Pan, educación, libertad… y una generación decepcionada

Si hay un autor de novela negra al que he seguido desde que se le comenzó a publicar en España (Noticias de la noche, Ediciones B, 2000) y del que he leído todo lo publicado con su personaje estrella como protagonista (sí, también ese librito en el que solo sale una vez, Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos, Ediciones B, 2006) y además lo he hecho por orden, según iban llegando sus entregas a nuestro país, ese es el griego nacido en Estambul Petros Márkaris, tal vez el escritor vivo de este género al que más admiro y del que, curiosamente, no recuerdo haber escrito nunca en este blog y en ocasiones contadas en algunos otros: si no me equivoco, en un artículo de hace muchos años en la revista digital Gangsterera y, cómo no, cuando tocó visitar Atenas en aquel crucero mediterráneo y criminal del que pudimos disfrutar en Calibre .38.

Imperdonable, desde luego, porque ha llegado a tal punto mi integración en esta familia ateniense que el día menos pensado Adrianí me invita a probar sus tomates rellenos o cualquiera de sus otras excelencias en comida barata y tradicional, Katerina me ofrece sus servicios jurídicos si me meto en algún lío, Fanis me hace un chequeo completo y Jaritos… Jaritos me pasea en su flamante Seat Ibiza por las calles de la capital griega -preferiría el Mirafiori, pero qué le vamos a hacer, al menos él (el coche) pudo jubilarse.

Márkaris es un claro ejemplo de esa definición de género negro que tanto me gusta, la que dice, más o menos, que una novela negra comienza investigando un crimen y termina analizando la sociedad en la que se ha cometido. Lo ha hecho desde el principio, cuando en la citada Noticias de la noche cargaba contra el tráfico de personas y, de paso, contra ese periodismo amarillo purulento que, en España, tan bien representó aquella Nieves Horrores de las niñas de Alcàsser; lo hizo en su Defensa cerrada y las íntimas conexiones entre deporte, política, negocios y corrupción (¿te suenan nombres como Gil y Gil, Villar o Laporta, por poner solo tres?); o en Suicidio perfecto con sus megaobras olímpicas, germen -como apunta el autor- del actual desastre económico griego.

Markaris

Y lo está haciendo, evidentemente, en sus últimas novelas, en esa trilogía de la crisis -que se convertirá en tetralogía próximamente, todas ellas editadas por Tusquets, su editorial española desde El accionista mayoritario– que inició en Con el agua al cuello, continuó con Liquidación final y ha rematado por el momento con Pan, educación, libertad, la novela que acabo de terminar muy recientemente, que se desarrolla en Grecia -como toda la serie a excepción de Muerte en Estambul– pero que, si no fuera por los nombres de calles y personajes, uno se puede imaginar perfectamente ambientada en España, sin ir más lejos.

¿El centro de la trama? La llamada Generación de la Politécnica, aquellos universitarios -mayoritariamente de izquierdas- que se opusieron en los setenta a la Dictadura de los Coroneles, que terminaron copando los puestos de poder y entendiendo que la sociedad les debía mucho por los sacrificios realizados. Y quien termina ocupando el poder y considerando que la sociedad tiene una deuda con él, acaba, indefectiblemente, metiendo la mano en la caja común, ya sea literalmente o en forma de puestos en consejos de administración de lo que se tercie, a poder ser en empresas públicas convenientemente privatizadas.

Vamos, que aunque no falta el repaso a esa ultraderecha neonazi y populista representada por Amanecer Dorado -genial cuando son descartados de la lista de sospechosos porque la extrema derecha sabe amenazar, apalear y destrozar pero no tiene la inteligencia necesaria para llevar a cabo crímenes medianamente complejos y planificados- Márkaris ajusta cuentas en esta novela con la izquierda reconvertida a la que muchos jóvenes culpan actualmente -no sin falta de razón, aunque el brazo ejecutor esté siendo la derecha de toda la vida- de haberles abocado al abismo, de haberles hecho retroceder cincuenta años, de obligarles a vivir peor que sus abuelos cuando teóricamente, deberían hacerlo mejor que sus padres.

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Y por mucho que nuestros políticos tratan de tranquilizarnos asegurándonos que España no es Grecia, servidor lee la novela, comprueba la trayectoria de sus protagonistas -protagonistas a su pesar, ya que son los asesinados de la historia- y, de inmediato, le vienen a la cabeza nombres más fáciles de pronunciar que los de sus homólogos griegos: por ejemplo, ese Felipe González, Isidoro para los amigos, señor X para sus más acérrimos detractores y nuestro hombre en Endesa para quienes somos clientes de la compañía; o Narcis Serra, ministro de defensa en la España de la OTAN, consumado pianista (aunque no haya llegado a tocar el piano hablando en argot policial) y presidente de la intervenida Caixa Catalunya; o Cándido Méndez, desde muy niño viviendo de la UGT y ya tiene 61 años, seguro que es uno de los pocos que estarán conformes con lo de que la edad de jubilación se alargue hasta los 70 y más allá; o José María Fidalgo, de CC.OO. a FAES sin despeinarse y permitiéndose presentar las memorias de un tal Aznar; o Josep Piqué, hijo de alcalde franquista, militante de extrema izquierda y ministro del señor de las Azores…

Y es que Márkaris ha llegado a un momento vital y profesional en el que puede -y debe- permitirse repartir a diestra y siniestra -no tengo acceso al Dimitrakos, pero la RAE define este último término en su primera acepción como ” Adj. Dicho de una parte o de un sitio: Que está a la mano izquierda”- porque, como dice en alguna entrevista:

“Grecia asiste a la gran decepción por esa generación de la Politécnica, la que resistió a la dictadura militar, que cuando tomó las riendas del dominio público se aprovechó y se benefició de aquella resistencia a la dictadura y se aprovecharon del sector político, del sindical y del universitario”.

Y adelanta sobre su próxima novela:

“En esta cuarta novela -ha explicado-, tendrá un protagonismo especial el partido neonazi Aurora Dorada, pero ya no hablaré sólo sobre la responsabilidad de la generación de la Politécnica, sino también sobre la responsabilidad que tiene el pueblo llano, pues en democracia, cuando tienes la capacidad de elegir a tus gobernantes la responsabilidad es de todos, es compartida”.

¿Que España no es como Grecia? Bueno, si ustedes lo dicen…

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