«Manda flores a mi entierro» en ebook. Portada y sinopsis


Todo parece indicar que Mercedes Samper, una acaudalada mujer, se ha suicidado para no tener que sufrir los últimos rigores de una enfermedad terminal. Así lo piensan todos sus familiares y la policía es de la misma opinión. Sin embargo, un inspector que en sus ratos libres se dedica a redondear su sueldo con investigaciones privadas, pronto descubre que hay un pequeño, mínimo detalle que rompe la armonía del conjunto…

«Manda flores a mi entierro», una novela ambientada en la Zaragoza actual y en unos ambientes cotidianos, desprende el aroma propio de los clásicos policiacos: un individuo, contra todo lo establecido e incluso contra todo lo conveniente, se va introduciendo poco a poco en una historia que, levantadas las primeras capas que le dan un tono respetable y humano, acaba mostrando una realidad distinta y, al fondo de todo, un pasado cenagoso.

Si quieres ir abriendo boca, puedes leer esta reseña que el escritor cubano Amir Valle hizo de la edición impresa de 2007

Próximamente en Literaturas com Libros

Como lo de montar en bicicleta


—Limpiezas Marqués, ¿está usted solo? —preguntó de sopetón para que el factor sorpresa impidiera a aquel tipo reconocer de inmediato a la amable señorita que le había entrevistado un par de días antes. De todos modos, una de las razones por las que acostumbra a mantener el despacho en penumbra –especialmente en el transcurso de las entrevistas previas– es, precisamente, la de evitar que sus rasgos resulten demasiado visibles para el cliente.

—Sí, pero… ¿quién es ust…?

Ortega no pudo terminar de formular la pregunta: esas fueron sus últimas cuatro palabras y media. Y los dos últimos signos de interrogación que pudo colocar en toda su existencia. Tana le empujó con violencia al interior de la vivienda y le pasó la manguera de ducha –que se iba desenrollando a medida que la extraía del bolsillo del chaquetón– alrededor del cuello mientras cerraba la puerta ayudándose con uno de los talones. Tal combinación de movimientos mostraba la plasticidad de una coreografía bien ensayada. Apretó con fuerza el torniquete mientras mantenía las manos del hombre a la espalda. Por su parte, Ortega no parecía dispuesto a ofrecer demasiada resistencia al suicidio: estaba resultando ser un magnífico cliente, un cliente dócil. Lo que siempre desea un ejecutor, y no uno de esos tipos que, a última hora, sacan a la luz las ganas de vivir que no han sabido mostrar en toda su vida y te llenan la cara de arañazos y los tobillos de moratones.

Un minuto después, Ortega yacía boca abajo en el suelo. La mujer respiró profundamente varias veces, expeliendo con su aliento toda la violencia que se obliga a acumular antes de una ejecución, y observó que aquello era como lo de montar en bicicleta, que jamás se olvidaba la forma de hacerlo por mucho tiempo que se llevara sin practicar. Tranquila y satisfecha por el feliz término del trabajo para el que Ortega la había contratado, entró en el salón, bajó las persianas hasta la mitad y corrió las cortinas. Miró al techo y sonrió al ver que seguía siendo una chica afortunada: la casa era tal y como se la había descrito el finado en su entrevista previa, y una gran lámpara de ocho brazos y una gran piña central, toda ella realizada en bronce, adornaba el salón. Al menos debía de pesar treinta kilos, así que era muy probable que el anclaje que sujetaba la lámpara fuera capaz de resistir los sesenta kilos escasos que podía pesar Ortega. Cinco minutos después, ya no tenía dudas al respecto: Ortega colgaba del techo de su salón como una prolongación humana de la lámpara de bronce. Y, en todo caso, si la lámpara se desplomaba por el peso, no había ningún problema: ella estaría lejos de allí y, por otra parte, el ruido haría que alguien llamase a la policía y entrasen en el apartamento a averiguar la causa del estruendo. Porque tampoco era cuestión de dejar una semana a aquel tipo como si fuera una piñata.

Borró todas sus posibles huellas y salió a la calle, dejando la puerta bien cerrada. Eran las ocho y diez: si el autobús llegaba pronto, estaría en casa antes de que el niño hubiera salido de la bañera, lo que le permitiría frotarle la espalda con la esponja, como tanto le gusta a Juan.

Fragmento de «Manda flores a mi entierro», primera novela protagonizada por Tana Marqués, editada en formato impreso en 2007 (Mira Editores) y ya disponible en ebook en Literaturas com Libros (3.99 euros, todos los formatos incluido epub sin DRM)

 

Tana Marqués, a por el mundo


Casi nunca sabe uno exactamente cuándo surge una idea, pero sería allá por 2002 cuando nacía para mí un personaje que vio la luz para los lectores unos cuantos años más tarde, en 2007 exactamente, cuando se publicó su primera novela.

El peregrinaje fue largo y duro, con envío de originales a diferentes editoriales que siempre contestaban, muy diplomática y educadamente, que la novela estaba muy bien pero que no encajaba en su línea editorial. Y, por supuesto, que me deseaban toda la suerte del mundo en mi carrera literaria.

Finalmente, Mira Editores decidió sacar Manda flores a mi entierro, que obtuvo muy buenas críticas pero escasa difusión, el eterno problema de las pequeñas editoriales que se las ven y se las desean para colocar sus libros en los escaparates. De salir del país, ni hablamos. Bueno, sí, que hubo una edición cubana de la novela gracias al interés de mi buen amigo y excelente escritor Lorenzo Lunar.

A pesar de su pobre distribución, Tana Marqués, inasequible al desaliento, seguía campando a sus anchas en mi cerebro y pronto, en 2009, tuvo una segunda historia que protagonizar: Suicidio a crédito. Más de lo mismo, buenas críticas pero pocos lectores aunque muy entusiastas si debo hacer caso a las felicitaciones que me han ido llegando durante todo este tiempo.

Y también mensajes de muchos amigos y conocidos que deseaban leer esas historias. Amigos residentes en países a los que, de ningún modo, podrían llegar mis libros. Hasta que llegó el ebook y, con él, lo que Tana andaba esperando desde hace tanto tiempo: la oportunidad de romper fronteras y estar allí donde quiera ser bien recibida.

Vaya, que de la mano de Literaturas com Libros (la misma editorial en la que he publicado recientemente Cuestión de galones y El último avión a Lisboa), mis dos novelas protagonizadas por la que creo única florista suicidadora del planeta estarán disponibles en todo el mundo y en todos los formatos digitales posibles, con y sin DRM, para el Kindle, para el Nook, para el Sony Reader, para los Apple, para cualquier lector conocido o para leer en tu PC… Incluso en dos plataformas tan novedosas como Google Play y 24symbols, la conocida como «spotify de los libros» por su funcionamiento en modo lectura por suscripción. Y, como es marca de la casa, a un precio inmejorable de menos de 4 euros.

Pronto, por tanto, podrás abrir a Tana las puertas de tu casa, de momento es ella quien abre las de la suya en esta su web para ti por si quieres saber más acerca de su vida y su curiosa profesión.

Te esperamos. Ella y yo.

«El último avión a Lisboa», ya en ebook


En junio de 2000 publiqué mi primera novela, El último avión a Lisboa. Pues bien, doce años más tarde y haciendo caso a eso de que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, lo impreso en su día se convierte en digital y la misma novela, pero profundamente revisada en el fondo y en la forma, aparece editada en formato ebook, disponible para cualquier lector del mercado o para las tablets también de cualquier tipo.

El precio, muy razonable, creo: 3,99 euros e incluso algunos céntimos menos en determinadas tiendas de internet que ofrecen precios especiales durante tiempo limitado.

Si tienes un Kindle lo puedes descargar desde Amazon. Para el resto de tiendas y formatos, desde la web de la editorial, donde también lo tienes en formato epub sin anticopia.

SINOPSIS:

En la triste y depauperada España de posguerra, donde aún colea la escasez, el racionamiento y la grisura, Antonio es un conserje de ministerio pluriempleado por las tardes y noches como acomodador en un cine. En medio de una vida anodina, apretado además por las sospechas de su jefe, que piensa de él que no es muy afecto al régimen, Antonio contempla con envidia las vidas y los heroicos caracteres de los personajes de la pantalla. Hasta que un día, Rick, el protagonista de Casablanca, esa película que tantas veces ha visto y se sabe de memoria, suelta de pronto una lágrima cuando el avión en que se va Ilsa despega rumbo a Lisboa…

Fascinante juego entre la realidad real y la realidad fingida, que llegan a entremezclarse de una forma sorprendente, “El último avión a Lisboa” es una pregunta abierta sobre nosotros mismos y el papel que a veces nos obligan a cumplir en la vida, sobre el guion ajeno que parecemos tener que seguir y la manera en que, quizá, pudiéramos huir de él.

El último avión a Lisboa. Portada y sinopsis


En la triste y depauperada España de posguerra, donde aún colea la escasez, el racionamiento y la grisura, Antonio es un conserje de ministerio pluriempleado por las tardes y noches como acomodador en un cine. En medio de una vida anodina, apretado además por las sospechas de su jefe, que piensa de él que no es muy afecto al régimen, Antonio contempla con envidia las vidas y los heroicos caracteres de los personajes de la pantalla. Hasta que un día, Rick, el protagonista de Casablanca, esa película que tantas veces ha visto y se sabe de memoria, suelta de pronto una lágrima cuando el avión en que se va Ilsa despega rumbo a Lisboa…

Fascinante juego entre la realidad real y la realidad fingida, que llegan a entremezclarse de una forma sorprendente, «El último avión a Lisboa» es una pregunta abierta sobre nosotros mismos y el papel que a veces nos obligan a cumplir en la vida, sobre el guion ajeno que parecemos tener que seguir y la manera en que, quizás, pudiéramos huir
de él.

Muy pronto en formato ebook en Literaturas com Libros.

Más información sobre la novela en la web El último avión a Lisboa

«Cuestión de galones», vista por Alberto Díaz-Villaseñor


“Cuestión de galones”, de Ricardo Bosque, es un buen ejemplo de cómo una trama policíaca no tiene por qué beber siempre de la sordidez y el escenario tópico que suelen ser recurrentes en el género. “Cuestión de galones” es un inteligentísimo texto cuya trama se desarrolla en una Zaragoza moderna y futurista, donde medran unos personajes de beautiful people absolutamente alejados en fondo y forma de lo que muchos creen que deben ser quienes nadan en este tipo de historias. No hay Santos Trinidad de aspecto grunge, ni polis amargados o fracasados con vidas personales insostenibles y autodestructivas, antes al contrario, los protagonistas se adivinan guapos, ricos (menos los policía, claro) y jóvenes (con alguna excepción).

Lee la reseña que Alberto Díaz-Villaseñor hace de mi última novela en El Marcapáginas

¿Perseguido?


Aprovecha que esa tarde no hay sesión para acudir a la proyección de la noche dando un largo paseo que le ayude a poner en orden sus ideas. Camina durante varias horas callejeando por el centro, convencido de que entre el gentío no tiene nada que temer. Cuando finalmente se encamina hacia el cine son ya las ocho de la tarde. Ha oscurecido por completo y una fina lluvia comienza a caer sobre la ciudad. Acelera el paso, arrimándose a las paredes en busca de la cicatera protección que le brindan los voladizos de los edificios. Las calles empiezan a vaciarse. Al llegar a la esquina, siente el impulso de mirar hacia atrás: ha creído notar la presencia de alguien a su espalda. Se vuelve y cree ver cómo un individuo se guarece en un portal. Sigue caminando con pasos más rápidos y girando, inquieto, la cabeza cada pocos metros. Cruza la calzada a la carrera y, ya desde la otra acera, puede ver a un hombre vestido con un viejo abrigo oscuro, demasiado grande para él. Usa un sombrero que le oculta parte del rostro y luce una poblada barba. Con las manos en los bolsillos del abrigo le contempla con absoluto descaro y Antonio, despavorido, echa a correr. Sin saber muy bien por qué calles se interna y temeroso de desembocar en algún callejón sin salida, da varios rodeos para evitar que el desconocido le pueda seguir hasta el cine.

Fragmento de «El último avión a Lisboa», también disponible en ebook (Literaturas com Libros)

 

La detención de Ugarte


Acomodados los últimos espectadores que llegan al cine iniciada la proyección, Antonio se aposta a la entrada de la sala, dispuesto a disfrutar una vez más con las desventuras de Rick. Regularmente, se cuelga de su cuello la bandeja con la que, de un modo absolutamente maquinal, cumple otro de sus cometidos, el de ofrecer a la concurrencia caramelos y otros dulces entre las protestas de algunos por la intromisión del acomodador siempre en lo mejor de la película.

Aprovecha la escena de la detención de Ugarte, que siempre le provoca cierto malestar, para salir a beber un trago de agua. De camino, pasa por delante de Aurora, la encargada del guardarropa. Aurora tiene unos cincuenta años y utiliza siempre en sus vestidos unas tallas que, con dificultades, intentan contener los excesos de su anatomía. Sus cabellos están teñidos de un color rubio que a duras penas consigue aclarar las oscuras raíces; los ojos, subrayados con una gruesa línea que, de tan prolongada como es, parece querer alcanzar la oreja; y cerrando el óvalo achatado de su cara, unos labios finos, rojos de carmín barato. Todo el conjunto conforma un aspecto artificial y poco agradable a la vista.

Fragmento de «El último avión a Lisboa», también disponible en ebook (Literaturas com Libros)

Juegos infantiles


Circulan durante varios kilómetros hacia el sur de la capital, Antonio con la mirada perdida en el salpicadero de la furgoneta, intentando no pensar demasiado en las consecuencias que pudiera acarrear su descuido. El Flaco enfila una calle cubierta de profundos socavones y flanqueada por sendas filas de casas de una sola planta. Un numeroso grupo de niños desharrapados juega entre montones de chatarra acumulados sobre la maleza de los descampados circundantes; otros simulan conducir los restos de un coche calcinado que corona una pequeña colina cercana. En una de las aceras, dos muchachos de aproximadamente doce años se pelean mientras una maraña de voces estridentes jalea por igual a ambos contendientes.

Cuando la furgoneta se detiene frente a la puerta de una de las parcelas, varios de los chavales que están presenciando indiferentes la pelea callejera se arremolinan en torno a los dos visitantes. No hay muchos entretenimientos en la barriada y cualquier novedad es bienvenida. Adolfo se quita de encima a uno de los muchachos de un violento empujón y hace amago de arremeter contra otro de ellos pero, tan aprisa como han surgido de la nada, aquella marabunta curiosa desaparece corriendo desordenadamente y buscando refugio en la esquina más próxima, desde donde siguen atentos los movimientos de Antonio y el Flaco.

Fragmento de «El último avión a Lisboa», también disponible en ebook (Literaturas com Libros)

Un frágil decorado viviente


Louis, con el vaso entre las manos, asiste en silencio a la discusión entre Rick y Ugarte. Su acusado sentido de la moderación le obliga a permanecer callado y no intervenir en una conversación entre dos viejos amigos que parecen conocerse a fondo. Máxime cuando él no es sino un recién llegado al grupo que aprecia sinceramente a Rick, pero de cuyo pasado apenas sabe nada.

—¿Esto le pasa muy a menudo? —pregunta cuando ve desaparecer a Rick por las escaleras.

Ugarte se toma su tiempo para contestar. Conoce a Rick desde hace años y no es la primera vez que le encuentra en una situación similar. En alguna ocasión llegó a describir a su amigo como un decorado viviente: fachada bien armada y con aspecto sólido pero soportada sobre una tramoya de frágiles listones, de modo que basta con que la carcoma haga su trabajo para que el edificio se venga al suelo en cuestión de segundos. Y en lo de venirse abajo Rick tiene experiencia, pues lleva tiempo alternando momentos de euforia incontenible con episodios de profunda depresión que, invariablemente, termina intentando combatir con alcohol, un alcohol que actúa como la carcoma y amenaza con destrozar su estructura, haciendo de Rick un hombre cada día más huidizo y vulnerable.

Louis parece haberse resignado a no obtener respuesta a su pregunta, pero Ugarte considera finalmente que alguna explicación debe darle.

—Solo cuando está enamorado —responde lacónico mientras abandona el café con gesto adusto—. Solo cuando está enamorado.

Fragmento de «El último avión a Lisboa», también disponible en ebook (Literaturas com Libros)