De magufos y riñones extirpados: “El costado derecho”, de Francisco Bescós

Lo que tienen las malas rachas es que uno sabe cuándo comienzan pero jamás cuándo van a llegar a su fin. La de Carlos Nogueroll comenzó en el momento en su mujer, Ángela, le obligó a deshacerse de su Honda CBR 900 -“date cuenta, cariño, que tienes un hijo y tu hijo no te necesita muerto y, todavía menos, paralítico de por vida”- al tiempo que la Thermomix entraba en su hogar.

Con esas premisas, lo menos que te puede pasar es que, siendo constructor, te pille de lleno la burbuja inmobiliaria y pierdas el negocio, te separes de la mujer y pierdas la casa y el hijo, comiences a trabajar en la sección de materiales de construcción de Leroy Merlin y pierdas un riñon por un error médico cuando lo único que pretendías es que te eliminasen unas piedrecillas de nada.

¿Se puede perder algo más en esta vida? Pues sí, la cordura, algo que puede suceder si tienes un compañero magufo dispuesto a convencerte con “pruebas irrefutables” de que, de error, nada. De que si te han pagado una indemnización sin discutir es porque no les interesa ir a juicio y que se descubra todo lo que hay detrás de una trama criminal que llega desde las entrañas del CSIC hasta la probadísima colaboración con entes extraterrestres. De que deberías averiguar todo lo posible acerca de la identidad del afortunado receptor de tu sanísimo riñón.

Francisco Bescós (VIII Premio Internacional Ciudad de Carmona con El baile de los penitentes) desarrolla en El costado derecho una historia francamente original, triste en su fondo por todo lo que supone el drama que sufre Nogueroll (y todos podemos ser un poquito noguerolles en estos tiempos de precariedad absoluta que nos ha tocado vivir) pero divertida por la forma en que está contada (o porque en España somos especialistas en reírnos de nuestras desgracias), surrealista por momentos, melancólica en los recuerdos de juventud del protagonista, cercana a la locura cuando éste se plantea que el trasplante de un órgano puede derivar en el trasplante de una personalidad, de lo que siempre quisiste tener y alguna vez tuviste, un descenso a los infiernos que adquiere toques de thriller (o algo así) sobre todo en su tercio final, cuando a cada paso que da Nogueroll más cosas se derrumban a su alrededor hasta el cataclismo final y solo tiene algo a lo que aferrarse: un simple cutter comprado en la sección de ferretería de la tienda en la que trabaja.

Queda algo más no obstante: la luz, la luz siempre al final del túnel.

Queda esperanza. Al menos con eso me quiero quedar de esta impecable segunda novela de Francisco Bescós.

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