Grijpstra, De Gier, De Wetering: tres holandeses excéntricos

“El viajar es un placer que nos suele suceder”, cantaban años ha los inolvidables Payasos de la Tele. Cierto, desde luego: viajar es, obviamente, el mejor modo de conocer ciudades y paisajes, pero también paisanajes, esa gente interesante que puede uno encontrarse en cualquier rincón del planeta. Véase este par de especímenes con los que me topé en Holanda, por ejemplo.

Brigada Henk Grijpstra. Cincuentón, casado y con tres hijos, dos pequeños y uno ya adolescente al que considera un caso perdido que el día menos pensado terminará entre rejas. Más bien gordo, vestido siempre con poca o ninguna gracia. De joven quiso ser músico de jazz o pintor, pero terminó siendo policía. Toca de vez en cuando una batería que tiene en su propio despacho de comisaría, el que comparte con el sargento De Gier.

Se lleva fatal con su mujer, a la que trata abiertamente de foca. Odia que duerma con pinzas en el pelo que terminan arañándole la cara mientras duerme. Tanto es así que no tardará en iniciar los trámites de divorcio aprovechando que ella se ha ido de casa mientras él está de camping en España acompañando a una antigua amiga propietaria de un burdel.

Sargento Rinus De Gier. Treintañero, alto, delgado, pelo rizado, elegante y atractivo. Mujeriego y soltero empedernido, convive con un gato siamés, Oliver. No hay caso en el que no termine a las primeras de cambio acostándose con alguna mujer implicada en el mismo, ya sea por voluntad propia o inducido por su jefe Grijpstra, y siempre con el consentimiento o comprensión de sus superiores.

Seguidor de la filosofía Zen, no duda en entablar profundas conversaciones con su superior, mucho más pragmático. Y como a Grijsptra, le gusta la música y en ocasiones acompaña los “ensayos” del brigada con una flauta que suele llevar en el bolsillo de la chaqueta.

¿Qué, cómo se te queda el cuerpo? Bien, ¿no?

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Janwillem Van De Wetering
Afortunadamente, no he conocido a estos dos tipos en ningún viaje sino con el simple gesto de abrir un libro. Unos cuantos, en realidad, firmados por el holandés Janwillem Van de Wetering, individuo tan curioso como sus personajes, expolicía y alumno de un maestro zen en un monasterio japonés en sus tiempos jóvenes.

Grijsptra y De Gier protagonizaron un total de catorce novelas y varios relatos cortos que transcurren en el Ámsterdam de los años setenta y siguientes, dos tipos un tanto colgados tal vez como consecuencia del humo de la marihuana que dicen invade la ciudad. Dos personajes arriesgados en cuanto a su concepción porque con demasiada frecuencia la excentricidad no resulta creíble, ni siquiera digerible, pero es que la excentricidad de estos dos fulanos resulta natural como la vida misma, llegándose al extremo de que, poco a poco, mientras leemos sus historias, también nosotros nos vamos impregnando de un aroma que nos hace ver como normal lo que, evidentemente, no resulta demasiado verosímil ni aceptaríamos en unos policías de carne y hueso.

Grijsptra y De Gier debutaron en 1973 en una novela titulada Extranjero en Ámsterdam. 1973, tiempo de hippies en una ciudad tranquila, sin apenas asesinatos, en las que nadie tiene nada que ocultar como se puede comprender al ver esas casas con amplios ventanales sin cortinas, se supone que para dejar entrar la luz siempre que sea posible pero que también permiten, claro está, que cualquier viandante observe lo que sucede en su interior. Una ciudad en la que el consumo de marihuana a pequeña escala está bastante generalizado y en la que ya se comienza a apreciar un incipiente tráfico mayorista de drogas.

Amsterdam-recurso-2

Una ciudad en la que -a pesar de la imagen de modernidad, igualdad y liberación sexual que en otros países pudiéramos tener de ella en la misma época-, Treesje es simplemente la joven minifaldera de diecinueve años que se encarga de llevar los cafés y atraer las miradas libidinosas de cuantos hombres trabajan en la comisaria, los holandeses nativos de Papúa Nueva Guinea o las Antillas son algo exótico y marginado a pesar de ser frecuente verlos paseando por sus calles y los famosos escaparates y coffeshops no estaban todavía permitidos si bien las administradoras de los burdeles mantenían buenas relaciones con la policía -encargándose incluso de proveerles de regalos tan inocentes como un pastel o torta casera en agradecimiento al hecho de que dejen que sus chicas trabajen en paz- y era relativamente sencillo encontrar un bar en el que colocarse a gusto.

A Extranjero en Ámsterdam le siguieron otros trece títulos, de los cuales se han publicado en España y por este orden Dios los cría…, Muerte en el dique, Víctima sin rostro, Masacre en Maine, Malos tiempos, Arrastrado por el viento y Pájaro callejero. Ocho novelas en total repletas de originales modos de morir y de matar, sembradas de un humor surrealista en la mayoría de las ocasiones y habitadas por un plantel de personajes -tanto principales como secundarios o circunstanciales- que harán que en ocasiones, parafraseando a uno de los galos más ilustres de la historia, exclamemos aquello de “están locos estos holandeses”. Divertidamente locos, en cualquier caso.

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