Manda flores a mi entierro. El inicio de la serie de Tana Marqués

El cementerio no es el mejor lugar donde pasar una mañana del mes de febrero, como tampoco febrero es un buen mes para estar fuera de casa al punto de la mañana, así que Lorenzo decidió terminar cuanto antes con todo aquello y pasar a cobrar su parte. Consultó atentamente el monitor informativo del patio central del complejo funerario, una pantalla que le recordaba la que muestra el ir y venir de los vuelos en los aeropuertos, con la diferencia de que en el cementerio las líneas no experimentan demasiado movimiento: quienes figuran en aquella relación no están para muchos desplazamientos. Y otra diferencia fundamental es que en ese monitor nunca aparece la palabra Delayed, el vocablo más temido en un aeropuerto: en un cementerio no hay nada que aplazar y se dan pocos casos de entierros cancelados. Leyó la pantalla una vez más para no cometer errores en su primer trabajo especial aunque, en realidad, aquella parte del trabajo especial nadie se la había encargado, aquella fase final la había asumido por propia iniciativa. «Agustín Lambea Chanel», rezaba la quinta línea del monitor. «Velatorio número cinco», especificaba después. Lorenzo sonrió ante la póstuma broma macabra que el azar había preparado para el señor Lambea. Recogió las flores que había dejado sobre el mostrador de granito, recompuso el papel de celofán que las envolvía, estiró un poco el lazo amarillo que ataba el ramo y se encaminó hacia el pasillo de la derecha.

Las conversaciones entre amigos y familiares lejanos del fallecido, animadas a la entrada del corredor, se iban apagando hasta convertirse en tímidos sollozos y constantes cabeceos incrédulos conforme se aproximaba a la salita que ocupaba su cliente. Lorenzo pasó ante la viuda y los que debían ser los dos hijos pequeños de Lambea, indisolublemente abrazados a su madre. «No es posible, no es posible», eran las únicas palabras que sabía pronunciar aquella desconsolada mujer. Durante unos segundos lo tentó la posibilidad de explicarle a la viuda que no es fácil comprender las razones por las que se suicida la gente, algo que se cansa de repetir su jefa siempre que tiene ocasión. Y lo hace con las mismas grandilocuentes palabras: «Así como los designios del Señor son inescrutables, los motivos por los que el personal se quita de en medio son inconfesables. Por la familia, claro». Pero rechazó la opción de ilustrar a la señora de Lambea por considerarla arriesgada y se limitó a hacer lo que hubiera hecho cualquier otro que pasase por allí en esas circunstancias: inclinar la cabeza en señal de respeto cuando estaba a la altura de la mujer y pasar de largo. Después se dirigió hacia el difunto, que reposaba entre flores y sobre caoba de la mejor calidad.

El féretro estaba descubierto y escoltado por dos gruesos velones encendidos a ambos lados de la cabecera que esparcían una tímida luz bailarina. La tapa permanecía apoyada en una de las paredes y a punto estuvo de tropezar con ella y derribarla. Lorenzo recordó en ese momento que siempre había deseado tener un descapotable. Dejó el ramo de rosas a los pies del ataúd y contempló atentamente el rostro del muerto mientras lanzaba miradas furtivas a su alrededor tratando de descubrir si alguno de los presentes le prestaba atención; enseguida se percató de que el muerto tenía mejor color que en vida, a pesar de que solo lo había visto en una ocasión antes de su llegada al cementerio. Resultaba evidente que la maquilladora había hecho un buen trabajo y apenas se podían apreciar las marcas amoratadas alrededor del cuello, aunque también contribuía a ello una sobria corbata azul marino perfectamente anudada. Sus facciones aparecían relajadas y lo habían vestido con el que probablemente sería su mejor traje —quizás el traje que utilizaba en las bodas—, componiendo un conjunto bastante aceptable para tratarse de un cadáver.

Lorenzo no pudo resistir la tentación de alisar una arruga que afeaba la parte inferior del pantalón del fiambre. «Así, mucho mejor», pensó contemplando su modesto pero necesario aporten al engalanado de Lambea. A continuación se volvió hacia la puerta mientras sacaba de la carpeta el albarán de entrega. Buscó con la mirada a alguno de los familiares que aparentasen mayor entereza —la viuda no estaba para formalidades administrativas y a los niños los consideró demasiado jóvenes— que le pudiera firmar el recibí.

—¿Quién las envía? —preguntó el sujeto que se ofreció para cumplir el trámite, probablemente un hermano del finado a juzgar por el parecido físico entre ambos.

—No lo sé, supongo que la tarjeta debe estar entre las flores —contestó Lorenzo guardando la copia amarilla en la cartera—. Ah, y le acompaño en el sentimiento.

El probable hermano sacó un par de monedas del bolsillo y se las entregó al repartidor mientras lo examinaba con una mirada que el chico consideró torva. Lorenzo dio las gracias educadamente y tomó el camino hacia el exterior del tanatorio. Respiró hondo el frío de la calle. Aunque ya llevaba un par de años en la empresa, la de Agustín Lambea Chanel había sido su primera entrega mortuoria y el muchacho, al cruzar la tapia que separaba la ciudad de los muertos de la de los vivos, pensó que por mucho tiempo que permaneciese en el gremio jamás se terminaría de acostumbrar a esos ambientes tan tristemente fríos. Ni al olor de los hospitales tampoco.

Inicio de la primera novela protagonizada por Tana Marqués, editada en formato impreso en 2007 y disponible en ebook en Literaturas com Libros

MÁS INFORMACIÓN SOBRE TANA MARQUÉS EN SU WEB

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