Sánchez debe morir

En cuanto Sánchez salió del despacho, Tana regresó al puesto de mando. Encendió un cigarrillo –el primero del día, pues llevaba un par de semanas tratando de dejar el tabaco– y aspiró profundamente mientras examinaba las anotaciones que había hecho en la ficha que acababa de abrir para su último cliente. Algo en el tono de Sánchez cuando dudó de la profesionalidad de la empresa que dirigía le indicaba que debían actuar con rapidez; esa misma tarde, la noche siguiente como máximo. La aparente frialdad, la fortaleza que quería demostrar aquel tipo, sugerían que de un momento a otro podía venirse abajo y rescindir el contrato. Y Tana nunca devuelve lo que cobra por sus servicios. Por el bien del cliente, que, con toda seguridad, lo que quiere es morir. Aunque pueda parecer arrepentido de su decisión horas después de adoptarla.

En el cajón superior de la mesa guarda la agenda privada, la que contiene entre otros los datos de los ejecutores que trabajan para la floristería. La sacó y la abrió por la letra “E”: deseaba que Elena, una de las veteranas, fuera la encargada de realizar aquel trabajo. Descolgó el teléfono y marcó su número. Al quinto tono tuvo respuesta.

–¿Quién llama? –preguntó Elena malhumorada.

–¿Elena? Soy Tana: tengo un trabajo para ti. ¿Cuándo puedes pasarte por la tienda?

–Huy, perdona por haberte contestado con tan malos modos, pero es que me has pillado en la ducha y es la segunda vez que tengo que salir con la toalla a cuestas… y estoy poniendo el pasillo perdido. En fin, ¿de qué se trata?

–Varón, cincuenta y dos años, vive solo y debe morir cuanto antes. Accidentalmente. ¿Cuento contigo?

–Claro, Tana, qué cosas tienes: jamás rechazo un encargo. Voy para allá en media hora; ten la ficha preparada.

bañera

Tana sonrió cuando Elena colgó el teléfono. La florista siempre acostumbra a dar instrucciones a los ejecutores acerca del modo en que deben realizar sus trabajos, pero con Elena es distinto: lleva en la casa desde el principio de sus actividades y sabe que nunca acepta un consejo sobre cómo suprimir a alguien. Así que hace tiempo que desistió de interesarse por el método que pretende utilizar en cada ocasión: manipulación de vehículos, muerte por inmersión accidental en la bañera, suicidio por ahorcamiento, un tiro en la boca, asfixia por monóxido de carbono… Elena domina todas las técnicas de eliminación y se puede confiar plenamente en ella.

Cerró el despacho y preguntó a Pilar si necesitaba ayuda en la tienda, pero el local estaba vacío por primera vez en la mañana y decidió aprovechar esos momentos de calma para salir a comer algo en el bar de enfrente, pues el día de san Valentín la tienda no se cierra al mediodía y comenzaba a sentir algo de hambre. La mañana seguía fría –a pesar de que el sol estaba ya en lo más alto de la ciudad–, pero enseguida pensó que más frío debía sentir en ese momento el bueno de Sánchez. O no, tal vez no; nunca podría estar completamente segura de las sensaciones que experimentan sus clientes después de firmar el contrato de suicidio.

Fragmento de “Manda flores a mi entierro”, primera novela protagonizada por Tana Marqués, editada en formato impreso en 2007 (Mira Editores) y ya disponible en ebook en Literaturas com Libros (3.99 euros, todos los formatos incluido epub sin DRM)

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