“Manos sucias”, de Carlos Quílez: ¿novela de no ficción, realidad novelada…?

manossucias_alta¿Sabes cuál es el mayor caso de corrupción político-económica de la historia de España? ¿uno de los que, posiblemente, hayan movido mayor cantidad de millones de euros necesitando de la colaboración o consentimiento de mayor número de sinvergüenzas?

No, no hace falta que te remontes a los Reyes Católicos -aunque me imagino que también habría lo suyo, que lo meter la mano a la caja común es mal endémico en este país- sino que abras cualquier periódico del último año y medio.

En efecto, acertaste: me refiero a ese en el que un tal Luis Cérdenas -o algo así-, tesorero del partido del Gobierno, se dedicó durante años a amasar una tremenda fortuna a través de -presuntamente- la adjudicación de contratos públicos -no él, sino sus colaboradores necesarios- para beneficio propio pero con el paraguas que supone tener en nómina -a través de sobresueldos, financiación de actos electorales o reformas de sedes políticas- a todos aquellos que hubieran podido ponerle freno o denunciado su actividad. Y cuando digo -o Carlos Quílez dice- todos, digo TODOS.

Pues de eso va, precisamente, Manos sucias, la tercera de las novelas de Quílez protagonizadas por la periodista Patricia Bucana -las dos anteriores, La soledad de Patricia y Cerdos y gallinas-, tercera, repito, de este género de la novela de no ficción en las que resulta francamente difícil discriminar lo real de lo inventado por el autor.

Todo arranca con un par de hechos en apariencia inconexos: un escándalo económico de pequeña escala en un ayuntamiento menor de la provincia de Barcelona y una banda de delincuentes que están sembrando el terror en la zona, concretamente en las casas de familias acaudaladas que no dudan en asaltar con gran exhibición de violencia.

A partir de ahí, con un estilo eminentemente periodístico y valiéndose de la citada Bucana y de su compañera la exbecaria Elsa Ejea, del comisario Pardina de la UDEF, del sargento Vílchez de la Guardia Civil y del inspector Andreu García de los Mossos d’Esquadra, Carlos Quílez nos abruma, a un ritmo de vértigo, con un auténtico aluvión de datos, siglas de cuerpos y departamentos policiales o procedimientos de adjudicación de contratos de obras y servicios para componer una trama dibujada con tiralíneas en la que no se salva ni el Tato y que se devora con avidez en una sola jornada de lectura.

Jornada de lectura, por cierto, que cualquier persona con un mínimo de decencia cerrará con una manzanilla, una tila o cualquier otro tipo de infusión mucho más humilde que las exquisiteces que los Cérdenas y companía se meten al cuerpo con cargo a sus desmanes. Cualquier cosa que nos sirva para tragar que, en esta realidad novelada en la que vivimos, andamos rodeados de auténticos psicópatas de la corrupción, insaciables depredadores de lo público -los mismos que no se cansan de defender que como lo privado no hay nada- y que, desgraciadamente, sólo unos pocos terminan dando con sus huesos en la cárcel.

De devolver lo robado, ya si tal lo dejamos para otro día.

Manos sucias

Carlos Quílez

Alrevés

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