Quinientos rands

En cualquier caso, los hombres siempre me buscaban. Incluso cuando estaba embarazada, en la cafetería, y después, en Trawlers, todavía peor. Todo el tiempo. Algunos sólo te miran de aquella manera, otros dicen cosas como “Bonito culo, encanto” o “Estás como un tren”; algunos te preguntan sin más qué haces el viernes por la noche o “¿Estás comprometida, cariño?”. Los más vanidosos dejan anotado el número del móvil en la cuenta, como si fuese un regalo divino. Algunos te dan conversación y te preguntan: “¿De dónde eres?” “¿Cuánto tiempo llevas en Ciudad del Cabo?” “¿Qué estudias?”. Pero sabes lo que quieren de verdad, porque muy pronto te lo preguntan: “¿Tienes tu propio apartamento?” o “Es un placer hablar contigo. ¿A qué hora sales del trabajo? ¿Podríamos charlar un poco más?”. Al principio te crees que eres muy especial, porque algunos de ellos son guapos e ingeniosos, pero oyes que lo hacen con todas, incluso con las camareras más feas. Todo el tiempo, todos ellos, son como aquellos conejos con las pilas de larga duración, nunca se detienen; no importa si tienen dieciséis o sesenta, casados o solteros, están siempre alerta y es algo que nunca se acaba.

Entonces vuelves a tu habitación y piensas en todo y en aquello que no tienes y piensas en que, en realidad, no tiene importancia, piensas en los quinientos rands y te acuestas y te preguntas cómo será, cómo será estar con un tipo durante una hora.

El pico del Diablo, Deon Meyer

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