Blanco como los trajes de Sidney Greenstreet

Hice un amago de coger la cuenta, pero no lo bastante serio para engañarle: al fin y al cabo, era él quien venía de visita desde el desierto. Yo me defiendo —la pensión de la policía, la seguridad social, unos ahorrillos— y podría haber pagado una comida en un chino, pero el caso es que Crotty tenía pinta de ir mejor de dinero. A Frank siempre le gustaron los restaurantes chinos. Eran baratos, decía. Lo que significaba que comía de gorra. Un vestigio de los tiempos en que trabajaba de Antivicio en Chinatown. Una comida de gorra y un billete de veinte en una galleta de la fortuna y Frank dejaba que la partida de mahjong de la parte de atrás sobreviviera un mes más. Vive y deja vivir. Lo mismo pasaba con sus trajes. Conocía al director de seguridad de la Warner Brothers y compraba los trajes usados de Sidney Greenstreet después de cada película, a un dólar la pieza. Por eso el amigo Frank solía vestir de blanco.

Confesiones verdaderas, John Gregory Dunne

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