Barbería napolitana

Un hombre se había quitado la vida en su barbería. Se trataba de un antiguo cliente que ya frecuentaba el salón cuando lo regentaba su padre. Persona jovial, expansiva, se quejaba siempre de su mujer, de sus hijos, del dinero que nunca alcanzaba. Empleado estatal, no recordaba de qué sector, o tal vez nunca lo había sabido. En los últimos tiempos se había vuelto huraño, distraído, ya no hablaba ni se reía de los famosos chistes de Ciro; su mujer lo había abandonado, llevándose a los dos hijos.

Todo ocurrió sin previo aviso; mientras él le pasaba con cuidado la navaja por la patilla izquierda, el hombre lo aferró de la muñeca y de un solo golpe, certero y decidido, se cortó la garganta de oreja a oreja. Por suerte estaban presentes su empleado y dos clientes, de lo contrario le habría resultado imposible convencer a los guardias y al magistrado de que aquello había sido un suicidio. Limpió todo enseguida y al día siguiente, en un esfuerzo por que no se enterase nadie, no abrió la barbería. El muerto vivía en otro vecindario y eso había ayudado. En una ciudad tan supersticiosa era fácil adquirir la reputación equivocada.

La primavera del comisario Ricciardo, Maurizio de Giovanni

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