¿Por qué no prender fuego a las boutiques de lujo?

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De regreso a casa, Servaz se había lavado con detenimiento las manos, se había quitado la ropa y había permanecido veinte minutos en la ducha, hasta que solo bajó agua tibia, como si se quisiera descontaminar. Después había cogido el libro de Juvenal de la estantería y lo había abierto en la sátira XIII: «¿Existe alguna fiesta, ni que sea una sola, lo bastante sagrada para dar tregua a los aprovechados, a los estafadores, a los ladrones, a los crímenes infames, a los degolladores, a los envenenadores, a los codiciosos? Las personas honradas son escasas, apenas tantas, si se cuenta bien, como las puertas de Tebas».

«Somos nosotros los que hemos hecho así a esos chavales», se dijo cerrando el libro. ¿Qué porvenir tienen? Ninguno. Todo se va a pique. Unos cerdos se llenan los bolsillos y se exhiben en la tele mientras que a los padres de estos chicos los despiden del trabajo y quedan como unos perdedores. ¿Por qué no se rebelaban? ¿Por qué no prendían fuego a las boutiques de lujo, los bancos, los palacios de los centros de poder en lugar de a los autobuses o las escuelas?

«Pienso como un viejo», había concluido más tarde. ¿Sería porque iba a cumplir cuarenta años dentro de unas semanas? Había dejado que su grupo de investigación se ocupara de los tres muchachos. Aquella distracción le vendría bien… aunque ignorase qué le aguardaba.

Bajo el hielo, Bernard Minier

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