Relato corto: “Remover el pasado”

Relato incluido en la antología La lista negra. Nuevos culpables del policial español editada por Salto de Página en 2009

El tipo de la inmobiliaria me esperaba en su oficina a las once y media. De allí al notario había cuatro pasos. Firma de escrituras, entrega de llaves a cambio de un talón por un importe de ochenta kilos y otros veinte no declarados –para ciertas cantidades todavía no consigo expresarme en euros– y dentro de un año la singular casa de mi padre se habría transformado en un bloque de apartamentos como otro cualquiera en primera línea de playa.

Aquella era la casa en la que yo nací cuarenta años atrás y el último vínculo que me quedaba con el pueblo. Ni mi padre ni mi madre tenían hermanos, a mis abuelos no llegué a conocerlos y yo soy hijo único, así que en lo sucesivo nada me obligaría a volver por allí, pues mis amigos actuales no son ni mucho menos los que tuve en la infancia. Incluso me atrevería a reconocer que no fui capaz de hacer demasiados amigos cuando era un crío. Pero parecía obligado realizar una visita antes de desprenderme del último de mis recuerdos juveniles. Salvo en un par de ocasiones aisladas en que mi padre me había llamado por no encontrarse bien –en realidad fueron ocasiones en las que se encontraba bastante mal y me llamaba a mí porque no tenía nadie más a quien recurrir–, no había pisado la casa desde hacía catorce años. Ni siquiera tras el entierro fui capaz de acercarme y ver si todo estaba como lo recordaba. Sólo la llamada telefónica del agente de la inmobiliaria y su tentadora oferta económica me animó a volver de nuevo al pueblo.

La casa seguía protegida por unos enormes pinos que impedían el paso de la luz a su interior y que, cuando era un crío, a duras penas consentían dejarme ver el mar desde la ventana de mi dormitorio. Esos pinos serían historia pocos meses más tarde, pues el principal argumento de venta de la promotora que iba a edificar allí sería precisamente el de las maravillosas vistas de las que el propietario podría disfrutar mientras se tomaba unas cervezas en la terraza de su apartamento de poco más de cuarenta metros cuadrados.

Empujé la cancela con los oídos dispuestos a escuchar el clásico sonido chirriante inherente a las verjas antiguas, pero giró sobre sus goznes sin emitir un solo quejido, como si mi padre la hubiese engrasado la tarde anterior.

puerta-cancela-de-hierro-forjado

Hacía tres meses que había fallecido y su ausencia de la casa se notaba en la hojarasca que se adueñaba del jardín en el que pasé tantos años. Mi padre siempre optó por la sencillez y nunca quiso plantar césped alrededor de la vivienda, sólo tierra prensada, gravilla en algunas zonas y unos cuantos macizos dispersos de flores y distintas variedades de cactus. A la derecha de la casa, el cobertizo en que guardaba las herramientas con las que se entretenía en las pequeñas chapuzas domésticas: el pico y la pala que jamás le vi utilizar, una carretilla oxidada, una pequeña azada con el mango rajado, la manguera y un sinfín de trastos inútiles a juzgar por las telarañas que acumulaban. Y frente al cobertizo, el columpio. Mi columpio. El columpio que mi padre instaló cuando cumplí tres años. El columpio en el que pasé horas y horas, arriba y abajo, arriba y abajo…

Siempre había sido de un intenso color verde botella y seguía igual, como recién pintado. Sólo una visible capa de polvo denotaba que mi padre hacía tres meses que no le pasaba un paño por encima. Por lo demás se diría que un niño lo había utilizado hasta muy poco tiempo atrás, aunque no parecía razonable pensarlo: el último niño que jugó allí hacía muchos años que había abandonado la edad de balancearse en un cacharro como ése.

Me senté en el neumático que hacía las veces de asiento y, por su estado de conservación, comprendí que no podía ser el mismo que yo utilizaba de pequeño. Siempre me colocaba dando la espalda a la fachada lateral de la vivienda, pienso que porque quería tener a la vista la casa de la vecina como si sólo de ahí pudiera llegarme una hipotética amenaza. Todavía hoy sigo durmiendo de cara a la puerta de mi habitación.

Bajo mis pies seguía perfectamente trazado el surco que tantas horas me había costado labrar, con la salvedad de que ahora debía encoger ligeramente las piernas si no quería dejarme las suelas de los zapatos en la tierra. Me agarré con fuerza de las cadenas y comencé a darme impulso, esta vez sin que mi padre pudiera ayudarme con sus manos. Al momento fui consciente de lo ridículo que podía parecer a los ojos de cualquiera que pasase por la calle, a pesar de que aquello resultase improbable dado que la temporada de playa había terminado hacía unas semanas y el paseo marítimo estaba desierto. Como siempre me había gustado a mí, sin las molestas aglomeraciones estivales.

Todavía sentado, no pude evitar alzar los ojos hacía la ventana del piso superior de la casa de al lado, la única casa antigua que, junto a la de mi padre, permanecía en pie en toda la calle. Y allí estaba ella, la vieja vecina huraña a la que, en alguna ocasión y con intención de desdramatizar, me refería como “la madre de Psicosis”. El resto del pueblo la llamaba, sencillamente, la viuda loca.

La vieja, por supuesto, también me miraba. Creo que, en toda su vida, la mujer no me había quitado la vista de encima ni por un instante. De hecho, en ese momento me pregunté qué podría haber estado mirando durante todos los años que el columpio permaneció vacío. Cohibido como en tiempos, bajé la mirada hacia el suelo, me levanté y, sin llegar a entrar en la casa, me dirigí a mi cita con la inmobiliaria. Cuanto antes terminase todo, mucho mejor.

***

Acababa de desayunar y me disponía a salir hacia la oficina cuando sonó el teléfono.

–¿Diga?

–Buenos días. Me gustaría hablar con el señor Montaner, Pablo Montaner.

–Sí, soy yo. ¿Qué desea?

–Soy el inspector Murillo, de Tarragona. ¿Podríamos vernos esta misma mañana?

No sé qué me sorprendió más, si el hecho de que un inspector de policía preguntase por mí o que pretendiera que me desplazase a Tarragona sin pérdida de tiempo. ¿Qué podía ser tan urgente y por qué en Tarragona?

–Bueno, pero ¿de qué se trata? Y comprenderá que me resulte imposible acudir a verle: son más de dos horas de viaje y…

–Eso no es problema, yo mismo me encuentro ahora en su ciudad. Y dado que se trata de un tema delicado, preferiría que lo pudiéramos hablar en persona. Pero no se preocupe –añadió quizás imaginando mi estupor–, no es usted sospechoso de absolutamente nada, simplemente nos gustaría constatar unos datos y pedirle un favor que nos facilitaría bastante las cosas. Entonces, ¿podemos vernos esta mañana?

Resultaba evidente que, lo quisiera o no, nada me libraría de ser interrogado por Murillo. Y que no sabría lo que quería de mí hasta que nos viéramos, así que poco margen de decisión tenía. Quedamos en vernos una hora más tarde en mi propia casa, sesenta minutos en los que no pude pensar en otra cosa que no fuera la razón que me implicaba en una investigación policial.

El inspector Murillo se presentó a las nueve en punto. Resultó ser un tipo joven y de aspecto jovial, y mostraba una actitud que lanzaba el mensaje inequívoco de que nada debía preocuparme. Si no fuera porque se trataba de un policía al que no conocía de nada, se podría decir que era un amigo íntimo al que hiciera un tiempo que no veía. Le invité a pasar al salón y le ofrecí un café que aceptó gustoso.

–Bien, señor Montaner, comprendo que esté impaciente por conocer el motivo que me ha hecho viajar desde Tarragona, así que no me andaré por las ramas. Si no me han informado mal, era usted hasta hace unos meses el propietario de una casa en Punta del Mar, Tarragona –cabeceé asintiendo más confuso que al principio–; fue concretamente en octubre cuando vendió la finca a una inmobiliaria. ¿Voy bien?

–Perfectamente, sí. Era la casa de mi padre y a su muerte la heredé yo. Como no tenía intención de utilizarla y me hicieron una buena oferta decidí venderla. ¿Qué es lo que sucede ahora? Tengo toda la documentación en regla: escrituras de compraventa, declaración de impuestos y demás.

Comencé a sospechar que aquel inspector podía pertenecer a la Brigada de Asuntos Económicos o como quiera que se llame el departamento encargado de investigar ese tipo de asuntos. Pero ¿no era Hacienda quien se ocupaba de esas historias? Aunque tal vez la inmobiliaria hubiera cometido algún fraude y, al revisar su contabilidad, hubieran encontrado algo respecto a un pago de veinte millones de difícil justificación. No pude evitar secarme el sudor de la frente con un pañuelo. Murillo se percató de mi nerviosismo.

–Le repito que no debe temer nada, lo que estamos investigando le incumbe como familiar, si bien no le implica en absoluto con lo sucedido –aclaró en un tono tranquilizador–. Con lo que pudiera haber sucedido, mejor dicho, que de momento no trabajamos sino con simples suposiciones. Como le iba diciendo, la promotora comenzó las obras con el derribo de la casa y la semana pasada iniciaron las excavaciones para cimientos y garajes. Pero tuvieron que detenerlas de inmediato al encontrarse con un pequeño imprevisto: dos esqueletos humanos enterrados en un lateral de la finca.

–¿Cómo? –pregunté y durante varios segundos fui incapaz de cerrar la boca.

–Lo que oye. Los restos fueron hallados a metro y medio de profundidad, cerca de un cobertizo; en concreto, según manifestó el encargado de la obra, debajo de un columpio que habían retirado unos días antes. Pero le repito que, al margen de lo desagradable que esto debe ser para usted, no tiene que preocuparse en absoluto: nadie sospecha de su implicación en los hechos, aunque tal vez su padre…

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Derramé sobre la alfombra la segunda taza de café que me estaba sirviendo. ¿Qué coño me estaba contando aquel tipo? ¿que mi padre había enterrado a dos hombres en el jardín de su casa? ¿cuándo? ¿a quiénes? ¿por qué?

–Lamento de veras lo incómodo de la situación, pero no me quedaba otra salida que hablar con usted del asunto. Verá, si usted ha quedado descartado de inmediato se debe a que los cuerpos llevan enterrados, según el forense, entre treinta y cuarenta años. Usted era entonces demasiado joven para matar a nadie, tal vez ni siquiera había nacido; y tampoco podemos afirmar categóricamente que su padre tuviera algo que ver con la muerte de la pareja.

–Al decir pareja, ¿quiere decir que se trata de un hombre y una mujer?

Empecé a intuir cuál era la hipótesis de trabajo de Murillo y creo que mi expresión me delató: también el inspector se daba cuenta de que ambos comenzábamos a pensar en la misma línea. No quiso jugar conmigo y decidió hacerme partícipe de sus reflexiones.

–Me da la sensación de que acaba de encenderse una bombilla en su cerebro, y créame que siento lo sucedido. Hay cosas que sería preferible dejar enterradas para siempre, y no estoy haciendo un macabro juego de palabras. Efectivamente, los cuerpos corresponden a un hombre y una mujer, ambos adultos y de mediana edad, tal vez poco más de treinta años. Mientras estábamos merodeando por el lugar del enterramiento, una vecina nos gritó desde la casa contigua que creía saber a quiénes pertenecían los restos. Y no pudimos sacarle nada más, porque cerró la ventana y no hubo manera de conseguir que nos recibiera en su casa. Así que no parece un testimonio muy fiable, la verdad es que no parece estar demasiado en sus cabales.

Palidecí. En un instante había dado un salto atrás en el tiempo de treinta y siete años, hasta el día en que papá me dijo que mi madre se había ido al cielo. Evidentemente, hay cosas que un crío de tres años no se cuestiona, y si tu padre te dice que mamá ha muerto, es que mamá ha muerto. Y si nunca te lleva al cementerio por los aniversarios de su nacimiento o fallecimiento para que no lo pases innecesariamente mal, amén gracias.

Unos años más tarde, quizás cuando tenía nueve o diez, me dio la versión correcta: mamá no había muerto, simplemente se había marchado del pueblo con otro hombre cuando yo era un niño. La maldije durante años, pues a partir de esa revelación supe que era ella la culpable de que los compañeros del colegio siempre cuchichearan a mis espaldas señalándome con el dedo, me llamaran hijo de puta sin que yo entendiera la razón y se burlaran de mí continuamente.

Y ahora, décadas después de todo aquello, llegaba un desconocido y me abría los ojos a una versión más cercana a la primera que a la segunda: mi madre yacía enterrada bajo el columpio y junto al individuo con el que, probablemente, ponía los cuernos a mi padre. Y todo por obra y gracia de un hombre que acababa de morir hacía pocos meses dejándome como legado una herencia envenenada.

–Muy bien –dije con una impropia frialdad que no sé de dónde saqué–, y ahora, ¿qué pretende de mí? Me acaba de retrotraer a la España profunda y, de la noche a la mañana, mi padre se convierte en un asesino. ¿Qué quiere de mí?

El inspector sacó un cigarrillo y me pidió permiso para encenderlo. Aspiró una profunda bocanada y se sirvió una nueva taza de café ya frío.

–Vaya por delante que lo que le voy a pedir no es más que un favor que nos ayudaría a cerrar el caso antes, pues nos permitiría no abrir nuevas hipótesis que no nos han de conducir a ninguna parte. Pero comprendo que está en su derecho a negarse en el caso de que prefiera dejar las cosas como están. Los cuerpos serán enterrados en una fosa común a falta de una identificación fiable y la promotora continuará colocando ladrillos sin más.

–¿Qué quiere de mí? –repetí en tono cansino.

–¿Accedería a realizarse las pruebas de ADN? Si la mujer enterrada no es su madre trataremos de averiguar a quién pueden corresponder los huesos, aunque no creo que logremos nada; en el caso de que se trate de ella, nosotros cerramos el caso y usted conocerá la auténtica versión de lo sucedido. Siempre y cuando desee saberlo, claro está. Yo todavía estaré aquí hasta mañana y, si necesita más tiempo para pensarlo, llámeme a este número y le pondré en contacto con alguien de Jefatura –añadió tendiéndome su tarjeta.

***

Esa misma tarde fui a hacerme las pruebas. No tenía sentido posponer la decisión una semana y después un mes, pues tenía claro que al final querría saber si la mujer hallada bajo el columpio era mi madre. Además, Murillo se había comprometido a tratar de que, fuera cual fuera el resultado, nada de aquello trascendiera a la prensa. Tanto si debían seguir indagando como si cerraban el caso gracias a mi colaboración, él no me diría nada si no se lo preguntaba expresamente. Conocer o no la verdad dependía exclusivamente de mí.

Los días siguientes fui incapaz de concentrarme en mi trabajo. Me encontraba en un permanente estado de ansiedad, indeciso entre hacer una llamada telefónica o dejar correr el asunto. Pasaron varios días así, más de los necesarios para que el laboratorio tuviera el veredicto que, sin duda, ya estaría sobre el escritorio de Murillo.

Me serví una copa. Encendí un cigarrillo y me senté junto al teléfono mientras jugueteaba con la tarjeta entre los dedos. Bebí la copa de un único trago y descolgué el auricular.

Aquella no era la extensión directa del inspector sino el número de la centralita. La llamada fue ascendiendo y descendiendo plantas por el interior del edificio mientras mi corazón de aceleraba al ritmo de los tonos de espera y se paralizaba en seco cada vez que alguien descolgaba un aparato. Al borde del infarto conseguí mi objetivo. Respiré profundamente antes de hablar.

–Inspector, soy Montaner. ¿Ha conseguido cerrar el caso?

–Sí, gracias desde luego a su colaboración. Créame que lo siento. Por cierto, ¿querrá hacerse cargo de los restos?

–Claro, claro, no había pensado en ello.

–Hay algo más que tal vez le interese saber.

–No se moleste, creo que sé a lo que se refiere.

***

Aunque no estaba seguro de querer hacerlo, decidí seguir mi impulso inicial, compré dos ramos de flores y me eché a la carretera. Dos horas más tarde estaba en el pueblo, pero antes de atravesarlo para llegar a mi antigua casa, tomé el desvío y me acerqué al cementerio. El mistral soplaba con fuerza. Busqué la tumba de mi padre y deposité sobre ella uno de los ramos sin siquiera pensar una sola palabra.

Volví al coche, entré en el pueblo y aparqué lo más cerca posible de casa. Era sábado y los obreros guardaban fiesta. Ya no quedaba nada en pie y una valla de poca altura cerraba lo que ahora se había convertido en un solar lleno de escombros. A la derecha, en el lugar que había ocupado el columpio, una fosa más o menos rectangular, rodeada en todo su perímetro por una endeble rejilla de plástico de color naranja. Salté la valla sin prestar atención a si alguien me veía entrar de ese modo en la obra, me acerqué a la fosa y arrojé en su interior el otro ramo de flores en recuerdo de mis padres.

Alcé la mirada hacia la casa contigua. La vieja estaba, como siempre, asomada a la ventana del piso superior. Pero en esta ocasión no se mostraba huraña. Su mirada, por primera vez en toda mi vida, no pretendía intimidarme. Más bien se trataba de una mirada inquisitoria y preocupada. Con sus ojos me preguntaba si el secreto que mi padre y ella mantuvieron durante años estaba a salvo. Con los míos le respondí que no debía temer nada, que de mis labios no saldría una sola palabra acusatoria.

Si mi padre y la viuda loca habían decidido resolver un asunto de cuernos de ese modo, ¿para qué remover el pasado tantos años después?

Ricardo Bosque, enero de 2008

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Relato corto: “Remover el pasado”

4 comentarios en “Relato corto: “Remover el pasado”

    1. Gracias, Txema, me alegro de que te haya gustado. Como dije en Google+, un relato que surgió de un rumor de mercadillo en una pequeña población costera. El rumor no se confirmó, desde luego, pero la historia tomó forma rápidamente en mi cabeza.

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