Relato corto: “Un mal día lo tiene cualquiera”

Son las siete menos diez de la mañana, la noche ya no es lo que era tan solo hace unos minutos, antes oscuridad total y ahora el sol encargándose de aportar una nota de color, suave, sin las estridencias propias del mediodía, a la jornada que está a punto de comenzar.

Para algunos, claro. Para otros, como tú, toca a su fin.

Piensas que diez minutos son más que suficientes para arruinar una noche sin incidentes, pero tu cabeza y tu cuerpo, reventados de cansancio, sólo están dispuestos a aceptar conceptos tales como café -descafeinado- con leche, pijama, persianas bajadas, cama, almohada… Tapones en los oídos para amortiguar los ruidos matinales de los vecinos.

Pero, ¿qué puede suceder en diez minutos que no haya sucedido en siete horas? La noche ha sido tranquila, apenas un par de borrachos armando jarana a horas intempestivas y la ronda de los sin techo a los que visitáis cada noche para comprobar que se encuentran bien, que ningún hijo de puta la ha tomado con ellos sin otro motivo que el de sentirse superiores, por una vez en su vida, a alguien.

No debería suceder nada, no debería suceder nada, no debería… repites interiormente como un mantra que conjure cualquier peligro.

Tu compañero también es consciente de que diez minutos dan para mucho. Como taurino que es, no se cansa de repetir eso de que hasta el rabo todo es toro. Tu compañero es realista, o pesimista o, como dirían algunos, un optimista bien informado.

Habéis dejado el coche mal aparcado. No es más que un momento, tu compañero se ha quedado sin tabaco, ha visto un bar que acaba de subir la persiana y ha pensado que no podía pasar sin el último pitillo de la noche. Tú, positivo como siempre, temes irrumpir en medio de una pelea -es demasiado temprano para broncas de barra, pero nunca se sabe- que estropee la anodina jornada.

Afortunadamente para ti, el bar está en calma, sólo un camarero que se apresura a desactivar el bloqueo de la máquina en cuanto os ve entrar y vuelve a sus tareas rutinarias. Vosotros, sin despediros, salís de nuevo a la calle y os dirigís al coche. Parece que la noche, definitivamente, está a punto de concluir.

Tu compañero, sin previo aviso, te da un codazo y se pone un dedo en los labios para pedirte silencio, aunque tú no seas de mucho hablar mientras patrullas.

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No oyes nada, no deseas oír nada que no suene a café con leche, pijama, persianas bajadas… Simplemente vas a abrir la boca para protestar por el codazo en los riñones cuando recibes otro golpe, éste más fuerte que el anterior. Temiendo recibir una nueva dosis, aguzas el oído y, ahora sí, un débil maullido te llega desde unos contenedores cercanos. Respiras aliviado porque, desde luego, un gato pulgoso no es motivo suficiente para que la jornada no termine a su hora.

El metomentodo de tu compañero se acerca a los contenedores y tú esperas ver salir de debajo de uno de ellos al minino, incluso das un paso atrás y te mantienes alerta por si se le ocurre saltar asustado sobre tus ojos, que no sería la primera vez que te sucede algo parecido.

El gato no aparece por ninguna parte, pero los maullidos se hacen más intensos, sobre todo cuando tu compañero levanta la tapa del contenedor. Se asoma al interior, mete los brazos y cuando saca el bulto entre ellos comprendes que, desde luego, tu jornada no terminará a las siete y el café, el pijama y la cama deberán esperar algún tiempo más.

El maullido se transforma en llanto y el gato en bebé cuando tu compañero desenvuelve el bulto, lo justo para que asome una carita diminuta, arrugada, amoratada… Unos ojos cerrados por la rabia que proporciona el llanto al sentirse puteado por la vida nada más nacer, unos minúsculos puños apretados que asoman como si prometiera venganza.

También tu querrías maldecir por tu mala suerte pero, claro, te avergüenzas sólo de pensarlo al comprender que hay otros que están empezando el día, la vida entera, mucho peor que tú.

“¿Quién puede ser capaz de hacer algo así?”, oyes clamar a tu compañero con el bebé en brazos, la manta sucia todavía envolviéndole. Y tú le das la razón, porque hay píldoras del día después, condones para el día de antes, clínicas abortivas, centros de acogida… incluso conventos, llegado el caso. Pero dejarlo en la basura parece el recurso de los desesperados, como los náufragos que arrojan una botella al mar conscientes de que nadie la recogerá jamás.

Tu compañero te pide que por favor hagas algo, que llames al cuartel o a los bomberos o a un hospital o a un servicio de ambulancias, pero que, por lo que más quieras, no te quedes ahí parado como un pasmarote, que ya que la jornada se va a alargar por lo menos hagamos algo de provecho.

Son las siete y cinco y ahora son las luces y el sonido de una sirena los que rompen el silencio de la noche, que ya comienza a dejar de serlo. Algunos vecinos se asoman a las ventanas y balcones, otros ya salen a la calle dispuestos a afrontar un nuevo día de trabajo y se encuentran con la noticia a la puerta de casa. Recuperas tu papel de policía para decirles que todo está bajo control, que aquí no hay nada más que ver, señores, que circulen y dejen que los profesionales se hagan cargo del asunto, que para eso les pagan.

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Tu compañero entrega la carga a uno de los médicos que ha bajado de la ambulancia y piensas que ahora sí, que ya podrás volver a casa, a tu café, tu pijama, tu cama. Pero tu compañero explica que no podéis dejar a la criatura así, que mal que te pese os habéis convertido en una especie de padres putativos del bebé. Le respondes que no eres el padre putativo de nadie -aunque no entiendas muy bien eso de “putativo”-, que con una hija real, sin estudios, en paro y que vete tú a saber dónde estará ahora, seguro que todavía de bares, ya tienes bastante. Ante su insistencia, haces de tripas corazón y le sigues al interior del coche. Os situáis delante de la ambulancia con el fin de abrirle paso hasta el hospital. Al fin y al cabo, no serán más que diez minutos -que puedes aprovechar para rellenar mentalmente el preceptivo informe que luego volcarás en un papel en otros diez- y asunto resuelto.

Con tu compañero no hay manera. Llegáis al hospital esquivando el tráfico que ya vuelve a ser generoso tras la tregua nocturna. Allí, el personal ejecuta los movimientos como si estuvieran repitiendo una coreografía bien ensayada. Tu compañero no pierde detalle de lo que sucede y comienzas a sospechar que no vais a salir de allí hasta que aparezca un médico asegurando que la vida del niño no corre ningún peligro, que las constantes vitales son adecuadas, que, desgraciadamente, cosas así pasan demasiado a menudo.

Y temes que tu compañero quiera permanecer al pie del cañón hasta que aparezcan los chicos de la tele para el reportaje con el que facilitar a los ciudadanos su ración diaria de morbo. Incluso es probable que os pregunten si habéis pensado en algún nombre para la criatura, si no os gustaría llamarle Ángel o Custodio, en honor al patrón de los policías. Tú, si fueras sincero, responderías que te importa una mierda cómo le pongan al niño -aunque ni siquiera te has interesado en conocer su sexo-, que para eso tuvo una madre a pesar de que le durase poco. Y que, en todo caso, el más indicado para elegir un nombre debería ser el agente que te ha impedido regresar a casa con las luces del alba para hacerlo, como mínimo, tres horas después de lo previsto.

Pero cómo vas a decir eso, estarías loco. Lo que los espectadores esperan ver a la hora de comer es a un par de policías sonrientes, a poder ser con el bebé en brazos, que queda más humano, rodeados del personal sanitario, de enfermeras y celadoras que sientan una mezcla de alegría por haber dado una segunda oportunidad al recién nacido y de tristeza, de incredulidad, al ser incapaces de imaginar las razones que pueden llevar a una madre a abandonar a su hijo.

Tus temores se hacen realidad y son las diez y media cuando habéis terminado de atender a los medios, de poner ante las cámaras cara de satisfacción por el deber cumplido, de responder a los inevitables micrófonos que te hacen sentir como un famoso sorprendido en el aeropuerto de turno. Y tú, mientras respondes lo mejor que puedes, preocupado, pues sabes que si te acuestas más tarde de las ocho ya no concilias el sueño, que la parienta empieza con sus faenas domésticas, su hablar a gritos con la vecina a través del patio de luces, las llamadas telefónicas de sus hermanas…

Por fin llega el momento de volver a comisaría. Tu compañero lo hace en plan héroe, agradeciendo las felicitaciones de vuestros compañeros que ya están informados de lo sucedido desde el punto de la mañana, casi desde la hora en que acababa tu turno. Tu prefieres eludirlos, dirigirte a los vestuarios, sacar de la taquilla la ropa de paisano, guardar el uniforme y la pipa y, Dios lo quiera, volver de una puñetera vez a casa.

Al menos, tu compañero también parece cansado y ha asumido que no es vuestro cometido localizar a la madre, algo de lo que ya se estará encargando la Nacional desde hace un buen rato.

A las once y cuarto llegas finalmente a casa, pensando, cómo no, en el desayuno, el pijama, la cama… Abres la puerta confiando en que la mujer haya salido a hacer la compra y así poder acostarte antes de que regrese. Pero aún no has cerrado cuando comprendes que todavía la jornada parece guardarte otro imprevisto.

Tu mujer se planta frente a ti, te golpea en el pecho con ambos puños, te grita que debes ser el único imbécil en toda la ciudad sin móvil para cuando puedas resultar necesario. Que tú seguro que con los amigos mientras ella recibía la visita de la Policía. De la de verdad, no como tú que no pasaste de ser un guardia urbano de mierda.

Que dónde estaba tu hija, querían saber. Y tu mujer que no la habíais visto en dos días, pero que eso era normal en ella, que os había salido un poco díscola.

Que si no nos habíamos enterado de que estaba preñada, preguntaban las policías, dos mujeres jóvenes. Y ella que de qué estaban hablando, que cómo iba a estar preñada la chiquilla.

Que llamaseis de inmediato si sabíais algo de ella.

Sin saber qué contestar, dejas el café, el pijama, la cama, para más tarde: te guste o no, lo que procede es regresar al hospital, tal vez al final sí tengas que elegir un nombre antes de que le pongan Custodio a la criatura.

Definitivamente, no es tu día.

Pero es que un mal día lo tiene cualquiera, ¿no?

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