Brujas, la Muerta

¿Sabías que…?

La imagen de portada de la primera novela protagonizada por Tana Marqués es una foto de la tumba del escritor belga Georges Rodenbach (1855-1898), enterrado en el cementerio parisino de Père-Lachaise.

Autor de cuatro novelas y ocho libros de poesía, su obra más conocida es Brujas, la Muerta (1892), maravillosa novela tremendamente pesimista en la que la ciudad belga y los usos y costumbres de su población es la protagonista absoluta por encima del hombre que centra la narración, Hugues Viane, y el recuerdo de su esposa muerta.

A modo de anécdota comentar que se cuenta que De entre los muertos, de Boileau-Narcejac -novela en la que se basó la película Vértigo– podría ser un plagio, al menos parcial, de la novela de Rodenbach.

Y aunque mi novela Manda flores a mi entierro se publicó en 2007, cuatro o cinco años antes, cuando vi la tumba y la fotografié, tuve bien claro que esa sería la portada de la novela.

Os dejo, finalmente, un fragmento de la novela. De la de Rodenbach, quiero decir, de la primera de las mías protagonizadas por Tana Marqués ya he ido dejando por aquí alguna cosilla y, si en su momento no la leíste en papel, pronto podrás hacerlo en ebook. Al tiempo.

“Cuando había que descolocar algo para quitar el polvo, ese bibelot precioso, aquellos objetos de la muerta, un cojín, una cortina que ella misma había tejido, quería hacerlo él mismo. Parecía como si sus dedos estuviesen aún sobre todos aquellos muebles intactos y siempre iguales: sofás, divanes, sillones donde ella se había sentado, y que conservaban, por así decirlo, la forma de su cuerpo. Las cortinas mostraban los pliegues eternizados que ella les había dado. Y en los espejos parecía como si hubiese que rozar delicadamente con telas y esponjas la clara superficie para no borrar su cara, que dormía en el fondo. También quería asegurarse de que no se causase el menor daño a los retratos de la pobre muerta, en los que aparecía en sus diferentes edades y que se encontraban diseminados por todas partes: sobre la chimenea, veladores y paredes; y sobre todo –su pérdida le habría roto el alma entera- el tesoro conservado de su cabellera íntegra, que no había querido encerrar en el cajón de ninguna cómoda, ni en ningún oscuro estuche -¡habría sido como sepultar la cabellera en una tumba!-. Había preferido, puesto que permanecía viva y eternamente dorada, dejarla expuesta y visible, como una muestra de la inmortalidad que su amor encerraba”.

MÁS INFORMACIÓN SOBRE TANA MARQUÉS EN SU WEB

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