Es tiempo de Ripley

Aprovechando que hoy, 19 de enero, cumpliría años una de las auténticas damas del crimen, me permito reproducir aquí un artículo que publiqué el 16 de septiembre de 2014 en la revista Fiat Lux y en el que, a partir del análisis detallado de las cinco novelas dedicadas a Tom Ripley, llego a una curiosa conclusión relativa a su cronología. Vamos allá.

Los aficionados al género negro estamos de enhorabuena: Anagrama reeditará toda la obra de Patricia Highsmith a partir del próximo otoño. Toda. Incluidas, por supuesto, las cinco novelas que componen la serie protagonizada por el amoral y ambiguo Tom Ripley.

¿Amoral? ¿Ambiguo? Dos de los adjetivos más repetidos a la hora de calificar, de modo eufemístico, a quien en realidad no es sino un cabrón con pintas, egoísta, envidioso, egocéntrico, esnob, manipulador, asesino, incapaz de hacer nada desinteresadamente -si bien hay que reconocer que, conforme madura, va adquiriendo una cierta empatía que le anima a realizar “buenas obras” por la cara-, frío, calculador… Y, sin embargo, entrañable hasta el punto de que el lector jamás querrá que le suceda algo irreparable, que alguien ponga freno a sus desmanes, a sus estafas pictóricas, a sus juegos que siempre tienen desgraciadas consecuencias (para otros, claro está).

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Cinco libros que, en esta ocasión, no compraré: sus 22 novelas y 9 libros de relatos ya están en casa desde hace tiempo -algunos por duplicado, algunos por triplicado-, en un lugar destacado de mi librería dedicada a lo criminal. También, claro, los cinco de Ripley, por separado y -regalo de un familiar conocedor de mi afición a la Highsmith- en el volumen titulado Tom Ripley que reúne, en 1275 páginas, la vida y milagros de este pobre norteamericano que siempre quiso ser un europeo rico.

Es tiempo de Ripley, por tanto, y me digo que este verano es buen momento para releer una vez más los cinco libros -o el tocho antes citado- de la serie: El talento de Mr. Ripley (también conocido como A pleno sol, publicado en 1955); La máscara de Ripley (1970); El juego de Ripley (mi favorita sin duda, también editada como El amigo americano y publicada en 1974); Tras los pasos de Ripley (1980); y, finalmente, la para mí innecesaria Ripley en peligro (1991) en la que Highsmith se permite revisitar escenarios y asesinatos ya conocidos con la excusa de que un estrafalario matrimonio norteamericano ha decidido, gratuitamente, tocar las narices al bueno de Tom.

Es tiempo de Ripley y es tiempo, me digo, de escribir algo sobre esta gran pentalogía que habría sido una excepcional trilogía si su autora hubiera decidido prescindir de las dos últimas que, en mi modesta opinión, aportan poco y rebajan el nivel de las anteriores.

Pero, claro, ¿de qué escribe uno cuando ya se ha dicho todo al respecto, cuando son cientos los artículos que uno puede encontrar consultando a san Google que todo lo sabe? Claro que, a poco que uno dedique unos minutos a leerlos descubrirá que, casi siempre, se cae en los mismos tópicos: la citada amoralidad, la ambigüedad -también sexual- del personaje, la capacidad de la autora para crear atmósferas opresivas, la simpatía que -a pesar de todo- despierta Ripley en los lectores…

Sin embargo, hay algo que en ninguno de los artículos visitados se cuenta. Es más, cuando se cuenta, se cuenta mal, llevando al equívoco a aficionados como un servidor que -tal vez sea un bicho raro, lo reconozco- disfruta sabiendo, que necesita saber cuándo suceden las cosas.
Manías mías, por supuesto.

Y si Ripley es juguetón, Patricia no le anda a la zaga, y por mucho que el lector trate de ubicar temporalmente los sucesos que se narran en sus novelas, no lo tendrá fácil, pues jamás se aporta en ninguna de ellas un año concreto, solo imprecisas referencias -un disco que suena a lo largo de la trama, una película que decide ver el protagonista, la visita a un país de un destacado político, la inauguración de una importante infraestructura- que permiten, de manera vaga, situarlas en el tiempo. Eso sí, teniendo en cuenta que Highsmith, además de juguetona, es un pelín tramposa.

Así pues, decidido a desentrañar el misterio y poder descansar tranquilo, dedico el verano a buscar con lupa los detalles que me permitan saber cuándo transcurre cada una de las novelas, cuándo se comete cada uno de los asesinatos, cuándo nació Tom Ripley.

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Y parto de la presunción generalmente aceptada de que, si la primera novela es de 1955, los hechos narrados deberían suceder el año anterior o, como máximo y como citan algunas fuentes, en algún año indeterminado de la segunda mitad de la década de los cincuenta. Lo único que se conoce con certeza es que, en ese momento -septiembre de 19..-, Ripley tiene 25 años.

Pero la presunción resulta falsa, como el lector descubrirá si lee atentamente las siguientes novelas de la serie, especialmente esas dos últimas que he calificado de innecesarias pero que, a la postre, resultan determinantes a la hora de descubrir que Highsmith, involuntariamente o por conveniencia, nos ha tomado el pelo desde el principio.

Así, en Tras los pasos de Ripley, Frank Pearson -el coprotagonista, un rico heredero que dice haber matado a su padre y que confiesa su admiración enfermiza por Ripley- tiene 16 años y la autora nos deja dos pistas fundamentales: nació el año en que los Beatles comenzaron a tener éxito en su país tras su paso por Hamburgo y tenía 7 años cuando el hombre pisó la Luna (1969). Por tanto, unas simples sumas y restas nos permiten fijar con precisión la fecha de la trama: agosto de 1978. Luego, partiendo de la presunción inicial comúnmente aceptada, se tendría que deducir, querido Watson, que Tom habría nacido alrededor de 1929 y tendría casi 50 años en esta novela. Demasiados -pienso yo, que acabo de cumplirlos y sé de lo que hablo- para andar por Berlín disfrazándose de mujer y liándose a tiros y mamporros con una banda de secuestradores.

Pero es en la última, Ripley en peligro (publicada en 1991) cuando todo se lía definitivamente, pues la autora la ambienta en una fecha posterior a los hechos narrados en la tercera –El juego de Ripley pero anterior a la cuarta –Tras los pasos de Ripley-, aparentemente a mitad de los setenta y, otra broma de doña Patricia, incluye una referencia explícita a los versos satánicos de Salman Rushdie ¡publicados en 1988! Eso sí, también aporta una pista determinante aunque imprecisa: estamos unos meses -concretamente en agosto- después de la puesta en funcionamiento del aeropuerto más odiado por Ripley -y Ripley sabe mucho de viajes y aeropuertos-, el de Roissy o Charles de Gaulle, inaugurado -dice la Wikipedia- el 8 de marzo de 1974.

Agosto de 1974, por tanto. Pero, si como se dice en la novela, han pasado aproximadamente seis años desde los hechos narrados en la segunda de la serie –La máscara de Ripley (publicada en 1970), con el asesinato del coleccionista de arte Thomas Murchison como asunto fundamental y ésta, a su vez, sucede seis años después del primer asesinato cometido por nuestro amoral favorito -genial Alain Delon en la adaptación cinematográfica de 1960- en la persona de Dickie Greenleaf -vuelvo a la presunción inicial y generalizada, septiembre de 1954, septiembre de 1958 para los más osados estudiosos- el edificio cronológico ideado por Highsmith se desmorona ante nuestras narices como un castillo de naipes.

No, decididamente algo falla en todo este asunto. Hay que volver a empezar, esto no puede quedar así, no podré dormir tranquilo hasta desfacer el entuerto como Quijote ocioso que me siento. Y vuelvo a releer las cinco, exento de presunciones -ya no me creo nada que mis ojos no vean o lean- y, por fin, allí está, en la segunda de la serie: la clave de todo el entramado se encuentra en una película de amor, algo altamente improbable en una saga en la que ese sentimiento apenas se percibe, ni siquiera en la desapasionada relación que nuestro héroe mantiene con Heloise Plisson, la rica heredera con la que el bueno de Tom pegó el braguetazo que le permitió vivir dedicándose a la pintura, la lectura y el estudio de idiomas en una casita situada en Villeperce, al sur de París.

Octubre de no se dice -para variar- de qué año. Un coleccionista, Murchison, pone en peligro la farsa que Tom y dos socios han montado en torno a la falsificación de cuadros de un conocido pintor, Derwatt, fallecido años antes pero al que los tres desaprensivos colegas han decidido “mantener con vida” en un retiro mexicano y aprovechar su tirón mediático para montar un negocio que incluye academias, apartamentos de alquiler para aspirantes a artista, venta de material de pintura…

19133786d9a2fe38139ffa297484d8ae697647c0Ripley decide desplazarse a Londres -sede de la galería de arte que vende los cuadros falsos- y hacerse pasar por el citado Derwatt. Y si hay que matar, se mata y punto. Y aprovecha, como suele hacer, para realizar unas cuantas compras así como para desplazarse en el metro londinense, algo que adora. Y ahí, ante sus ojos, ante los ojos del lector atento, el cartel anunciador del Romeo y Julieta de Franco Zeffirelli, película estrenada en septiembre de 1968, una imagen en la que Romeo está tumbado boca arriba mientras Julieta se recuesta sobre su pecho desnudo. Estamos, por tanto, en octubre de 1968 y, como quiera que han pasado unos seis desde la muerte de Greenleaf en la primera de las novelas, El talento de Mr. Ripley, se desarrolla, sin lugar a dudas, en septiembre de 1962, con un protagonista de 25 años nacido, por tanto, en 1937. La última que nos quedaba por situar, la tercera, El juego de Ripley -repito, la mejor con diferencia de las cinco- queda ubicada con exactitud pues transcurre seis meses después de la segunda, en marzo de 1969.

Septiembre de 1962, siete años después de la publicación de la novela. Visionaria, la Highsmith. O adelantada a su tiempo. O juguetona y tramposa, vete tú a saber.

A mí, al menos, con sus juegos y trampas me ha permitido pasar un agradable verano, leyendo y disfrutando de casi 1300 páginas que, una vez más, me han sabido a poco. Y también, por fin, resolver el misterio que me tenía sin dormir durante décadas: el tiempo de Ripley, los tiempos de Ripley.

 

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