El asesinato como diversión

Desgraciadamente para quien suscribe, el humor -negro, blanco o incoloro- nunca ha gozado de gran predicamento entre los lectores y autores de novela negra. Y digo desgraciadamente pues es uno de los ingredientes que más aprecio cuando me enfrento a una lectura criminal, hasta el punto de que, con mayor o menor acierto, también yo he osado introducirlo en prácticamente todas mis novelas.

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Donald E. Westlake, padre de Dortmunder

Disfruto, por tanto, con toda la obra de Donald E. Westlake, pero especialmente con las historias protagonizadas por ese desastroso ladrón que es John Dortmunder y su banda, que alcanzan niveles de puro esperpento en gloriosos títulos como Un diamante al rojo vivo o Atraco al banco.

Me gustan las historias duras de Matt Scuder escritas por otro genio de las letras negras: Lawrence Block. Pero, qué quieres que te diga, me resulta francamente entrañable Keller, el asesino a sueldo con problemas de conciencia que le llevan al psicólogo cada dos por tres. Suyas son Hit Man, Hit List y Hit Parade.

Culturalmente más cercanos a nuestro entorno geográfico, lo he pasado pipa con las novelas protagonizadas por Barraqueta, ese inspector desastroso pero lúcido a su manera nacido de las manos del aragonés José Luis Gracia Mosteo. O con ese sosias de Stieg Larsson llamado Ste Arsson, sueco fallecido y medio afincado en Zaragoza, traducido por Miguel Serrano Larraz y protagonista de la delirante, auténtica, original y mucho más corta que la que todos conocemos, Los hombres que no ataban a las mujeres. También, claro está, con el detective loco de Mendoza de cuyo nombre no puedo acordarme -fundamentalmente porque creo que nunca se ha sabido, lo más parecido a una identidad concreta es esa del doctor Sugrañes por quien en ocasiones se ha hecho pasar-. O, por supuesto, con la vena más humorística del argeñol Carlos Salem, responsable de novelones divertidísimos como Matar y guardar la ropa, Pero sigo siendo el rey o incluso su primera novela, Camino de ida, si bien esta presenta muchas más facetas que la puramente jocosa y desenfadada. Y, claro, más recientemente, con la aportación vascoafricana -sí, los vascos pueden nacer dónde les dé la gana, incluso en Burkina Faso, ellos son así- del “detective” Touré con unos casos que más o menos se sabe cómo empiezan pero nunca cómo van a terminar. Los firma Jon Arretxe.

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Fredric Brown

¿Cómo no gozar, entonces, con el padre, con el precursor de todos ellos? Me  refiero, por supuesto, a Fredric Brown, picapedrero de las letras, autor cientos de novelas y relatos (se pueden encontrar recopilatorios de ellos en la red) fundamentalmente de ciencia ficción y policíacos, poco reconocido en su momento pero escritor de culto para sus fieles seguidores.

El rey de la procastinación, pero con una productividad envidiable:

“Fred odiaba escribir. Pero le encantaba haber escrito. Era capaz de hacer cualquier cosa que se le ocurriese con tal de retrasar el momento de sentarse ante la máquina de escribir: limpiar el polvo de la silla, tocar la flauta, leer un poco, jugar con el gato, tocar un poco más. En algún momento comenzaba a remorderle la conciencia, y finalmente se sentaba ante la máquina. Podría escribir una línea o dos, o algunas páginas. Al final, el libro se escribía.”

Y se escribía con una sorprendente originalidad. Relatos en ocasiones de una sola página en los que difícilmente el lector puede adivinar su desenlace, novelas no demasiado largas -para qué más de 200 páginas- con giros insospechados, personajes tan cotidianos como peculiares y siempre, siempre, el toque de humor marca de la casa.

Además de los citados relatos policíacos, siete novelas he conseguido reunir a lo largo de los años -tres de ellas editadas en la prestigiosa colección Black de Plaza & Janés dirigida por Javier Coma, todo un record teniendo en cuenta que la colección consta de tan solo 23 títulos-, a saber: La trampa fabulosa (premio Edgar en 1948), La viva imagen, Plenilunio sangriento, La noche a través del espejo (considerada su obra cumbre), La bestia dormida, Un trago para el camino y, desde luego, El asesinato como diversión.

el asesinato como diversión

Fantásticas -en todos los sentidos de la palabra- todas ellas. Duras cuando deben serlo, divertidas siempre, esperpénticas en ocasiones. Pero si la crítica destaca dos de ellas como las mejores de su extensa producción (La trampa fabulosa, protagonizada por la pareja de exferiantes Ed y Am Hunter y La noche a través del espejo) mi favorita, sin lugar a dudas, es ese asesinato como diversión que da título a esta entrada y al programa imaginado por el experiodista Bill Tracy (primer guiño a todo un clásico) que tiene previsto ofrecer a la emisora de radio para que se dedica a escribir radionovelas, la KRBY (segundo guiño a otro clásico), como la exitosa Los millones de Millie, en la que Tracy no deja episodio sin que la protagonista las pase canutas, para gozo de sus miles de seguidoras.

Un programa que todavía se encuentra en fase de borrador y en el que Tracy desarrolla un crimen en quince minutos, ofreciendo a los oyentes las pistas necesarias para resolverlo dado que el detective creado para la ocasión es de naturaleza más bien torpe. Una gran idea, desde luego. El problema viene cuando, sin que nadie haya leído teóricamente esos guiones, los crímenes ideados por el experiodista van cometiéndose uno por uno, empezando por el asesinato del director del programa para el que trabaja, siguiendo por el portero del bloque de apartamentos en el que reside…

Evidentemente, para la policía -con algún sargento más interesado, todo hay que decirlo, en conocer de primera mano lo que el porvenir le va a deparar a la sufrida Millie de su serial que en el progreso de la investigación en sí- será el principal, el único sospechoso de los crímenes.

A partir de ese planteamiento, una sucesión de situaciones disparatadas -pero creíbles-, diálogos chispeantes y a menudo surrealistas, personajes llenos de encanto, diversión a raudales… pero no solo eso, que también aprovecha Brown para meter unas cuantas puyitas feroces al sistema en el que nos toca vivir o mostrarnos la soledad en la que se desenvuelven sus personajes que, en ocasiones, no encuentran mejor amigo que el alcohol -que también corre a raudales- para sobrellevar las tensiones del día a día.

Como por desgracia suele suceder con algunos de mis autores favoritos -y que considero imprescindibles para quien quiera conocer el género negro-, Fredric Brown es imposible de encontrar en las novedades de cualquier librería, grande o pequeña, y difícil en las de saldo (los libros que tengo yo proceden de los ochenta y primeros noventa), si bien muchas de sus novelas andan por la web, digitalizadas para quien las encuentre y quiera disfrutar ya que las editoriales no parecen estar por la labor de dar a conocer a las nuevas generaciones de aficionados a la novela negra a un autor verdaderamente genial.

Eso sí, buscando un poco encuentro El asesinato como diversión editado en 2011 por RBA en su Serie Negra. Igual tienes suerte y puedes conseguir un ejemplar de esta joya de la literatura criminal.

 

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