Me gusta el fútbol, la heterodoxia… y la novela negra

Aunque esté mal decirlo, soy autor de dos novelas de género criminal -probablemente ahora se adscribirían a la corriente domestic noir– protagonizadas por una florista que tiene, como segunda actividad, la de suicidar a clientes que contratan sus servicios por no ser capaces de quitarse la vida por sí mismos. Otra de mis novelas del mismo género está ambientada en una Zaragoza navegable en el años 2041. Si te pica la curiosidad, aquí tienes más información al respecto.

Disfruté como un loco con Morir no es tan fácil, de Belinda Bauer, uno de cuyos narradores es un enfermo en coma que ve cómo su compañero de habitación es asesinado por el médico que debería cuidar de su vida. También con Sorry, de Zoran Drvenkar, en la que cuatro amigos que deciden montar una agencia para hacer lo que a mucha gente le resulta francamente difícil: pedir perdón. Con Mi nombre era Eileen, de Otessa Moshfegh, un bombazo del que hablaremos pronto y bien. Y con las novelas de Alexander McCall Smith protagonizadas por Mma Ramotswe, la primera detective de Botsuana. Con Hambre a borbotones, con una familia de caníbales como protagonistas absolutos. Con las novelas de Carlos Salem, con las de Donald Westlake protagonizadas por el bueno de Dortmunder, con las de Leif GW Persson -el único escritor sueco y vivo que demuestra que el frío no es incompatible con el sentido del humor-, con las novelas de corte oriental de Keigo Higashino, Natsuo Kirino o Masako Togawa

Y, sin embargo, todavía hay quien sin conocerme se atreve a decir que soy un ortodoxo de la novela negra, que no me gustan las autoproclamadas nuevas damas del crimen -todas ellas televisivas y que, inevitablemente, lo petarán en Sant Jordi- porque soy de gustos clásicos.

Pues bien, añadamos otra novela tan ortodoxa como las anteriores para ver si así empiezan a conocerme mejor -tampoco me importa mucho, por otra parte-, llegada de Argentina, candidata al Hammett en 2014 y editada ahora por la sevillana Barrett (en homenaje al más sicodélico de los Pink Floyd): El último milagro, de Horacio Convertini.

“El Racing Club de Avellaneda, uno de los equipos más populares de Argentina, se encuentra en crisis terminal y a punto de descender a segunda división. Para salvar la situación, una empresa japonesa se ofrece a implantarle un chip a Franzoni transformándolo en el mejor jugador del mundo, superando a Messi y Maradona juntos, ya que puede ser controlado desde la grada por el campeón mundial de PlayStation. Todo envuelve a sus personajes en una trama sangrienta llena de intriga, lo que hace de esta novela un inquietante exponente del género negro.”

¿Qué? ¿Ortodoxa, también?

Pues hale, si quieres conocer mi opinión sobre tan estupenda novela que no debería pasar desapercibida -y que si tú sí, me conoces, comprarás sin duda- no tienes más que leer mi reseña en Calibre .38.

Y disfrutar de la novela, que seguro lo vas a hacer si eres tan poco clásico como yo.

 

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