El niño era gris, las manos descansaban sobre el regazo, los pies suspendidos a unos centímetros del suelo, la cabeza ligeramente inclinada, los ojos perdidos como en pos de un sueño o un pensamiento. El perro parecía dormido, la cabeza apoyada en las patas, la pelambre con manchas marrones empapada, una oreja erguida, la cola inmóvil recogida al costado.

El otoño del comisario Ricciardi, Maurizio de Giovanni

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