Le atendió Ramiro B (10)

Me encanta observar a la gente. Es algo que ya hacía de pequeño, pero en lugar de gente observaba peces, los del acuario de mi padre, ese general de brigada o de división, o qué sé yo, que trataba de ponernos firmes a todos cada dos por tres.

En casi todas las casas, la tele es el centro neurálgico del salón. En mis tiempos, las casas no tenían salón o, si lo tenían, sólo abrían sus puertas cuando los padres querían impresionar a alguna visita. El resto del año, cerrados por motivos desconocidos, aunque se convirtieran así en habitaciones inutilizadas que te obligaban a compartir dormitorio y cama con algunos de tus hermanos. No, las casas no tenían salón, tenían cuarto de estar y, como motivo principal de atracción, la tele. En blanco y negro, claro.

Nuestro cuarto de estar tenía tele, claro. Y en blanco y negro, claro. Pero el centro de atención era, al menos para mí, el gran acuario que mi padre cuidaba personalmente, sin permitir que nadie metiera mano en él, ni figurada ni literalmente.

acuario

El acuario era en color, por eso me gustaba a mí más que la tele. Mi padre, como buen militar, se podía pasar horas viendo desfilar a los peces de un extremo a otro del recipiente que los retenía. Casi dos metros de longitud de pecera. Ahora me atrevo a llamarla pecera o acuario indistintamente, pero la primera vez que llamé a aquel acuario pecera mi padre me pegó una hostia con el revés de la mano, y no me hizo una aguadilla dentro de la pecera (perdón, acuario) por no incordiar a sus legítimos inquilinos.

Sólo él se ocupaba de sus peces, del tiburón bala, de los barrefondos, de aquellos redondos, planos y con el cuerpo rayado que nunca he sabido cómo coño se llamaban, de otros chiquitines y con una raya fluorescente en el costado que siempre se movían a una, como turistas japoneses. Su preferido, evidentemente, era el que mi padre denominaba “guerrero de Siam”, un pez pequeñajo y con cara de mala leche que no paraba de incordiar a todos los demás. El macarra de las profundidades, vaya.

El resto de la familia tenía prohibido hacer otra cosa que no fuera contemplar las marchas militares de aquellos estúpidos bichos. Por eso, cuando mi padre estaba en casa, yo no prestaba demasiada atención al tema. Pero aprovechaba sus ausencias, cuando se iba al cuartel dejando indefensos a sus estúpidos reclutas con escamas, para meter mano en el interior del acuario y agitar las aguas para ver qué pasaba con los peces. El que más se acojonaba era, invariablemente, el “guerrero de Siam”.

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