Seducidos para matar

Hay mujeres que tocan y curan, que besan y matan,
hay mujeres que ni cuando mienten dicen la verdad,
hay mujeres que abren agujeros negros en el alma,
hay mujeres que empiezan la guerra firmando la paz.
Hay mujeres veneno, mujeres imán,
hay mujeres consuelo, mujeres puñal,
hay mujeres de fuego,
hay mujeres de hielo,
mujeres fatal.
Mujeres fatal.
 
Joaquín Sabina

Del gángster a la femme fatale

Si en los años treinta el norteamericano medio disfrutaba con las andanzas cinematográficas del gángster, ese sujeto a menudo enclenque y siempre surgido de la nada con quien cualquiera se podía identificar –“si ese tipo lo ha conseguido, por qué yo no” se preguntarán muchos honrados ciudadanos en serios apuros económicos consecuencia de la Depresión–, el cambio de década, y sobre todo el final de la II Guerra Mundial, hace que las historias centradas en este tipo de delincuentes dejen paso, dentro de lo que se denomina cine negro o policial, a otras protagonizadas por detectives solitarios, policías de diverso pelaje… y mujeres, que por algo ya han sacado la cabeza de esos hogares que comienzan a poblarse de electrodomésticos para engrosar la masa laboral estadounidense.

Es evidente que en el cine negro de los cuarenta los personajes femeninos adquieren una mayor relevancia –ya no son los floreros que adornan las salas de millonarios o gángsters, ya no se limitan a exhibir sus encantos en un cabaret–, pero eso no supone que encontremos una visión más progresista en las películas sino que se trata, simplemente, de un reflejo más de la misoginia imperante en la sociedad de la época. Las mujeres en esa sociedad no son empresarias, fiscales del distrito o políticas –ni siquiera corruptas–, todos ellos trabajos reservados a los hombres; muchas mujeres continúan siendo amas de casa al cuidado del marido y los niños, y las que trabajan fuera del hogar son administrativas u operarias en empresas vinculadas, en muchos casos, a la industria bélica. En cambio, las mujeres que seducen al espectador desde las pantallas de los cines de posguerra son atractivas y peligrosas, sexualmente irresistibles, ambiciosas, dispuestas a todo con tal de alcanzar sus fines –casi siempre económicos–, incluso dispuestas a fingir amor si la ocasión lo requiere. Y esa ambición, que debería ser exclusiva del varón en una sociedad patriarcal, supone una trasgresión del orden establecido, por lo que deben ser destruidas, ya sea con la cárcel o la muerte, para que nada cambie en el modelo social correcto, para que todo vuelva a ser como debía. Es cine hecho por hombres y para hombres, y con un aviso a navegantes, con una moraleja a todas luces evidente: si te atreves a abandonar tu familia, la mujer e hijos que te quieren, lo menos que te puede pasar es que acabes entre rejas. Eso sí, una íntima satisfacción queda reservada a las espectadoras: el ridículo que supone que el protagonista masculino de turno, simple y sin personalidad aunque pretenda ir de listo, sea incapaz de evitar las redes de la viuda negra. Aunque, por supuesto, la araña deba morir por el bien de todos.

Fotograma de "Double Indemnity", con Barbara Stanwyck y el incauto Fred MacMurray
Fotograma de “Double Indemnity”, con Barbara Stanwyck y el incauto Fred MacMurray

Aparece así la llamada femme fatale por los franceses, spider woman para los americanos. Es la heredera de Eva en el Paraíso, la primera mujer que convenció a un ingenuo para que pecara en su lugar; de Cleopatra, seductora de emperadores por el bien de su reino; de Lucrecia Borgia, de Mata-Hari…

Y lo mismo que no todos los hombres son iguales –por mucho que se empeñen algunas mujeres en sostener lo contrario–, también encontraremos en el celuloide diversos tipos de mujeres fatales, destacando aquellas que asumen el rol del hombre colocándose al frente de una banda de delincuentes y las que se valen de sus poderosas armas seductoras para arrastrar a un hombre a su perdición o para conseguir que hagan el trabajo sucio por ellas, habitualmente eliminar a otro tipo que constituye un estorbo en sus vidas. Éstas, éstas son las que a mí me gustan. ¿Será porque en el fondo soy un individuo tan mediocre como el que más?

Yo os declaro marido, mujer… e incauto

No hay película protagonizada por una femme fatale en la que falte el consabido triángulo amoroso, si bien con diversas variantes. Un clásico es el integrado por un matrimonio, él rico –ya sea real o potencialmente, a través de la materialización de algún seguro de vida debidamente contratado para la ocasión– y ella, ambiciosa aunque tal vez no se muestre así de entrada. Inicialmente puede aparentar ser una mujer frágil, desgraciada con su vida familiar porque el marido no la quiere como debiera, incluso maltratada por éste en ocasiones. Así se lo hará saber al tercer vértice del triángulo al poco de conocerse, y no mostrará su verdadera cara hasta que la situación sea irreversible.

Barbara Stanwick en "Double Indemnity"
Barbara Stanwick en “Double Indemnity”

Una de las joyas del cine negro en las que se muestra más abiertamente la ambición de la mujer es Double Indemnity (Perdición), dirigida en 1944 por Billy Wilder. En ella, Barbara Stanwyck da vida a Phyllis Dietrichson, esposa de un industrial petrolífero a la que no importaría ver muerto a su marido si con ello se lleva el premio gordo en forma de seguro de vida. La casualidad quiere que llegue a su casa Walter Neff, honrado vendedor de seguros que pretende renovar las pólizas de automóvil que el señor Dietrichson tiene suscritas. La frialdad con que la Stanwyck descubre sus cartas ya en las primeras escenas es elocuente, si bien luego se justificará con lo mucho que la desprecia el marido y lo poco que la quiere en comparación con la hija de su primera esposa. Una vez recibido el flechazo, la mujer convence de tal modo al amante de lo conveniente que sería eliminar al marido que, al final, parece que todo ha salido de la cabeza de Walter, como queda claro en una de las frases contundentes del guión pronunciada por Phyllis: “Tú planeaste su asesinato, yo tan sólo deseaba verle muerto”.

Al mismo esquema recurre Tay Garnett en 1946 para contarnos, en The Postman Always Rings Twice (El cartero siempre llama dos veces), la historia de Cora Smith, interpretada por una irresistible Lana Turner, y su triste vida en una gasolinera perdida en medio de la nada. Triste vida hasta que aparece Frank Chambers (John Garfield), un vagabundo con el que comenzará una apasionada relación que acabará con el asesinato de Nick Smith, propietario de la estación de servicio y marido de Cora.

Joan Bennet en "Scarlet Street"
Joan Bennet en “Scarlet Street”

En estos dos casos, y como podemos ver en muchas otras películas, el individuo elegido por la femme fatale es un hombre inseguro, insatisfecho con su trabajo o posición social, aburrido de la vida familiar, en ocasiones un Quijote que viste traje de pocos dólares y se cubre con un sombrero ajado por los años. Hombres como los dos ya citados, pero también como el tímido profesor Wanley de The Woman in the Window (La mujer del cuadro) o Christopher Cross, cajero con manguitos que no dudará en cometer un fraude para satisfacer las ansias económicas de una mujer tan peligrosa como Kitty March en Scarlet Street (Perversidad), ambas películas dirigidas por Fritz Lang y protagonizadas por la misma pareja, Joan Bennett y Edward G. Robinson; o como Frank Jessup, el cínico conductor de ambulancias interpretado por Robert Mitchum que quiere volver a ser piloto de competición como lo era antes de la guerra, deseo para el que le prometerá ayuda una inocente Jean Simmons en Angel Face (Cara de ángel), bajo la dirección de Otto Preminger en 1952.

En esta última película asistimos a un ligera variante respecto al esquema clásico, ya que en Angel Face tanto víctima como verdugo son mujeres: Jean Simmons, en el papel de Diane Tremayne, una jovencita caprichosa a la que nadie puede negarle nada y que recuerda en cierto modo a la Lolita de Nabokov (publicada en Estados Unidos unos años atrás), tratará de convencer a Robert Mitchum de lo malísima que es su madrastra. No lo conseguirá y será ella misma quien la asesine, pero de manera que todo apunte, siquiera involuntariamente, al desgraciado conductor de ambulancias.

Jean Simmons y su carita de ángel
Jean Simmons y su carita de ángel

Otra especie de incauto que debemos tener muy en cuenta es la integrada por los deliberadamente imbéciles, según definición de Michael O’Hara, el marinero irlandés interpretado por Orson Welles en The Lady from Shanghai (La dama de Shanghai). En esta categoría incluiremos a hombres que no se caracterizan por un pasado impoluto, ya no son los honrados y grises ciudadanos con un trabajo rutinario de nueve a cinco y, en muchos casos, una familia como Dios manda. No, se trata de hombres que ya deberían estar informados de lo peligroso para la salud que puede resultar determinado tipo de mujeres, hombres que ya han tenido sus más y sus menos con la justicia, que han vivido al borde de la legalidad o inmersos en ambientes ciertamente violentos; hombres que deberían estar advertidos y correr como alma que lleva el diablo en cuanto ven a cien metros a una mujer que enfunda sus brazos en largos guantes negros, que oculta su rostro tras una nube de humo de tabaco rubio y que siempre está dispuesta a aceptar un trago con la única condición de que no se trate de té.

Son hombres como el propio Michael O’Hara, seducido en un parque por una deslumbrante Rita Hayworth en el papel de Elsa Bannister, la esposa de un prestigioso abogado criminalista en la citada The Lady from Shanghai, dirigida por el propio Orson Welles para lucimiento de la que entonces era su esposa y de la que todos recordamos el impactante final del tiroteo en la sala de los espejos. O como Rip Murdock, con Bogart haciendo de Bogart para devolver el honor a uno de sus compañeros en el cuerpo de paracaidistas. Tantos años en la guerra, tantas condecoraciones, no le sirven de nada para huir de los sensuales ofrecimientos de Coral Chandler, cantante de club nocturno interpretada por Lizabeth Scott en Dead Reckoning (Callejón sin salida), dirigida por John Cromwell en 1947.

Si tipos tan curtidos como los citados no han podido evitar ser devorados por estas mantis religiosas de Hollywood, ¿hay alguien capaz de resistir a sus encantos?

Lizabeth Scott camelando a Boggie en "Dead Reckoning"
Lizabeth Scott camelando a Boggie en “Dead Reckoning”

Armas de seducción

Si bien la creencia popular dice que a los hombres se les gana por el estómago, la femme fatale no precisa hacer alarde de sus destrezas culinarias, escasas e incluso nulas, por cierto, ya que estas son algunas de las virtudes que deben adornar a una mujer de acuerdo con los cánones sociales y la femme fatale representa todo lo contrario. Dentro de la cocina, lo máximo que sabe hacer una de estas mujeres es preparar una copa bien cargada, y nunca sabrás si sólo lleva alcohol y hielo o también algún polvillo perjudicial para el estómago. Por ello, para conquistar al incauto de turno, se habrán de valer de otros encantos, especialmente aquellos que se perciben a través de la vista, el olfato y, por supuesto, el oído.

Por mucho que algunos sostengan que la belleza está en el interior, la primera impresión que uno recibe de otra persona suele ser visual o auditiva, y ahí están esas estelares apariciones en escena de nuestras femmes fatales capaces de deslumbrar al más pintado, vestidas de blanco cuando pretenden aparentar fragilidad, necesidad de que un hombre tome las riendas de la situación, o de negro cuando quieren sugerir riesgo –tan atractivo para muchos hombres– o una vida complicada a sus espaldas.

¿Qué puede hacer un vendedor de seguros cuando la primera vez que ve a una mujer ésta aparece envuelta en una toalla y luciendo los hombros desnudos para, momentos después, descender unas escaleras vestida de blanco virginal y con el toque sensual que aporta una pulsera en el tobillo de la que resulta complicado separar los ojos?

Todo espectador entrenado sabe que van a ser difíciles los días que se le avecinan a un hombre familiar como el profesor Wanley desde el preciso momento en que Alice aparece a sus espaldas mientras él contempla un cuadro. El fascinante vestido negro de lentejuelas, la mirada dulce que Wanley jamás recibirá de su propia esposa, esas palabras salidas de unos labios que nunca llegará a besar diciendo que se encuentra sola precisamente esa noche…

El pardillo profesor Wanley a punto de caer en las redes de Alice
El pardillo profesor Wanley a punto de caer en las redes de Alice

Una voz melosa como la de Yvonne de Carlo en el papel de Anna Dundee en Criss Cross (El abrazo de la muerte) de Robert Siodmak es suficiente para convencer a Steve de que haga cualquier cosa por ella, incluso participar en el atraco a un furgón del que él es el guardia de seguridad. Y la voz dura de Coral Chandler captará de inmediato la atención de Rip Murdock, los ojos del militar comenzarán un ascenso desde los tobillos de la mujer hasta unas manos que extraen un cigarrillo de la pitillera para colocárselo entre los labios. Parece obvio que el fuego que le ofrecerá, un perfume de jazmín y la canción que tanto gustaba a su compañero de armas harán el resto. Máxime si la canción casi te la susurran al oído… Claro, si además la voz proviene de una sirena como Elsa Bannister, tendida sobre la cubierta de un barco y peinada como si acabara de salir de una peluquería de Sunset Boulevard, después de que alguien te sugiera que la pobrecilla necesita a alguien que la proteja del abogado con quien se casó, no hay marido que se pueda poner por delante por muy criminalista que sea.

Cabellos rubios, negros o pelirrojos, naturales o teñidos, pero siempre increíblemente ondulados. El caminar tan ondulante como los cabellos, un cigarrillo en la boca añadiendo humo a ambientes y situaciones ya de por sí notablemente cargadas. Sentadas con aire indolente, tumbadas en una cama, a veces boca abajo ocultando un llanto casi siempre fingido, de pie y apoyadas en una barandilla sugiriendo que tal vez otro día sea el adecuado para subir a su apartamento. La mirada inocente de un cervatillo o la desafiante de un felino según requiera la ocasión, según deseen despertar el instinto protector del hombre o retarle para que tome una determinación que, seguro, le resultará fatal. Una cabeza desvalida apoyada en el firme hombro masculino en el momento en que el caballero empieza a pensar que mejor le iría si volviese a su casa de inmediato.

Y los diálogos que protagonizan, alternando la picardía con la inocencia, lo provocativo con lo desvalido, las frases contundentes con otras que ni un adolescente enamoradizo se atrevería jamás a pronunciar. Todo ello, imagen, voz, olor, dosificado en la justa proporción y combinado a la perfección con la única finalidad de conducir a un hombre de cabeza a la silla eléctrica.

El triunfo de la moral

De lo que ninguno de estos hombres podrá quejarse jamás es de no haber sido advertidos con suficiente antelación del final al que estaban abocados si seguían adelante con su inmoral proceder. El recurso continuo a ambientes nocturnos o poco iluminados; las recurrentes sombras en forma de barrotes sobre quienes están a punto de delinquir; el penetrante olor a madreselvas –anuncio de muerte– en Double Indemnity; Elsa Bannister leyendo en un acuario, entre tiburones y pulpos, la confesión que Michael O’Hara debe firmar como parte del plan tramado por no se sabe quién; las referencias que el marinero irlandés hace en la misma película –The Lady from Shanghai– a los corderos a punto de ser devorados por lobos; o, finalmente, en una de las películas que suponen doble dosis de femme fatale –Barbara Stanwyck y Lizabeth Scott en The Strange Love of Martha Ivers (El extraño amor de Martha Ivers)–, Sam Masterson eligiendo ¿al azar? un ejemplar de Crimen y castigo de la biblioteca de su anfitriona.

Barbara, mala malísima
Barbara, mala malísima

Porque si nunca el crimen puede quedar sin castigo, todavía menos el crimen que se comete contra la moralidad imperante –como dice el mismo Sam Masterson, una Biblia en cada habitación de hotel de cada hotel de Norteamérica–, contra una sagrada institución como la familia de toda la vida, contra una sociedad en la que cada cual ocupa el lugar que le corresponde y resultan al menos cuestionables los intentos de ciertos individuos por salirse del guión marcado.

Con carácter general se castiga la ambición de ciertas mujeres por alcanzar el poder que siempre se ha reservado a los hombres. Siempre se trata de mujeres sin recursos que utilizan sus encantos para ejercer un cierto dominio sobre quienes están a su alrededor aunque, y como toda regla tiene su excepción, en The Strange Love of Martha Ivers –dirigida por Lewis Milestone en 1946– nos encontremos a una psicótica Barbara Stanwyck, dueña y señora de toda una localidad, empresaria de éxito y casada con el fiscal del distrito, al que manipulará desde la infancia hasta el dramático final de ambos.

Sin embargo, en ocasiones lo que se castiga es el mero hecho de querer imaginar ser lo que no se es, como sucede en Scarlet Street, en la que a Chris –honrado cajero aburrido con su monótona vida, con su mujer que le maltrata psicológicamente y que siempre le está comparando con su difunto esposo– no le importa ser confundido con un prestigioso pintor y hará lo imposible para mantener la mentira y ganar así la recompensa que se le ofrece, una mujer tan deslumbrante como Kitty, aspirante a actriz y enamorada de un novio por quien está dispuesta a engañar a cualquiera. Un pecado tan horrendo como el de soñar lo imposible se castiga con la muerte de los timadores, pero a Chris ni siquiera le está permitida esa liberación, pues a pesar de intentar suicidarse tras asesinar a Kitty –en un crimen por el que se juzga y ejecuta al novio– acabará sus días sin trabajo, sin familia, deambulando por los parques y sin poder librarse de la voz de los amantes que le culpan del horrible crimen cometido.

Rita Hayworth en "The Lady From Shanghai"
Rita Hayworth en “The Lady From Shanghai”

Pero el cenit de la moralina se alcanza en The Woman in the Window, película en la que lo de soñar debemos entenderlo en su más estricta literalidad, con un profesor de psicología envuelto en un crimen por el simple hecho de pecar de pensamiento, por no hacer caso de los sabios consejos de su amigo el fiscal cuando le dice que cualquier insignificante desliz te puede llevar a la ruina, por implicarse con una mujer sin tener siquiera el consuelo de un premio en forma de contacto sexual o sentimental, mientras las fotografías de mujer e hijos –con quienes apenas existe una aséptica relación, como se comprueba en la despedida que protagonizan en las escenas iniciales– recriminan su pecaminosa actitud desde el calor del salón familiar.

En fin, creo que eso es todo. Además, se me hace tarde y ahora mismo debo dejarles: ayer conocí en un bar, al lado del trabajo, a una chica preciosa. No vean qué ojos, parecía a punto de ponerse a llorar. Me contó no sé qué historia de una madrastra que pretende asesinarla, a ella y a su padre, a quien la muchacha parece idolatrar. Sí, sé que suena extraño y ni siquiera yo termino de creerla, pero ¿quién se puede resistir ante una carita tan divina como la suya?

Artistas invitadas

Joan Bennett (Alice Reed y Kitty March)

Yvonne de Carlo (Anna Dundee)

Rita Hayworth (Elsa Bannister)

Lizabeth Scott (Coral Chandler y Toni Marachek)

Jean Simmons (Diane Tremayne)

Barbara Stanwyck (Phyllis Dietrichson y Martha Ivers)

Lana Turner (Cora Smith)

Filmografía utilizada

PERDICIÓN (Double Indemnity). Billy Wilder, 1944. Barbara Stanwyck (Phyllis Dietrichson), Fred MacMurray (Walter Neff) y Edward G. Robinson (Barton Keyes).

LA MUJER DEL CUADRO (The Woman in the Window). Fritz Lang, 1944. Joan Bennett (Alice Reed), Edward G. Robinson (Richard Wanley).

PERVERSIDAD (Scarlet Street). Fritz Lang, 1945. Joan Bennett (Kitty March), Edward G. Robinson (Christopher Cross).

EL CARTERO SIEMPRE LLAMA DOS VECES (The Postman Always Rings Twice). Tay Garnett, 1946. Lana Turner (Cora Smith), John Garfield (Frank Chambers).

EL EXTRAÑO AMOR DE MARTHA IVERS (The Strange Love of Martha Ivers). Lewis Milestone, 1946. Barbara Stanwyck (Martha Ivers), Van Heflin (Sam Masterson), Kirk Douglas (Walter O’Neil), Lizabeth Scott (Toni Marachek).

CALLEJÓN SIN SALIDA (Dead Reckoning). John Cromwell, 1947. Lizabeth Scott (Coral Chandler), Humphrey Bogart (Rip Murdock).

LA DAMA DE SHANGHAI (The Lady from Shanghai). Orson Welles, 1948. Rita Hayworth (Elsa Bannister), Orson Welles (Michael O’Hara).

EL ABRAZO DE LA MUERTE (Criss Cross). Robert Siodmak, 1949. Yvonne de Carlo (Anna Dundee), Burt Lancaster (Steve Thompson).

CARA DE ÁNGEL (Angel Face). Otto Preminger, 1952. Jean Simmons (Diane Tremayne), Robert Mitchum (Frank Jessup).

Ricardo Bosque, 2007

Artículo publicado originalmente en el especial Mujeres de la revista Gangsterera

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