La paz de los sepulcros, novela negra al modo Volpi

No es la primera vez que escribo algo sobre Jorge Volpi aquí, a pesar de que el blog está dedicado casi íntegramente al género negro y Volpi toca dicho género tan solo en ocasiones y algunas de esas ocasiones de un modo más bien tangencial o, cuando menos, peculiar.

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Jorge Volpi

Mi primer encuentro con el autor mexicano se produjo hace más de diez años, con una novela titulada En busca de KlingsorPremio Biblioteca Breve Seix Barral en 1999-, obra para algunos casi insufrible y para otros, como un servidor, simplemente excelente, que une, de modo magistral, conceptos como filosofía, física teórica, historia reciente y crímenes contra la Humanidad, con un investigador llamado Francis Bacon -sí, como el filósofo-, ayudado por un matemático de nombre Gustav Links y por Heisemberg -exacto, el del famoso principio de incertidumbre- empeñado en rebuscar incansablemente en los cimientos científicos del III Reich.

Y fue entonces la primera vez que escribí sobre Volpi, en una web de cuyo nombre no puedo acordarme, un texto que jamás he sido capaz de volver a encontrar ni con la ayuda de san Google que todo lo ve.

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Diez años después, cuando el mexicano andaba ya perdido en mi frágil memoria, una de mis editoriales preferidas –Salto de Página– publicaba Oscuro bosque oscuro, un exitoso intento de analizar la conducta más abyecta protagonizada, en este caso, por hombres comunes y corrientes, ciudadanos como tú y como yo, capaces de las mayores atrocidades que mente humana pueda concebir. Evidentemente, había que leerla y de ella también escribí unas pocas líneas, esta vez sí fácilmente localizables.

Y ahora llega mi tercer encuentro con este hombre que siempre me sorprende, con una novela de 1995 –La paz de los sepulcros– editada en 2013 por otras gentes del mundo del libro que saben lo que hacen, las gentes de Alrevés.

Y si las dos anteriores metían las manos de lleno en el mundo del crimen -si bien difícilmente podían ser etiquetadas como negras o policíacas-, en este caso me encuentro con algo más convencional, pero convencional a la manera Volpi. Es decir, con su curioso modo de narrar las historias, con algunos toques que rozan el esperpento, con una dura carga crítica dirigida a quienes, en cada momento, detentan el poder -y utilizo el verbo “detentar” conscientemente, en su acepción de “Retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público”- y con un lenguaje cuidadísimo, exquisito, marca de la casa.

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La novela arranca con la aparición, en una habitación de hotel, de un par de hombres muertos en horribles circunstancias: uno de ellos -un ministro mexicano- con signos evidentes de tortura; el otro, decapitado, lo que dificulta su identificación inmediata para los encargados de la investigación oficial.

Pero no, desde luego, para un metomentodo periodista de sucesos del diario Tribuna del Escándalo quien, acompañado de su fiel fotógrafo, descubrirá posteriormente en una de las instantáneas el detalle que le permitirá recordar que, en un tiempo pasado, llegó a conocer al descabezado acompañante del ministro.

A partir de ahí, a husmear entre los círculos del poder político integrados por quienes en tiempos fueran fieros opositores al sistema y ahora legislan a su antojo, entre conspiraciones para acabar con la carrera de quienes se postulan como candidatos a la presidencia de México, entre los burdeles más sórdidos y los más selectos, entre los grupos de una casi inexistente e histriónica guerrilla, entre sectas profanadoras de cadáveres…

Novela dura, por momentos compleja y, quién lo iba a decir, profética: al poco de escribir la novela, el político Luis Donaldo Colosio, candidato a la presidencia de la nación, era asesinado en lo que algunos vieron un crimen de Estado y otros la simple acción de un homicida solitario.

El propio Volpi declaró -y tomo esto del blog Cruce de caminos-: “Resulta difícil creer que la primera versión del manuscrito narrará el asesinato de Luís Donaldo Colosio en Tijuana un mes después de concluir su escritura. […] En algunas cosas acerté, en otras me equivoqué, creo que en ese año la realidad superó a la ficción.”

Pero esa ya es otra historia, claro.

 

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