Le atendió Ramiro B (17)

El muy cobarde ha regresado y no le he quitado ojo de encima desde que ha entrado en mi planta. Ha dado un rodeo innecesario para llegar a donde siempre, supongo que para no cruzarse conmigo. Se le ve la culpabilidad en los ojos, en esos ojos de carnero “degollao” que decía mi abuela lucen los tristes y cobardes.

Estaba consultando los habituales libros de autoayuda que suele comprar cuando me he acercado por la espalda y le he picoteado el hombro con un dedo índice afilado como el pico de un cuervo. Ha dado un respingo –cobarde y asustadizo, el hombre– y al volverse le he preguntado si podía ayudarle en algo. Al mirar su cara de infarto, se me ha ocurrido de pronto que tal vez le vendría bien algún libro sobre cómo prevenir paros cardiacos.

Con una desagradable voz ronca, que suena como un eructo interminable que es capaz de modular con los labios, me ha respondido que sólo estaba echando un vistazo. He dejado que siguiera con su vistazo y yo tampoco le he perdido de vista a él.

Cuando Manuel Fabra pensaba que no le miraba, ha sacado un ejemplar de una estantería y se ha dirigido rápidamente hacia Laura F, esquivando mi probable placaje como si estuviera disputando un partido de rugby. Ha abonado la compra y ha salido sin despedirse de mí. Aunque no era necesario, he ido a comprobar a qué libro podía corresponder el hueco que ha dejado en la estantería: “Abre el melón”, claro. Cobarde, asustadizo y perseverante, Manuel Fabra.

Lee esta historia desde el principio en la etiqueta ramiro b
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