Le atendió Ramiro B (29)

Ayer, al llegar a casa por la noche, Carlos me dio una noticia absolutamente inesperada: mi madre había llamado por teléfono y me esperaba hoy en el domicilio paterno para comer. Invitado, claro.

Al principio me negué a considerar la invitación como algo aceptable. Poco a poco fui cambiando de opinión: tal vez fuera el momento adecuado para arreglar cuentas con el pasado. Además la fecha en que iba a tener lugar la comida me parecía un presagio de lo que podía suceder. Así que hoy, antes de ir al trabajo, he cogido la fotografía que un día apareció entre las hojas de un libro cualquiera (sí, aquella en la que parezco un niño abandonado a su destino) y la he guardado en la cartera. También he visitado el bien abastecido botiquín que Carlos guarda en el cuarto de baño (nunca lo he contado, pero el chaval es un hipocondríaco de mucho cuidado).

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La mañana ha pasado sin pena ni gloria, aunque debo reconocer que he estado impaciente porque llegara el momento del reencuentro. A la hora de la verdad, no ha sido para tanto: esperaba que me abriera la puerta una madre de ojos llorosos y no ha sido así; y esperaba que mi padre me diera un abrazo fraterno y sin embargo le ha salido algo parecido a un saludo militar. Y es que, aunque en la reserva, el hombre no ha perdido sus hábitos de siempre. Como el de mantener en perfecto estado de revista su querido acuario, su entretenimiento de toda la vida y al que yo siempre llamaba pecera en la intimidad.

Lee esta historia desde el principio en la etiqueta ramiro b

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