayor discreción-, lo de que el cuerpo no mostraba signo alguno de violencia se lo pueden contar a Rita la Cantaora. Se abren entonces varias opciones: que se hayan encargado del suicidio otros gestores más chapuceros que nosotros -en cuyo caso la pasta abonada por Salazar no sale de mi caja- o que se trate de un homicidio o asesinato como sugirió Leonardo -supuestos ambos en los que me tendré que plantear lo de devolver el dinero de inmediato, que no quiero cobrar por lo que otros han hecho por mí sin mediar la voluntad del cliente.

Y aquí estamos, la Quijote de turno y Lorenzo, mi fiel escudero cuando se trata de desfacer entuertos que ni nos van ni nos vienen. Hemos llegado con el tiempo justo, cuando los grupos de amigos y familiares ya se han formado -separados los de la parte del marido de los de la mujer, que en algunos aspectos los entierros se parecen bastante a las bodas- y casi nadie está pendiente de quienes llegan a última hora. Y si nos preguntan que de qué conocemos al finado siempre podemos decir que nos hemos equivocado de velatorio o que somos fervientes admiradores de su obra.

Desde mi puesto de observación no distingo a ninguna pareja vestida con ropa informal y zapatos cómodos, barba de dos días y pequeño bolso tipo bandolera en el que guardar el arma reglamentaria. Parece por tanto que la policía no debe albergar dudas al respecto y, en efecto, aquí no hay nada más que ver, señores. Y en parte me jode, sobre todo porque si la muerte se debe a la voluntad divina o del destino no tendré más remedio que devolver el dinero a la viuda, Elena se quedará sin bolso y yo sin ese extra que tan bien me venía para el intercambio de Juan. De todos modos, ya que hemos venido decido por los dos que podemos quedarnos hasta el final de la película y hacer oreja por si nos enteramos de algo interesante.

Los cementerios de las películas norteamericanas no se parecen en nada a los de la realidad española, y las tumbas unipersonales rodeadas de verdes praderas y a la fresca sombra de árboles centenarios son sustituidas aquí por edificios de varios pisos de nichos y un sol que asusta a las lagartijas. El cementerio de Torrero no es una excepción, el conductor del coche fúnebre se lo está tomando con calma, la manzana que le corresponde a Salazar está en casa dios y algunos empezamos a pensar que tal vez no sea el único muerto del día. Al menos el escritor debía ser agnóstico y nos hemos ahorrado el sermón protocolario, eso que tenemos que agradecerle.

O Salazar tiene mucha familia o para un tipo célebre que la palma en Zaragoza nadie se ha querido perder el último adiós. No menos de trescientas personas formamos el cortejo, al frente los más allegados -la que supongo es la viuda va justo detrás del coche fúnebre, de luto de los pies a la cabeza y que cubre con un sombrerito del que cuelga un velo que le tapa media cara y cogida del brazo de un tipo al que solo le veo las espaldas, anchas, y las orejas, las más despegadas del cráneo que he visto en mi vida-, detrás los amigos y colegas, en el centro los conocidos en mayor o menor grado y, al fondo, los curiosos que no tenemos otra cosa que hacer. Ah, y no falta tampoco una nonagenaria a la que ya he visto en un montón de entierros: no sé si es que conoce a mucha gente o que le pone lo de comprobar que sigue habiendo quienes abandonan el barco antes que ella.

Como lo que busco son esas frases reveladoras que los presentes acostumbran a dejar caer en estos saraos, decido infiltrarme al menos entre los conocidos. No quiero escuchar eso de que no somos nadie o que siempre se van los mejores, lo que pretendo averiguar es lo que no ha contado la prensa, si el tipo se ha suicidado o si, simplemente, le ha dado un yuyu en el coche cuando salía a comprar cigarrillos.

Avanzamos posiciones y nos colocamos junto a una pareja muy afectada. La mujer va colgada del brazo de un hombre de unos cincuenta. Ella llora y cabecea una y otra vez; él le da palmaditas reconfortantes en la mano derecha. La mujer deja de llorar por un instante para abrir la bocaza.

-¡Ay, Dios mío, el pobre Roberto…! Él, que nunca soportó el humo del tabaco, ir a morir entre monóxido de carbono… No somos nadie, no somos nadie, siempre se van los mejores -y vuelve a sus lloros.

-Calla, mujer, sigue llorando si quieres pero cállate, que te va a oír todo el mundo -la silencia el caballero que le sirve de bastón mientras mira a izquierda y derecha para toparse con mi mejor sonrisa seráfica.

Por mí ya podemos irnos: tópicos como los citados por la llorona aparte, este tipo de muertes es relativamente frecuente entre viejos que se calientan con un brasero en mal estado colocado debajo de la mesa camilla, pero en ningún caso es habitual entre escritores a punto de salir de paseo en coche. De un plumazo me queda claro que Salazar no era fumador y que, desde luego, sus deseos de morir eran mayúsculos. Y también explica la actitud recatada de la prensa local, pues estas son circunstancias que las familias prefieren sufrir en silencio y no proclamarlas a los cuatro vientos.

Fragmento de la tercera novela protagonizada por Tana Marqués, todavía en preparación (y lo que le queda, supongo)

MÁS INFORMACIÓN SOBRE TANA MARQUÉS EN SU WEB

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