Como lo de montar en bicicleta

—Limpiezas Marqués, ¿está usted solo? —preguntó de sopetón para que el factor sorpresa impidiera a aquel tipo reconocer de inmediato a la amable señorita que le había entrevistado un par de días antes. De todos modos, una de las razones por las que acostumbra a mantener el despacho en penumbra –especialmente en el transcurso de las entrevistas previas– es, precisamente, la de evitar que sus rasgos resulten demasiado visibles para el cliente.

—Sí, pero… ¿quién es ust…?

Ortega no pudo terminar de formular la pregunta: esas fueron sus últimas cuatro palabras y media. Y los dos últimos signos de interrogación que pudo colocar en toda su existencia. Tana le empujó con violencia al interior de la vivienda y le pasó la manguera de ducha –que se iba desenrollando a medida que la extraía del bolsillo del chaquetón– alrededor del cuello mientras cerraba la puerta ayudándose con uno de los talones. Tal combinación de movimientos mostraba la plasticidad de una coreografía bien ensayada. Apretó con fuerza el torniquete mientras mantenía las manos del hombre a la espalda. Por su parte, Ortega no parecía dispuesto a ofrecer demasiada resistencia al suicidio: estaba resultando ser un magnífico cliente, un cliente dócil. Lo que siempre desea un ejecutor, y no uno de esos tipos que, a última hora, sacan a la luz las ganas de vivir que no han sabido mostrar en toda su vida y te llenan la cara de arañazos y los tobillos de moratones.

Un minuto después, Ortega yacía boca abajo en el suelo. La mujer respiró profundamente varias veces, expeliendo con su aliento toda la violencia que se obliga a acumular antes de una ejecución, y observó que aquello era como lo de montar en bicicleta, que jamás se olvidaba la forma de hacerlo por mucho tiempo que se llevara sin practicar. Tranquila y satisfecha por el feliz término del trabajo para el que Ortega la había contratado, entró en el salón, bajó las persianas hasta la mitad y corrió las cortinas. Miró al techo y sonrió al ver que seguía siendo una chica afortunada: la casa era tal y como se la había descrito el finado en su entrevista previa, y una gran lámpara de ocho brazos y una gran piña central, toda ella realizada en bronce, adornaba el salón. Al menos debía de pesar treinta kilos, así que era muy probable que el anclaje que sujetaba la lámpara fuera capaz de resistir los sesenta kilos escasos que podía pesar Ortega. Cinco minutos después, ya no tenía dudas al respecto: Ortega colgaba del techo de su salón como una prolongación humana de la lámpara de bronce. Y, en todo caso, si la lámpara se desplomaba por el peso, no había ningún problema: ella estaría lejos de allí y, por otra parte, el ruido haría que alguien llamase a la policía y entrasen en el apartamento a averiguar la causa del estruendo. Porque tampoco era cuestión de dejar una semana a aquel tipo como si fuera una piñata.

Borró todas sus posibles huellas y salió a la calle, dejando la puerta bien cerrada. Eran las ocho y diez: si el autobús llegaba pronto, estaría en casa antes de que el niño hubiera salido de la bañera, lo que le permitiría frotarle la espalda con la esponja, como tanto le gusta a Juan.

Fragmento de “Manda flores a mi entierro”, primera novela protagonizada por Tana Marqués, editada en formato impreso en 2007 (Mira Editores) y ya disponible en ebook en Literaturas com Libros (3.99 euros, todos los formatos incluido epub sin DRM)

 

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