“Camarero, hay un escritor sueco en mi sopa”

Por cuestiones “profesionales”, uno tiene la costumbre de ojear mensualmente los boletines -no dijo hojear, pues la que consulto suele ser la versión electrónica de esos boletines- de las diferentes editoriales españolas que, con cierta regularidad, publican novela negra o algo que pueda pasar como tal.

Todas, por tanto, pues de un tiempo a esta parte y como antaño pasó con la histórica, la novela negra -o algo que pueda pasar como tal- parece ser la niña mimada de los editores: lo negro vende y, por consiguiente, tiene que estar en el catálogo de quien pretenda ocupar un hueco en las estanterías de librerías y supermercados de libros.

Y si por algo destacan todos esos boletines es por la inclusión entre sus páginas de, al menos, un sueco -o sueca, en una segunda invasión tras aquella de los bikinis que volvían loco a Alfredo Landa, Paco Martínez Soria y coetáneos-, hasta el punto de que uno tiene ganas de tirar con medida violencia la servilleta sobre la mesa, levantar la mano, poner gesto ofendido y gritar para que el resto de comensales se enteren:

“Camarero, hay un escritor sueco en mi sopa”.

estanterias-ikea-inspiracion-salones

Y es que hay cierto hartazgo ya por mi parte -y desde hace ya bastantes años- con este proceso de ikeización de la novela negra -sueca y, desgraciadamente y por contagio, de otras denominaciones de origen- que ha convertido los títulos que nos llegan de este género en lo más parecido a esos muebles de nombre impronunciable con oes con palito cruzado o con dos puntitos por sombrero: producción en serie, adaptables a casi todos los hogares y fáciles de vender, pero calidad, calidad, lo que se dice calidad…

Pero claro, en todo catálogo -creo que excepto en el de Ikea- existen las rarezas, esos muebles menos limpios y de formas no tan rectas que, lógicamente, no suelen ser del agrado del común de los mortales aunque sí de quienes buscamos algo diferente, algo que se salga de la norma. Y seguro que si Per Wahlöö se levantara de su tumba se volvería de cabeza a ella al comprobar entre quiénes se ha repartido su herencia, pero seguro también que se mostraría orgulloso al ver que, entre tanto corderito nórdico -que no solo de suecos viven las editoriales-, podemos encontrar ovejas negras como Jens Lapidus, Jo Nesbø, Arni Thorarinsson o, cómo no, mi favorito de entre todos ellos, Leif GW Persson, de quien ya he escrito en varias ocasiones y ahora vuelvo a hacerlo en Calibre .38 para reseñar su última novela publicada en España: El detective moribundo.

¿Te apetece echarle un ojo?

firmatwitterbosque

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