Dos obras de Jesús Moncada

Últimamente ando recuperando algunas entradas escritas hace ya unos cuantos años en otro blog, casi siempre recomendando alguna lectura que me ha gustado especialmente.

Esta que viene ahora la publiqué en mayo de 2006 y hace referencia a dos novelas de Jesús Moncada (Mequinenza, 1941 – Barcelona, 2005), escritor aragonés en lengua catalana y galardonado con el Premio de las letras Aragonesas en 2004 (sería impensable que el actual gobierno de la virreina Luisa Fernanda le distinguiese con un premio así en la actualidad, que el reconocimiento a las lenguas diferentes a la castellana no es precisamente su punto fuerte).

Toma nota, pues, de estas dos recomendaciones: creo que merecen la pena, y mucho.

Como no sólo de novela negra vive el hombre (o la mujer, según el caso) quiero hablar de las dos últimas novelas que acabo de leer, ambas de Jesús Moncada.

Para quien no conozca al autor, diré que, nacido en la localidad zaragozana de Mequinenza en 1941 y Premio de de las Letras Aragonesas en 2004, Moncada escribió toda su obra en catalán, su lengua materna, si bien pueden encontrarse magníficas traducciones al castellano en editoriales como Anagrama o Xordica, como es el caso de las dos que voy a comentar.

Jesús Moncada fue uno de esos escasos privilegiados por el arte de contar historias, por esa capacidad narrativa inusual que, de tiempo en tiempo, hace que los lectores podamos disfrutar con historias inventadas (o no tanto) que nos recuerdan a las que, en alguna ocasión, en festividades generosas con el alcohol o en situaciones en que la nostalgia se hace fuerte, hemos oído de labios de nuestros abuelos. Historia viva o historia inventada, qué más da cuando se cuenta tan bien.

En ambas novelas (realmente una novela y un libro de relatos o algo por el estilo), Jesús Moncada reduce el mundo al territorio que le vio nacer, una zona limítrofe como pocas, a caballo entre Zaragoza, Huesca, Lleida y Tarragona, hilvanada por el río que la recorre y alimenta, el Ebro. Un Ebro navegable en tiempos y que servía como nexo de gentes e idiomas diversos. Y en ese territorio tan estrecho, el autor sitúa a sus personajes, diversos como debe ser y perfectamente representativos de la sociedad de la época.

La primera de las novelas es “Camí de sirga” (“Camino de sirga”), novela coral en la que a través de la voz de los habitantes de Mequinenza (el boticario, el dueño del café, los patrones de las distintas embarcaciones que transportaban el lignito extraído en las minas hasta Tortosa y remontaban el río cargados de arroz y cerámica entre otras mercancías) conocemos la pequeña historia de los últimos cien años de la localidad y, por extensión, de España: los dueños de las minas y sus aliados eclesiásticos, los mineros que ven con alegría la llegada de la República y vuelven a la realidad de siempre con el caudillo, las prostitutas atraídas por el dinero generado gracias al exceso de mineral necesario para alimentar las dos guerras mundiales… Todo ello desde el recuerdo en el momento en que los pocos vecinos que todavía quedan, los que no han muerto en la guerra civil, los que no pudieron o quisieron exiliarse, los que no han abandonado la tierra para morir en la capital, esos que han querido fallecer al mismo tiempo que sus casas, deben trasladarse al pueblo nuevo una vez inundado el que ha sido siempre el suyo, el de la orilla. Porque la historia se cuenta desde 1971, la época del Caudillo, la pertinaz sequía y los megapantanos del No-Do y, de forma ordenadamente anárquica, nos lleva adelante y atrás en el tiempo desde finales del XIX a la agonía del Régimen.

“Calaveres atònites” (“Calaveras atónitas”), por su parte, utiliza la voz de un inexperto secretario de juzgado trasladado de Barcelona a Mequinenza en los años 50 para, a través de las confidencias que los habitantes del pueblo, el juez, la tía del juez y otros increíbles personajes le hacen, ahondar en la vida cotidiana de la localidad con un humor irreverente, caústico, surrealista, que no duda en mezclar a los amos con las cupletistas de los burdeles de Lérida, al boticario con el dispensador de la muerte en que se ha convertido el médico del pueblo, los patrones de las embarcaciones con los curas siempre ávidos de nuevos santos con que reponer a los que se ahogaron en el río al llegar la República, los mineros con la burguesía ansiosa (alucinante episodio) por aportar el primer cadáver insigne que debe inaugurar el nuevo cementerio.

Dos historias impresionantes, excepcionales, densa la primera y más ágil la segunda que conviene leer en pequeñas dosis con la esperanza de que el buen rato que nos hacen pasar no se termine demasiado pronto.

Camino de sirga y Calaveras atónitas
Jesús Moncada
Tradución de Joaquín Jordá y Chusé Raúl Usón para ANAGRAMA y XORDICA respectivamente

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