Chabolismo a la japonesa

Apoyado en el pasamanos de uno de los extremos del muro de contención, un hombre se cepillaba los dientes. Ishigami ya lo había visto en otras ocasiones. Debía de superar los sesenta años de edad y llevaba el cabello entrecano recogido hacia atrás. Tal vez ya no tuviera intención de trabajar. Y es que, si pensaba encontrar un trabajo físico para ese día, a esas horas no andaría por ahí merodeando, porque los tratos para esa clase de tareas siempre se hacen a primera hora de la mañana. Tampoco parecía tener previsto acudir a la oficina de empleo. Además, aunque le hubieran ofrecido un trabajo, con semejante pelo ni siquiera habría podido asistir a la entrevista. Y ello sin contar con que, además, las posibilidades de que a uno le ofrezcan un empleo a esa edad son realmente infinitesimales.

Había un hombre aplastando un montón de latas vacías al lado de su chabola. Ishigami, que ya lo había visto hacer eso en varias ocasiones, le apodaba el Hombre Lata. Éste rondaba los cincuenta años. Su indumentaria era, en general, bastante correcta, y hasta tenía una bicicleta. Seguramente necesitaba disponer de una mayor movilidad para dedicarse a recoger las latas vacías. Y ese rincón más apartado, situado en un extremo del grupo de chabolas, tenía todo el aspecto de ser un lugar privilegiado. Por eso Ishigami creía que el Hombre Lata seguramente era una de las personas que llevaba allí más tiempo.

Un poco más allá de las chabolas había un hombre sentado en un banco. Su abrigo, que en tiempos debió de ser beige, se había desteñido hasta adquirir una tonalidad gris. Debajo del abrigo llevaba una americana y, debajo de ésta, una camisa. Ishigami imaginó que tal vez llevara la corbata en el bolsillo. A este hombre le apodaba el Ingeniero, porque días antes lo había visto leer unas revistas sobre temas relacionados con la industria. Llevaba el pelo corto e iba bien afeitado. Tal vez todavía no hubiese perdido la esperanza de encontrar un trabajo. A lo mejor se disponía a salir en ese mismo momento hacia la oficina de empleo. Pero seguramente nadie lo contrataría. Para eso debería desprenderse antes de su orgullo. Ishigami lo había visto por primera vez hacía unos diez días. El Ingeniero todavía no se había acostumbrado a la vida en ese lugar. Parecía querer marcar una línea de separación entre él y las chabolas. Aun así estaba claro que si había acabado allí era porque no tenía otro sitio al que ir.

La devoción del sospechoso X, Keigo Higashino

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