Natalie Lindstrom, la de los ojos violeta

Si de vez en cuando te pasas por este blog o si estamos en contacto a través de alguna de las redes sociales en las que se me puede encontrar, tal vez sepas ya que, siendo un apasionado de la novela negra como soy -en su más amplia acepción, incluyo aquí la negra más negra pero también la policíaca, enigma, algún thriller– hay un tipo de historias que no suelen encajar en mis gustos: aquellas protagonizadas por un serial killer cuyas dos únicas obsesiones suelen ser: 1.- retar al policía de turno a que le meta entre rejas o, en su defecto, un par de tiros entre ceja y ceja; y 2.- ser más cafre que todos sus antecesores a la hora de idear “imaginativos” modos de asesinar al personal.

Lo paranormal, qué quieres que te diga, tampoco va demasiado conmigo, solo algún domingo a ver que se lleva entre manos Iker Jiménez -por pura distracción, por puro morbo, esas noches que uno no tiene nada mejor que hacer- y para de contar.

Así pues, ni siquiera yo me explico cómo es posible que la primera novela de la serie que traigo aquí hoy me hiciera tilín, pero el caso es que Ojos violeta, de Stephen Woodworth, protagonizada por la medium Natalie Lindstrom, me enganchó desde el principio a pesar de contar con todas las papeletas para que jamás hubiera caído en mis manos.

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Porque Lindstrom es eso, una medium, pero no una medium autónoma tipo bruja Lola, sino una adscrita al CCUN -Cuerpo de Comunicaciones Ultraterrenas Norteamericano-, en el que otras decenas de personas cuya característica física distintiva es la de tener los ojos de color violeta son entrenadas para contactar con muertos que así, por ejemplo, pueden testificar cuando se está juzgando a sus presuntos asesinos.

Por si fuera poco la condición sobrenatural de la protagonista, en esta primera novela debía participar en la investigación de una serie de asesinatos que tenían como víctimas a compañeros de profesión. Vaya, que tenía enfrente a un asesino en serie dispuesto a acabar con todo violeta viviente que se pusiera en su camino.

Insisto, dos ingredientes -lo paranormal y lo serial killer– que, sumados, deberían haber mandado el libro de cabeza a la papelera. Y sin embargo…

Sin embargo, las relaciones laborales y familiares y los problemas cotidianos a que Natalie Lindstrom debía enfrentarse estaban muy bien definidos y narrados, la historia resultaba atractiva y el serial killer no lo era tanto ya que, al menos, tenía un motivo plausible para cometer sus crímenes. Por si fuera poco, la novela contaba con un desenlace francamente original si bien, por momentos, podía recordar a ese pastelón cinematográfico que fue Ghost. Y devoré la novela, y la recomendé -sigo haciéndolo aquí- en Twitter y Google+ y, por supuesto, decidí que había que leer la segunda: Manos rojas.

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Una segunda novela que insistía en los aciertos de la primera y ahondaba en el drama cotidiano de la protagonista pues, por causas que no viene al caso spoilear, había dejado de trabajar para el CCUN con las consecuencias que dicha decisión conllevaba. Y con un planteamiento, en mi opinión, más atractivo que el de Ojos violeta, pues nos planteaba ante la tesis de que ni siquiera de los muertos se puede uno fiar como testigos de cargo, pues los hay dispuestos a mentir incluso después de haber jurado decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. También la parte más ghostiana estaba bien resuelta y, para no variar, ofrecía un desenlace nuevamente sorprendente.

A por la tercera entonces, ¿no?

sangre dorada

Pues sí, a por la tercera –Sangre dorada– me fui. Y, como suele decirse, a la tercera fue la vencida. Y mis temores iniciales -lo de los serial killers y los fantasmas como elementos que no entran dentro de mis preferencias a la hora de leer género negro- se confirmaron, pero no por su excesiva presencia sino por la deriva que toma la serie a partir de este momento, con una Natalie Lindstrom contratada por un malo malísimo como cualquiera puede ver -salvo, paradójicamente, la propia vidente- para que contacte con el espíritu ¡de Pizarro! y conseguir así encontrar los fabulosos tesoros que el extremeño de Trujillo debió reunir en vida como consecuencia de sus buenas relaciones con los nativos americanos que tuvieron la suerte de toparse en su camino.

A partir de aquí, una serie de lugares comunes para poner a los conquistadores españoles de hijoputas para arriba -en efecto, lo fueron, no seré yo quien lo niegue, pero no menos que los conquistadores de otras nacionalidades incluidos los paisanos del propio Woodworth- al servicio de una novela absolutamente irregular que combina pasajes de acción trepidante con episodios leeeentos lentísimos capaces de aburrir a las ovejas. Por si fuera poco, la protagonista -con quien más o menos resultaba sencillo empatizar en las anteriores entregas- va perdiendo fuelle a medida que su comportamiento resulta más desconcertante haciendo que la novela sea totalmente prescindible por no decir infumable.

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A por la cuarta entonces, ¿no? From Black Rooms en su título original pero sin editar todavía en España.

Pues no, he tenido suficiente -ni siquiera he conseguido terminar la tercera a pesar de que me he esforzado más de lo habitual cuando algo no me gusta- y me he sentido defraudado por un personaje que daba para mucho y finalmente se queda en ridícula caricatura. Pero no es eso lo peor sino lo que decía antes, la incertidumbre, la deriva de la serie, la puerta que abre a que, a partir de este momento, Lindstrom se vea obligada a protagonizar episodios similares al que le toca vivir en Sangre dorada junto al cazatesoros malo malísimo de la muerte.

¿Qué será lo siguiente? ¿Encontrar el legado de Tutankamón? ¿Conocer la verdad sobre el caballo de Troya? ¿Localizar la tumba de Alejandro Magno? ¿Acceder a las cuentas suizas de Bárcenas si es que este fallece en el trullo sin haber terminado de declarar?

No, lo siento pero, por mí, el cielo puede esperar. Los fantasmas, también.

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