Un crimen bretón, un crimen disuelto en sal

un crimen bretonHace unos días colgaba en ese feis que visito de vez en cuando:

“Dice el Leser-Welt que se trata de la lectura perfecta del verano. Vas a comparar, la Bretaña, algo más fresquita que el jodío Mediterráneo. La novela, nada mal, por cierto.”

Como puede intuirse, la novela me pillaba en la playa, a 30º C día y noche y con un 85 % de humedad, condiciones óptimas para cualquier actividad subacuática y ninguna que requiera un mínimo de concentración. Sin embargo, el planteamiento de la novela resultaba sugerente, la zona a visitar, atractiva, y la originalidad que suponía enfrentarse a una historia en la que no hay un comisario sino dos -comisario y comisaria, para ser exactos- en plena igualdad jerárquica a la hora de investigar eran alicientes más que suficientes para dejar de lado las pésimas condiciones ambientales y lanzarse de cabeza al disfrute de una historia que prometía hacer pasar buenos ratos.

Todo comienza con la visita del protagonista, el comisario Dupin, a unas salinas bretonas tras recibir un chivatazo de una periodista con la que ya había colaborado en ocasiones anteriores. Yendo de incógnito, en misión no oficial fuera de su jurisdicción, Dupin se ve sorprendido cuando los tiros comienzan a llover a su alrededor, viéndose obligado a refugiarse en un cobertizo del que será rescatado, horas más tardes, por la comisaria Rose, ésta sí, la encargada de mantener el orden en la prefectura en la que se encuentran las salinas.

A partir de ahí, dos misiones para la pareja investigadora: averiguar quién ha disparado sobre Dupin y dónde se encuentra la periodista autora del chivatazo. Como fondo y principales sujetos de las sospechas de ambos policías, los integrantes de una industria que da vida a la zona, en la que se produce la mejor sal del mundo -al menos eso dicen los irreductibles bretones- y que van desde los pequeños y artesanales terratenientes hasta los directivos de la gran corporación que pretende hacerse con el control absoluto del negocio.

Y ya. Porque la historia que tanto prometía comienza a diluirse como la propia sal en el agua en medio de prolijas descripciones de la cosecha de eso que simplemente espolvoreamos sobre un chuletón, una parrilada de marisco o, en su defecto, una simple ensalada. Sí, vistosas descripciones que te animan a visitar la zona, algunos personajes interesantes pero poco más, pues la trama se pierde dando vueltas y más vueltas alrededor de los cuatro sospechosos de turno entre los que, confieso, nunca sabré si se hallaba el culpable. Vaya, que no conseguí llegar al final.

Tal vez no era tanto la lectura perfecta del verano o, al menos, la lectura perfecta de mi verano.

Un crimen bretón

Jean-Luc Bannalec

Trad.: Lidia Álvarez Grifoll

Grijalbo

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