El conde de Montecristo y los golfos apandadores

Cuatro años. Cuatro largos años para volver a tener noticias de uno de mis autores favoritos. Sí, cierto, en 2011 le tuve por partida doble, con El último Weynfeldt y El cocinero, pero con este hombre siempre me quedo con ganas de más.

Bien, la espera ha merecido la pena ya que Martin Suter, con Montecristo, consigue su novela más estrictamente negra y criminal (las dos citadas anteriormente resultarían demasiado heterodoxas para lectores más fieles a los cánones del género) o, si lo prefieren, financiera y criminal, términos estos que pueden considerarse hoy en día como sinónimos. O, si lo prefieres también, un thriller financiero y criminal, que puestos a inventar etiquetas…

montecristo

Como sucediera en Un amigo perfecto, Suter se vale de la figura de un periodista para hacer innecesaria la presencia de investigadores profesionales -léase miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado- a la hora de desarrollar una trama vertiginosa que arranca con dos hechos inicialmente inconexos: el suicidio de un hombre en el tren en el que viaja, cámara en ristre, el videorreportero Jonas Brand y, unos meses más tarde, la bendita casualidad que hace que ese mismo periodista reciba con sus cambios en un bar un billete de 100 francos idéntico a otro que guarda en la cartera. Idéntico, sí, incluso en el número de serie. Una falsificación más, se dirá hasta que su asesor bancario y un responsable de la imprenta que emite en Suiza el papel moneda le aseguren que ambos son auténticos.

A partir de ahí, Brand se debate entre seguir investigando, aprovechando su condición de reportero freelance que vende sus trabajos al mejor postor -casi siempre a medios más bien amarillistas- y sus deseos de sacar adelante su proyecto más ambicioso: la dirección de una película -su título provisional, Montecristo– en la que el protagonista, un empresario de éxito, es traicionado por sus socios que quieren quedarse con el pastel al completo y se las ingenian para introducir droga en su equipaje aprovechando un viaje de turismo a Tailandia. La consecuencia, lo ya visto en El expreso de medianoche. En su guion, el empresario logrará escapar y dedicará a partir de entonces todos sus recursos a vengarse de los socios traidores.

rato

A partir de ahí también, Brand se involucra en una trama conspiranoica en la que resulta inevitable que en la retina del lector se reproduzca la manida imagen de un golfo apandador tañendo una campana y la consciencia de que, tras semejante fulano, otros muchos como él se enriquecen aprovechándose de una crisis que nadie veía venir y en la que, curiosamente, no son sino simples piezas de un engranaje movidas por entidades todavía más poderosas e invisibles.

Con todos estos elementos, Suter consigue una historia muy adictiva y realista, pelín burguesa -en las novelas del suizo no abunda el lumpen proletariado- y con una alta calidad literaria marca de la casa. Pero…

El pero que debo ponerle es el desenlace, no sé si calificarlo de blando, facilón o inconsistente, simplemente diré que esperaba otra cosa. Eso sí, son tan solo unas 30 páginas de un total de algo más de 300, pero 30 páginas que concebidas de otro modo habrían dado como resultado una novela absolutamente redonda.

Sigue el blog (y mucho más) en Twitter, Google+ y Facebook

Anuncios
El conde de Montecristo y los golfos apandadores

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s