Ulises Sopena, a punto de zarpar


Bueno, si nadie lo remedia, pronto, muy pronto, Cuestión de galones estará a disposición de todo el mundo mundial a través de puntos de venta como Amazon, Smashword, Grammata, Ibookstore de Apple, Casa del Libro, Corte Inglés, Barnes and Noble… Vaya, que Ulises zarpa por fin y navegará por los mares internáuticos con la finalidad lógica para un libro que es llegar a los lectores, los destinatarios para los que fue escrito.

Se pone fin así a una parte de la aventura literaria, la que supone unos cuantos meses de trabajo delante del ordenador y con una libreta siempre a mano en la que anotar las “genialidades” que a uno se le ocurren en el momento más insospechado. Y las sucesivas revisiones. Y las correcciones de lo que uno da ya por corregido mil veces y en las que siempre aparece una errata nueva o algo que no encaja como debiera.

Y arranca la aventura definitiva, esa que se inicia cuando el libro cae en las manos de los lectores y el autor espera, impaciente, el veredicto del respetable. Antes, por supuesto, un puñado de amigos -y además lectores y escritores en algunos casos- han tenido acceso a la versión original de la novela y su sentencia favorable y sus recomendaciones han terminado de hacer posible la novela definitiva. Ese puñado de amigos figuran en la novela que pronto podrás leer, pero no quiero dejar pasar la oportunidad de darles las gracias desde aquí mismo. Gracias, Javier Abasolo, Mercedes Castro, José Andrés “Cruce de cables” Espelt, Jokin Ibáñez, Francisco José Jurado, Herminia Luque Ortiz y Jesús Lens por prestaros voluntariamente como conejillos de Indias con los que experimentar el resultado que podría provocar la novela en los lectores.

Pronto, supongo, llegarán las primeras críticas sobre la novela. Por si acaso son negativas, quiero cerrar esta entrada con las líneas que una de las primeras lectoras, Herminia Luque Ortiz, escribió hace ya año y medio en su blog Novela negra con lunares.

Y que Dios reparta suerte.

Este Ulises no surca las aguas del Mediterráneo oriental ni las tascas de Dublín. Comparte, eso sí, el descaro y la girovagia con sus homónimos literarios; pero Ulises Sopena, la criatura del estupendo escritor Ricardo Bosque, vive en una Zaragoza aveneciada del 2041 d.C.; la urbe pos-era-Belloch que ha visto inundadas sus calles y avenidas por esa cosa d elos alcaldes de quitar paro. Así, nuestro curtido héroe vive en “Los Lagos del Milenio”… en un palafito.

En el idilio mañanero de un domingo desayuna café con churros y lee la prensa en su e-book en la terraza de su vivienda. Y desde allí contempla el vuelo acre de las gaviotas. Como siempre, un muerto interrumpe lo verdaderamente importante (el ocio que siempre llega tarde, como reconoce nuestro personaje). Y una atrabiliaria compañera de trabajo (la subteniente Sara Fitzpatrick de la Policia Fluvial Metropolitana) llega en su moto acuática, enfundada en su mono de neopreno, para avisar al pobre incauto que siempre deja desconectado su teléfono móvil. El muerto es un personaje de cierta relevancia dentro de la fauna local. El jolgorio -se da por supuesto- no ha hecho más que empezar.

La novela fluye (nunca mejor dicho) con una facilidad pasmosa, trufado el discurso narrativo con los golpes de humor que caracterizan el estilo de nuestro “guapo zaragozano”. Una delicia de novela. Entretenimiento y buen quehacer literario en estado puro.

Herminia Luque Ortiz, Novela negra con lunares

Cuestión de jerarquías


—Mi ruina, este asunto va a ser mi ruina. ¿Sabe usted cuánto me queda para retirarme y poderme dedicar a lo que me gusta, navegar en mar abierto y no en este estanque de mierda? Un año, Sopena, un año. Y quiero pasarlo sin que, como hoy, me den los buenos días por teléfono desde las más altas instancias.

—¿El Almirante General?

—Más arriba.

—¿El Presidente de Ibercaja?

—Más.

—No me diga que ha hablado con la Directora General del Heraldo… —ahora mi sorpresa no es fingida.

—Déjese de seguir el escalafón, Sopena. He dicho las más altas instancias, y con ello me refiero al Presidente del Consejo de Notables.

—¿El biministro?

—Por fin, coño, que parece usted tonto. El biministro en persona y hecho una furia, aunque su educación y cargo le obliguen a moderar sus impulsos, claro.

Joder, joder, joder, que esta vez se me ha ido la mano. El biministro, el hombre que asumió la alcaldía en un momento vital y convirtió la ciudad en lo que ahora es. El hombre al que tanto se criticó cuando yo era un niño por poner cuatro barcos a navegar por el Ebro y dijo: «¿No quieres taza? Pues toma dos». Y se sacó de la manga el llamado Plan de Navegabilidad Integral, para alegría de las constructoras y estupor de los ciudadanos en general, logrando que fluyera el agua a borbotones por la mayoría de las calles de la ciudad pocos años después de clausurada la Expo.

El hombre cuya estatua —quince metros de altura sobre el nivel de las aguas, incluido el pedestal— ocupa un lugar preferente en la confluencia del río Huerva con el Gran Canal que lleva su nombre.

Fragmento de Cuestión de galones

Cuestión de orientación


No sé tú pero yo, en ocasiones, siento la necesidad imperiosa de localizar en un plano los lugares por los que se mueve el protagonista de la novela que estoy leyendo en ese momento. Sobre todo, si no conozco esa ciudad.

Puede que esa misma necesidad se te plantee al leer Cuestión de galones. Puede que no conozcas Zaragoza, que nunca hayas visitado mi ciudad. Y puede -más bien estoy seguro de ello- que no conozcas la Zaragoza de 2041, que es en la que se desarrollan los casos protagonizados por Ulises Sopena.

Bien, afortunadamente todo tiene solución, así que aquí te dejo un plano de la ciudad de mitad del siglo XXI, más bien una carta de navegación por la cantidad de agua que recorre sus calles, incluidos algunos de los puntos clave de esta primera novela. Seguro que así no te pierdes.

Leyenda

1.- Cuartel de la Policía Fluvial Metropolitana, antiguo Campus de la Universidad de Zaragoza

2.- Estadio de la Romareda

3.- GCAB: Gran Canal Alcalde Belloch

4.- Estatua erigida en honor al alcalde Belloch, sita en la conocida como plaza de Paraíso

5.- Domicilio de Carmen Estarrún, uno de los personajes de la trama y perdición de Ulises Sopena

6.- Lagos del Portillo

7.- Canal Imperial de Aragón

8.- Puente de América, lugar en el que es encontrado el cadáver de Quino Lerín, portero titular del Zarawater, equipo de waterpolo de la ciudad

9.- Lagos del Milenio, urbanización de palafitos en la que reside el capitán Ulises Sopena

Asesinato en Torrero


Como decía otro día, Mauricio Aznar, al frente de la banda de rockabilly Más Birras, componía allá por los años 80 del siglo pasado Asesinato en Torrero, la canción con la que arranca Cuestión de galones. Te dejo la letra; la música, la buscas por los conductos habituales.

Canal Imperial de Aragón. Puente de la Avenida de América. Zaragoza

Hay un principio, 
hay un final, 
quién pasea por la orilla del canal. 
Nunca preguntes 
quién va detrás, 
baila sobre el barro y lo sabrás.

Hay veces que muere gente en la ciudad, 
casos que no se resolverán, no. 
No tengo errores, no dejo mis huellas, 
No hay motivo para sospechar.

Siempre trabajo aquí en Torrero 
junto a la cárcel y el cementerio. 
Me tomo un tiempo de reflexión 
y cumplo con mi obligación.

Cuando llega el momento estoy tranquilo. 
Le miro a su cara, me aseguro bien, oh. 
No tengo errores, soy un profesional. 
Jamás tengo mi mano al disparar.

Hay un un principio, 
hay un final, 
quién pasea por la orilla del canal. 
Nunca preguntes quien va detrás, 
Si yo cobro por matar.

Me podrás ver bajando por el parque 
o tomando una copa en el bar, oh. 
No huyo de nadie, no soy un criminal. 
Es solo mi trabajo, es mi trabajo y nada mas. 
Nada mas.

Terrores nocturnos


Uno de los recurrentes terrores nocturnos de Ulises Sopena tiene que ver con el visionado de una película que hizo época cuando su padre tenía aproximadamente un año. Él -el padre- la vio un tiempo después, en una de las muchas ocasiones que la pasaron por televisión. No sólo eso, sino que también terminó comprándose una edición especial -la denominada “del director”, como si las otras las hubiese filmado la señora de la limpieza- con extras, tomas falsas, entrevistas…

Cuando Ulises tenía algo menos de 10 años, su padre consideró que había llegado el momento de que el chaval viera cine del bueno. Así que preparó un cuenco gigante de palomitas en el microondas y allá que se sentaron los dos frente a la tele de plasma de 42 pulgadas que presidía el salón de su casa en Zaragoza -Ulises, haciendo algo de memoria, puede recordar que se habían trasladado de Bujaraloz a la capital un par de años antes.

También puede recordar Ulises que el jefe de policía, un tal Brody, tenía absoluta fobia al agua. Que Amity Island era una pujante zona turística, con unas bonitas playas y un alcalde imbécil. Y que una chica se bañaba desnuda en el mar -por desgracia para Ulises, a la chica no se le veía nada de nada- mientras una banda sonora -algo así como chuu-rún, chuu-rún, churun churun churun churun…- presagiaba que algo malo iba a pasar de un momento a otro.

A la chica se la comen y Ulises casi muere del susto cuando un submarinista se sumerge en las profundidades del océano, empieza a nadar alrededor de un barco hundido y ¡zas!, de repente, sale una cabeza por un ojo de buey con un ojo colgando -colgando de la cabeza, no del buey.

Su padre insistía en que la cabeza era de goma, la sangre era Ketchup y que la chica no iba a salir en pelotas porque podía haber niños viendo la peli de los… pero Ulises sólo sabe que, desde entonces, muchas noches no puede evitar mirar debajo de la cama por si hay un tiburón acechándole.

Que viviendo en medio de un lago, cualquiera sabe lo que puede pasar.

My name is Francis Mathews


Recuerda Ulises que una amiga de sus padres, allá en Bujaraloz, solía decir que a ella lo que le gustaba de verdad era la música clásica: Manolo Escobar, Julio Iglesias, Perales, Los del Río…

Ulises, sin llegar a esos extremos tan exquisitos -como he dicho por aquí en alguna ocasión-, tampoco es que tenga los gustos refinados de otros compañeros de profesión. No le gusta la clásica, no entiende el jazz, a la ópera no ha ido en la vida… No, lo suyo es mucho más sencillo: lo que ponen en la radio, lo que escuchaba su madre cuando él era un crío -música en cierto modo clásica también, pues estamos hablando de hace treinta y tantos años, toda una vida, ya ven ustedes- y lo que sale por las ventanas del palafito de la vecina, doña Lucía, que o bien es sorda selectiva o pretende ser la reina del hilo musical de la urbanización.

De vez en cuando pone canciones de época que Ulises recuerda de cuando las cantaba como buenamente podía su madre, en un inglés absolutamente macarrónico que no iba más allá de “My name is Francis Mathews” -que no es la señora se llame así, pero es lo único que aprendió de un curso por fascículos que empezó en un mes de septiembre -que es cuando empiezan todos los cursos por fascículos- de hace muuuchos, muchos años y que, por lo visto, jamás llegó a terminar.

Bueno, a lo que iba, que se me va el santo al cielo. Pues que una de esas canciones es de las que alegran el corazón, al menos el de Ulises cuando lo tiene un poco roto o cuando está apesadumbrado o agobiado por el trabajo y sus circunstancias. Tanto se anima con ella que, cada vez que la escucha y aunque es un auténtico pato en lo que a baile se refiere, es incapaz de permanecer quieto y trata de mover el esqueleto intentando seguir el ritmo. Yo la dejo aquí por si le quieres echar una oreja. Si los pies se te van detrás es problema tuyo.



Torrero


El barrio de Torrero de Zaragoza siempre ha tenido grandes atractivos: el Canal Imperial de Aragón,

la cárcel…

… y el cementerio, en el que en 2010 se erigió el primer monumento de España dedicado a los más de 3000 fusilados hallados en una fosa común, identificados con nombre y apellido.

En Torrero nací y viví durante más de 30 años, así que ¿qué mejor sitio, entonces, como arranque de un caso protagonizado por Ulises Sopena en esta Zaragoza acuática en la que nos toca vivir?

Por cierto, que de la cárcel, del cementerio y de un asesinato en Torrero hablaba un tema de un compositor zaragozano tristemente desaparecido. Y con la letra de ese tema comienza, precisamente, Cuestión de galones. Pero de eso ya hablaremos otro día, ¿vale?

Friday I’m in Love


Un elemento presente en los diferentes casos que Ulises Sopena irá protagonizando es la música. Pero Ulises no es un melómano como tantos otros detectives de ficcción, ni siquiera está al día en lo que a corcheas, redondas, blancas, fusas y similares se refiere.

Ulises, aun habiendo nacido en 2002 y teniendo por tanto 39 años en 2041 sigue viviendo de rentas musicales, de las canciones que escuchó cuando era un niño o un jovenzuelo gracias a que su madre sí era una apasionado de todo tipo de músicas, con preferencia por el pop y el rock.

Piensa Ulises en ocasiones que, tras los ochenta, no se ha hecho nada que mejore lo anterior. Y una de sus canciones favoritas es la que sirve de estructura y banda sonora de una parte de Cuestión de galones, un tema que suena muy a menudo en el palafito de su vecina, doña Lucía, de cuyos gustos musicales seguiremos hablando.

De momento te dejo este Friday I’m in Love de The Cure, fundamental en la vida sentimental del capitán Sopena.

Cuestión de portadas


Si uno no fuera tan joven como es habría podido terminar de escribir esta novela hace ya unos cuantos años y, tal vez -soñar es gratis-, el libro hubiera tenido una portada como esta en alguna de las míticas colecciones de los ochenta que a muchos nos engancharon sin remedio al género negro:

Como dijo el torero filósofo, “lo que no pué ser, no pué ser, y además es imposible”. Sin embargo, hay editores y editoras en este país que todavía están a tiempo de que tan magnífica novela -y su fantástica portada- pase a formar parte de las colecciones que con tanta profesionalidad dirigen. A continuación, unos cuantos ejemplos:

Sí, ya sé que son malos tiempos para la lírica, por eso seré razonable y estaré dispuesto a negociar a la baja. Digamos que con 100.000 (cien mil) euros de adelanto en concepto de derechos de autor me apaño y estaría dispuesto a firmar con cualquiera de ustedes.

En sus manos está, seguro que saben cómo ponerse en contacto conmigo (lo siento, mi agente literaria está con un catarro tremendo y no podrá atenderles). Recuerden, 100.000 eurillos de nada y soy suyo. Enteramente suyo.

*Gracias mil a Jose Sacristán por hacer posible esta ¿broma? con sus estupendos diseños

*La señora de la foto es Esther Williams, que el día 8 de agosto cumplió 90 años

¿Me ayudas a elegir?


Desde que tengo memoria, la revista El jueves muestra a sus lectores una serie de portadas alternativas a la elegida para cada uno de sus números. Yo me encuentro ahora mismo en una situación similar, con el deseo y la intención de que Cuestión de galones se publique lo antes posible y con varias alternativas respecto a la imagen que pueda servir de base para su portada.

Aquí anticipo lo que podría ser, pero se me ocurren otras opciones y tal vez te apetezca echarme un cable, si bien no sé si la decisión me corresponderá en exclusiva o simplemente podré sugerir.

En todo caso, y teniendo en cuenta que la novela transcurre en una Zaragoza navegable en 2041, que la natación sincronizada y el waterpolo tienen mucha importancia y que el humor marca de la casa no falta… ¿me quieres echar un cable dejando un comentario (aquí o en el muro de Facebook) sobre cuál de las siguientes imágenes te gusta más? Insisto, tal vez la decisión no me corresponda finalmente a mí (o no solo a mí) y tu opinión (o la mía) no sirva de mucho, pero te agradeceré igualmente la colaboración.

Y las imágenes entre las que elegir son:

Las bañistas, Pablo Picasso
Esther Williams
Bañistas en Asnieres (fragmento), Seurat
Pin up encontrada en internet
Foto de unos pies igualmente encontrados en internet