«Manda flores a mi entierro» o la buena literatura, por Amir Valle


En 2007 se publicaba mi novela Manda flores a mi entierro, que ahora está disponible también en formato digital. Por aquel entonces, un escritor de la talla del cubano Amir Valle, hacía una crítica de la novela que se reprodujo en un medio ahora inaccesible por cierre del servidor en el que estaba alojado. Afortunadamente, guardé copia del escrito, que me permito reproducir aquí:

Manda flores a mi entierro o la buena literatura, por Amir Valle

Pocas veces he leído libros que me impactan. Quizás el hecho de que mis primeras lecturas hayan sido en una edad tempranísima sea la causa de que en mi cabeza existe algo así como una costura cauterizada por la acumulación excesiva de lecturas, que impide que me emocione con mucha de la buena literatura que por esos mundos se escribe. Esa costura, sin embargo, cuando se abre ante un libro, me permite saber que me encuentro ante una obra de valía literaria real, capacidad personal convertida casi en mito por mis amigos del gremio de escritores, quienes suelen esperar por mis juicios a partir de eso que ellos han llamado, siguiendo a Hemingway, “detector de mierda”.

A lo anterior debo sumar otro detalle: considero que mucha de la literatura que hoy se escribe bajo el rótulo de novela negra es, para ser finos, desechable, debido a razones que, explicar, harían muy largo este artículo, además de que se perdería el sentido para lo cual ha sido escrito. Bajo ese credo, entonces, suelo no creer en nadie que me diga que tal novela negra es excelente hasta tanto no logre comprobarlo con mi propia lectura.

Quiero empezar diciendo entonces que Manda flores a mi entierro, que se anuncia como la segunda novela del escritor español Ricardo Bosque, parece ser la novela de un consagrado. Acaba de ser publicada justo cuando la novela negra española vive uno de sus mejores momentos, luego de una crisis inicial de la que muy pocos confiaban podrían salir todas esas obras de madurez literaria que hoy podemos encontrar, aún cuando todavía se publique mucha morralla. Precisamente ese es el primer reto que ha vencido esta novela: se coloca entre las mejores novelas publicadas en España durante, al menos, los tres últimos años y lo hace con una poderosa triada: perfecta estructura dramática, exquisita configuración psicológica de los personajes y casi absoluta limpieza estilística, a lo cual suma el ingrediente del suspense, magistralmente esgrimido por el autor desde el inicio mismo de la novela, como uno de los hilos invisibles que conducen la trama.

Resultará curioso para cualquier escritor-lector del género el modo en que Ricardo Bosque estructura la trama: a partir de los equívocos. Y es ése un procedimiento que, por peliguado, peligroso y cargado de riesgos, suele evitarse a la hora de escribir novela negra. El equívoco, sin embargo, adquiere en Manda flores… la categoría, a un mismo tiempo, de motor impulsor de la trama, de caracterización psicológica de los personajes y de mecanismo de creación de atmósferas. Contribuye, además, a la desubicación del lector, poniéndolo ante posibilidades que harán más confuso el necesario suspenso en torno a los hechos que se investigan. En ese camino apuntan los datos y comportamientos incongruentes (que propician el equívoco como figura literaria) de la profesional del suicidio Tana Marqués, de su tío Ramón Marqués, del investigador policial Arturo Sanromán y de la férrea matrona Mercedes Samper, quienes, con su volubilidad psicológica, su indecisión (o su exceso de resolución y confianza) ante algunas situaciones muy personales o de la trama criminal-investigativa, y la planificación calculada que hacen de sus acciones, propician una serie de preguntas que el lector tiene que responder, o una serie de giros de la trama que el lector experimentará junto a ellos, todo lo cual otorga a la historia narrada mayor naturalidad y fuerza de credibilidad.

La estructura investigativa, y el crecimiento dramático de las acciones que se van sucediendo a lo largo de la novela, es otra de las virtudes de Manda flores a mi entierro. No hay en esta obra, como suele suceder (y hablo de un defecto grave) en muchas novelas negras, ni cabos sueltos, ni escenas conversacionales superfluas donde el investigador parece estar más interesado en demostrarle al estúpido lector que es un buen policía porque cumple con las reglas de la investigación policial, ni mucho menos cosas traídas por los pelos para resolver situaciones escabrosas. La tan temida progresión dramática en esta novela se consigue con la más absoluta naturalidad porque Ricardo Bosque ha sabido dotar de vida propia tanto a personajes como a la propia historia, que transcurre por los cauces que el azar y la sagacidad o viveza de los personajes le va creando, es decir, como sucede en la vida cotidiana.

Si todo lo anterior es destacable, más importante aún es la perfecta configuración psicológica que hace Ricardo Bosque de sus personajes. Y hago notar que sucede igual tanto para los protagónicos (Tana, Sanromán, Mercedes, Ramón) como para los secundarios (el ayudante Félix, el mayordomo Julio, Sanromán padre, o Luis, el esposo de Tana), para los personajes transitorios (el otro hijo de Mercedes, los viejos que en las escenas finales revelan a Sanromán padre cierta verdad oscura en el pasado de Mercedes), e incluso para los llamados personajes referenciales, cuyo caso más evidente es el asesinado padre de Tana, Juan Marqués.

El escenario que proponen estos personajes, así como sus interacciones encima de éste, tiene que ver mucho con algo que suele estar en el centro de las discusiones sociológicas de la España actual: la pérdida total de valores, vista como un proceso de deformación que se viene sucediendo desde hace ya muchas décadas y que, contrariamente a lo que se piensa, primero, no es un fenómeno de la modernidad española, ni mucho menos resultado de la actual banalización internacional. Es, como queda claro en la alegoría expuesta en esta novela, el estallido de una acumulación de cambios sociales crecientes en los cuales tienen un papel esencial los avatares históricos, los procesos sociológicos por los cuales ha atravesado España a lo largo de las últimas cinco décadas y la introducción en la idiosincrasia peninsular de los traumas producidos por una sociedad que intenta asimilarse al mundo desarrollado, sin que importen esos otros cambios terribles que suceden en lo que los sociólogos llaman “conciencia social”. Y lo hace focalizando uno de los grandes traumas de la sociedad española, en particular, y europea, por extensión: la pérdida de la célula fundamental de desarrollo de la especie humana, la familia.

PORTADA_78 Manda flores a mi entierro
Portada de la edición digital de 2012 en Literaturas com Libros

 

El humor irónico (en Sanromán), la frialdad despreciativa (en Mercedes), la calculada sobriedad (en Tana), la apostada comprensibilidad (en Ramón), la rebelde ancianidad (en Sanromán padre), y la fidelidad fanática (en Félix), para sólo mencionar las más desarrolladas, son mecanismos caracterizadores que destacan por su excelencia en esta novela. Ricardo Bosque demuestra que ha aprendido bien uno de los grandes consejos de la caracterización literaria: “cada uno de nosotros puede ser distinguido del resto por solamente una característica”, dijo cierta vez ese genio que fue William Faulkner, y a partir de la elección de una característica tipificadora para cada uno de sus personajes, Ricardo construye el edificio psicológico con el cual nos los presenta: tarea realmente admirable.

Finalmente, el lado flaco de la mayoría de las novelas negras que hoy se publican: el lenguaje. Acostumbrado a las barrabasadas gramaticales cometidas por buena parte de los escritores que publican, en español, en España (donde la edición, además, no suele ser nada buena), me ha llamado mucho la atención la justa limpieza con la que el autor ha escrito Manda flores… Una prosa ágil, inteligentemente movida desde la introspección psicológica hacia el exteriorismo narrativo y descriptivo, con excelente reactividad dramática (es decir, que se acelera cuando es necesario, y se hace lenta, cuando la trama lo requiere), permite que la distribución de las acciones dramáticas lleguen al lector en su justo peso, con sus más naturales implicaciones, y con toda la limpieza necesaria.

Manda flores a mi entierro, repito entonces, es una novela que, en primer lugar, prestigia a la editorial que la ha publicado; en segundo, que se inscribe en lo mejor de la actual novela negra española, y en tercer lugar, que marca el regreso triunfal de un autor al género de la novela (más allá de si es negra o no) y propone un gran personaje: Arturo Sanromán, cuyos casos próximos, espero, nos seguirán cautivando.

Manda flores a mi entierro, 3.99 euros en ebook

«Manda flores a mi entierro», ya a la venta


Por fin, con las ganas que tenía yo de que mi Tana Marqués viera mundo -aunque también tiene una edición impresa cubana, todo hay que decirlo-, que extendiera su negocio más allá de fronteras demasiado locales, que gente necesitada de sus servicios la hay en todas partes.

Bien, pues Manda flores a mi entierro -novela publicada en papel en 2007 por Mira Editores– ya tiene versión electrónica en Literaturas com Libros, a solo 3,99 euros y en todos los formatos imaginables: para los Kindle o cualquier otro ereader, para los aparatejos de Apple, pata tablets, en epub sin DRM…

Venga, que se agota. Pinchando aquí, todos los puntos de venta (epub sin DRM en la propia web de la editorial)

«Manda flores a mi entierro» en ebook. Portada y sinopsis


Todo parece indicar que Mercedes Samper, una acaudalada mujer, se ha suicidado para no tener que sufrir los últimos rigores de una enfermedad terminal. Así lo piensan todos sus familiares y la policía es de la misma opinión. Sin embargo, un inspector que en sus ratos libres se dedica a redondear su sueldo con investigaciones privadas, pronto descubre que hay un pequeño, mínimo detalle que rompe la armonía del conjunto…

«Manda flores a mi entierro», una novela ambientada en la Zaragoza actual y en unos ambientes cotidianos, desprende el aroma propio de los clásicos policiacos: un individuo, contra todo lo establecido e incluso contra todo lo conveniente, se va introduciendo poco a poco en una historia que, levantadas las primeras capas que le dan un tono respetable y humano, acaba mostrando una realidad distinta y, al fondo de todo, un pasado cenagoso.

Si quieres ir abriendo boca, puedes leer esta reseña que el escritor cubano Amir Valle hizo de la edición impresa de 2007

Próximamente en Literaturas com Libros

Como lo de montar en bicicleta


—Limpiezas Marqués, ¿está usted solo? —preguntó de sopetón para que el factor sorpresa impidiera a aquel tipo reconocer de inmediato a la amable señorita que le había entrevistado un par de días antes. De todos modos, una de las razones por las que acostumbra a mantener el despacho en penumbra –especialmente en el transcurso de las entrevistas previas– es, precisamente, la de evitar que sus rasgos resulten demasiado visibles para el cliente.

—Sí, pero… ¿quién es ust…?

Ortega no pudo terminar de formular la pregunta: esas fueron sus últimas cuatro palabras y media. Y los dos últimos signos de interrogación que pudo colocar en toda su existencia. Tana le empujó con violencia al interior de la vivienda y le pasó la manguera de ducha –que se iba desenrollando a medida que la extraía del bolsillo del chaquetón– alrededor del cuello mientras cerraba la puerta ayudándose con uno de los talones. Tal combinación de movimientos mostraba la plasticidad de una coreografía bien ensayada. Apretó con fuerza el torniquete mientras mantenía las manos del hombre a la espalda. Por su parte, Ortega no parecía dispuesto a ofrecer demasiada resistencia al suicidio: estaba resultando ser un magnífico cliente, un cliente dócil. Lo que siempre desea un ejecutor, y no uno de esos tipos que, a última hora, sacan a la luz las ganas de vivir que no han sabido mostrar en toda su vida y te llenan la cara de arañazos y los tobillos de moratones.

Un minuto después, Ortega yacía boca abajo en el suelo. La mujer respiró profundamente varias veces, expeliendo con su aliento toda la violencia que se obliga a acumular antes de una ejecución, y observó que aquello era como lo de montar en bicicleta, que jamás se olvidaba la forma de hacerlo por mucho tiempo que se llevara sin practicar. Tranquila y satisfecha por el feliz término del trabajo para el que Ortega la había contratado, entró en el salón, bajó las persianas hasta la mitad y corrió las cortinas. Miró al techo y sonrió al ver que seguía siendo una chica afortunada: la casa era tal y como se la había descrito el finado en su entrevista previa, y una gran lámpara de ocho brazos y una gran piña central, toda ella realizada en bronce, adornaba el salón. Al menos debía de pesar treinta kilos, así que era muy probable que el anclaje que sujetaba la lámpara fuera capaz de resistir los sesenta kilos escasos que podía pesar Ortega. Cinco minutos después, ya no tenía dudas al respecto: Ortega colgaba del techo de su salón como una prolongación humana de la lámpara de bronce. Y, en todo caso, si la lámpara se desplomaba por el peso, no había ningún problema: ella estaría lejos de allí y, por otra parte, el ruido haría que alguien llamase a la policía y entrasen en el apartamento a averiguar la causa del estruendo. Porque tampoco era cuestión de dejar una semana a aquel tipo como si fuera una piñata.

Borró todas sus posibles huellas y salió a la calle, dejando la puerta bien cerrada. Eran las ocho y diez: si el autobús llegaba pronto, estaría en casa antes de que el niño hubiera salido de la bañera, lo que le permitiría frotarle la espalda con la esponja, como tanto le gusta a Juan.

Fragmento de «Manda flores a mi entierro», primera novela protagonizada por Tana Marqués, editada en formato impreso en 2007 (Mira Editores) y ya disponible en ebook en Literaturas com Libros (3.99 euros, todos los formatos incluido epub sin DRM)

 

Tana Marqués, a por el mundo


Casi nunca sabe uno exactamente cuándo surge una idea, pero sería allá por 2002 cuando nacía para mí un personaje que vio la luz para los lectores unos cuantos años más tarde, en 2007 exactamente, cuando se publicó su primera novela.

El peregrinaje fue largo y duro, con envío de originales a diferentes editoriales que siempre contestaban, muy diplomática y educadamente, que la novela estaba muy bien pero que no encajaba en su línea editorial. Y, por supuesto, que me deseaban toda la suerte del mundo en mi carrera literaria.

Finalmente, Mira Editores decidió sacar Manda flores a mi entierro, que obtuvo muy buenas críticas pero escasa difusión, el eterno problema de las pequeñas editoriales que se las ven y se las desean para colocar sus libros en los escaparates. De salir del país, ni hablamos. Bueno, sí, que hubo una edición cubana de la novela gracias al interés de mi buen amigo y excelente escritor Lorenzo Lunar.

A pesar de su pobre distribución, Tana Marqués, inasequible al desaliento, seguía campando a sus anchas en mi cerebro y pronto, en 2009, tuvo una segunda historia que protagonizar: Suicidio a crédito. Más de lo mismo, buenas críticas pero pocos lectores aunque muy entusiastas si debo hacer caso a las felicitaciones que me han ido llegando durante todo este tiempo.

Y también mensajes de muchos amigos y conocidos que deseaban leer esas historias. Amigos residentes en países a los que, de ningún modo, podrían llegar mis libros. Hasta que llegó el ebook y, con él, lo que Tana andaba esperando desde hace tanto tiempo: la oportunidad de romper fronteras y estar allí donde quiera ser bien recibida.

Vaya, que de la mano de Literaturas com Libros (la misma editorial en la que he publicado recientemente Cuestión de galones y El último avión a Lisboa), mis dos novelas protagonizadas por la que creo única florista suicidadora del planeta estarán disponibles en todo el mundo y en todos los formatos digitales posibles, con y sin DRM, para el Kindle, para el Nook, para el Sony Reader, para los Apple, para cualquier lector conocido o para leer en tu PC… Incluso en dos plataformas tan novedosas como Google Play y 24symbols, la conocida como «spotify de los libros» por su funcionamiento en modo lectura por suscripción. Y, como es marca de la casa, a un precio inmejorable de menos de 4 euros.

Pronto, por tanto, podrás abrir a Tana las puertas de tu casa, de momento es ella quien abre las de la suya en esta su web para ti por si quieres saber más acerca de su vida y su curiosa profesión.

Te esperamos. Ella y yo.

Brujas, la Muerta


¿Sabías que…?

La imagen de portada de la primera novela protagonizada por Tana Marqués es una foto de la tumba del escritor belga Georges Rodenbach (1855-1898), enterrado en el cementerio parisino de Père-Lachaise.

Autor de cuatro novelas y ocho libros de poesía, su obra más conocida es Brujas, la Muerta (1892), maravillosa novela tremendamente pesimista en la que la ciudad belga y los usos y costumbres de su población es la protagonista absoluta por encima del hombre que centra la narración, Hugues Viane, y el recuerdo de su esposa muerta.

A modo de anécdota comentar que se cuenta que De entre los muertos, de Boileau-Narcejac -novela en la que se basó la película Vértigo– podría ser un plagio, al menos parcial, de la novela de Rodenbach.

Y aunque mi novela Manda flores a mi entierro se publicó en 2007, cuatro o cinco años antes, cuando vi la tumba y la fotografié, tuve bien claro que esa sería la portada de la novela.

Os dejo, finalmente, un fragmento de la novela. De la de Rodenbach, quiero decir, de la primera de las mías protagonizadas por Tana Marqués ya he ido dejando por aquí alguna cosilla y, si en su momento no la leíste en papel, pronto podrás hacerlo en ebook. Al tiempo.

“Cuando había que descolocar algo para quitar el polvo, ese bibelot precioso, aquellos objetos de la muerta, un cojín, una cortina que ella misma había tejido, quería hacerlo él mismo. Parecía como si sus dedos estuviesen aún sobre todos aquellos muebles intactos y siempre iguales: sofás, divanes, sillones donde ella se había sentado, y que conservaban, por así decirlo, la forma de su cuerpo. Las cortinas mostraban los pliegues eternizados que ella les había dado. Y en los espejos parecía como si hubiese que rozar delicadamente con telas y esponjas la clara superficie para no borrar su cara, que dormía en el fondo. También quería asegurarse de que no se causase el menor daño a los retratos de la pobre muerta, en los que aparecía en sus diferentes edades y que se encontraban diseminados por todas partes: sobre la chimenea, veladores y paredes; y sobre todo –su pérdida le habría roto el alma entera- el tesoro conservado de su cabellera íntegra, que no había querido encerrar en el cajón de ninguna cómoda, ni en ningún oscuro estuche -¡habría sido como sepultar la cabellera en una tumba!-. Había preferido, puesto que permanecía viva y eternamente dorada, dejarla expuesta y visible, como una muestra de la inmortalidad que su amor encerraba”.

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Manda flores a mi entierro. El inicio de la serie de Tana Marqués


El cementerio no es el mejor lugar donde pasar una mañana del mes de febrero, como tampoco febrero es un buen mes para estar fuera de casa al punto de la mañana, así que Lorenzo decidió terminar cuanto antes con todo aquello y pasar a cobrar su parte. Consultó atentamente el monitor informativo del patio central del complejo funerario, una pantalla que le recordaba la que muestra el ir y venir de los vuelos en los aeropuertos, con la diferencia de que en el cementerio las líneas no experimentan demasiado movimiento: quienes figuran en aquella relación no están para muchos desplazamientos. Y otra diferencia fundamental es que en ese monitor nunca aparece la palabra Delayed, el vocablo más temido en un aeropuerto: en un cementerio no hay nada que aplazar y se dan pocos casos de entierros cancelados. Leyó la pantalla una vez más para no cometer errores en su primer trabajo especial aunque, en realidad, aquella parte del trabajo especial nadie se la había encargado, aquella fase final la había asumido por propia iniciativa. «Agustín Lambea Chanel», rezaba la quinta línea del monitor. «Velatorio número cinco», especificaba después. Lorenzo sonrió ante la póstuma broma macabra que el azar había preparado para el señor Lambea. Recogió las flores que había dejado sobre el mostrador de granito, recompuso el papel de celofán que las envolvía, estiró un poco el lazo amarillo que ataba el ramo y se encaminó hacia el pasillo de la derecha.

Las conversaciones entre amigos y familiares lejanos del fallecido, animadas a la entrada del corredor, se iban apagando hasta convertirse en tímidos sollozos y constantes cabeceos incrédulos conforme se aproximaba a la salita que ocupaba su cliente. Lorenzo pasó ante la viuda y los que debían ser los dos hijos pequeños de Lambea, indisolublemente abrazados a su madre. «No es posible, no es posible», eran las únicas palabras que sabía pronunciar aquella desconsolada mujer. Durante unos segundos lo tentó la posibilidad de explicarle a la viuda que no es fácil comprender las razones por las que se suicida la gente, algo que se cansa de repetir su jefa siempre que tiene ocasión. Y lo hace con las mismas grandilocuentes palabras: «Así como los designios del Señor son inescrutables, los motivos por los que el personal se quita de en medio son inconfesables. Por la familia, claro». Pero rechazó la opción de ilustrar a la señora de Lambea por considerarla arriesgada y se limitó a hacer lo que hubiera hecho cualquier otro que pasase por allí en esas circunstancias: inclinar la cabeza en señal de respeto cuando estaba a la altura de la mujer y pasar de largo. Después se dirigió hacia el difunto, que reposaba entre flores y sobre caoba de la mejor calidad.

El féretro estaba descubierto y escoltado por dos gruesos velones encendidos a ambos lados de la cabecera que esparcían una tímida luz bailarina. La tapa permanecía apoyada en una de las paredes y a punto estuvo de tropezar con ella y derribarla. Lorenzo recordó en ese momento que siempre había deseado tener un descapotable. Dejó el ramo de rosas a los pies del ataúd y contempló atentamente el rostro del muerto mientras lanzaba miradas furtivas a su alrededor tratando de descubrir si alguno de los presentes le prestaba atención; enseguida se percató de que el muerto tenía mejor color que en vida, a pesar de que solo lo había visto en una ocasión antes de su llegada al cementerio. Resultaba evidente que la maquilladora había hecho un buen trabajo y apenas se podían apreciar las marcas amoratadas alrededor del cuello, aunque también contribuía a ello una sobria corbata azul marino perfectamente anudada. Sus facciones aparecían relajadas y lo habían vestido con el que probablemente sería su mejor traje —quizás el traje que utilizaba en las bodas—, componiendo un conjunto bastante aceptable para tratarse de un cadáver.

Lorenzo no pudo resistir la tentación de alisar una arruga que afeaba la parte inferior del pantalón del fiambre. «Así, mucho mejor», pensó contemplando su modesto pero necesario aporten al engalanado de Lambea. A continuación se volvió hacia la puerta mientras sacaba de la carpeta el albarán de entrega. Buscó con la mirada a alguno de los familiares que aparentasen mayor entereza —la viuda no estaba para formalidades administrativas y a los niños los consideró demasiado jóvenes— que le pudiera firmar el recibí.

—¿Quién las envía? —preguntó el sujeto que se ofreció para cumplir el trámite, probablemente un hermano del finado a juzgar por el parecido físico entre ambos.

—No lo sé, supongo que la tarjeta debe estar entre las flores —contestó Lorenzo guardando la copia amarilla en la cartera—. Ah, y le acompaño en el sentimiento.

El probable hermano sacó un par de monedas del bolsillo y se las entregó al repartidor mientras lo examinaba con una mirada que el chico consideró torva. Lorenzo dio las gracias educadamente y tomó el camino hacia el exterior del tanatorio. Respiró hondo el frío de la calle. Aunque ya llevaba un par de años en la empresa, la de Agustín Lambea Chanel había sido su primera entrega mortuoria y el muchacho, al cruzar la tapia que separaba la ciudad de los muertos de la de los vivos, pensó que por mucho tiempo que permaneciese en el gremio jamás se terminaría de acostumbrar a esos ambientes tan tristemente fríos. Ni al olor de los hospitales tampoco.

Inicio de la primera novela protagonizada por Tana Marqués, editada en formato impreso en 2007 y disponible en ebook en Literaturas com Libros

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Día de entierro


Otro clásico que no suele faltar es el entierro de la víctima, por aquello de que el asesino siempre regresa a la escena del crimen o, en su defecto, hace acto de presencia en sus honras fúnebres, en cuyo caso quienes no dejan de asistir son los agentes de la ley y el orden.

Sé que no debería hacerlo, nueve de cada diez odontólogos no lo recomiendan, pero yo suelo ser siempre la nota discordante. Y como a la pasma se la reconoce a cien metros de distancia, la idea más brillante que se me ha pasado por la cabeza es acudir al sepelio. El razonamiento es simple: si la bofia va a darle el pésame a la viuda -aun con la mayor discreción-, lo de que el cuerpo no mostraba signo alguno de violencia se lo pueden contar a Rita la Cantaora. Se abren entonces varias opciones: que se hayan encargado del suicidio otros gestores más chapuceros que nosotros -en cuyo caso la pasta abonada por Salazar no sale de mi caja- o que se trate de un homicidio o asesinato como sugirió Leonardo -supuestos ambos en los que me tendré que plantear lo de devolver el dinero de inmediato, que no quiero cobrar por lo que otros han hecho por mí sin mediar la voluntad del cliente.

Y aquí estamos, la Quijote de turno y Lorenzo, mi fiel escudero cuando se trata de desfacer entuertos que ni nos van ni nos vienen. Hemos llegado con el tiempo justo, cuando los grupos de amigos y familiares ya se han formado -separados los de la parte del marido de los de la mujer, que en algunos aspectos los entierros se parecen bastante a las bodas- y casi nadie está pendiente de quienes llegan a última hora. Y si nos preguntan que de qué conocemos al finado siempre podemos decir que nos hemos equivocado de velatorio o que somos fervientes admiradores de su obra.

Desde mi puesto de observación no distingo a ninguna pareja vestida con ropa informal y zapatos cómodos, barba de dos días y pequeño bolso tipo bandolera en el que guardar el arma reglamentaria. Parece por tanto que la policía no debe albergar dudas al respecto y, en efecto, aquí no hay nada más que ver, señores. Y en parte me jode, sobre todo porque si la muerte se debe a la voluntad divina o del destino no tendré más remedio que devolver el dinero a la viuda, Elena se quedará sin bolso y yo sin ese extra que tan bien me venía para el intercambio de Juan. De todos modos, ya que hemos venido decido por los dos que podemos quedarnos hasta el final de la película y hacer oreja por si nos enteramos de algo interesante.

Los cementerios de las películas norteamericanas no se parecen en nada a los de la realidad española, y las tumbas unipersonales rodeadas de verdes praderas y a la fresca sombra de árboles centenarios son sustituidas aquí por edificios de varios pisos de nichos y un sol que asusta a las lagartijas. El cementerio de Torrero no es una excepción, el conductor del coche fúnebre se lo está tomando con calma, la manzana que le corresponde a Salazar está en casa dios y algunos empezamos a pensar que tal vez no sea el único muerto del día. Al menos el escritor debía ser agnóstico y nos hemos ahorrado el sermón protocolario, eso que tenemos que agradecerle.

O Salazar tiene mucha familia o para un tipo célebre que la palma en Zaragoza nadie se ha querido perder el último adiós. No menos de trescientas personas formamos el cortejo, al frente los más allegados -la que supongo es la viuda va justo detrás del coche fúnebre, de luto de los pies a la cabeza y que cubre con un sombrerito del que cuelga un velo que le tapa media cara y cogida del brazo de un tipo al que solo le veo las espaldas, anchas, y las orejas, las más despegadas del cráneo que he visto en mi vida-, detrás los amigos y colegas, en el centro los conocidos en mayor o menor grado y, al fondo, los curiosos que no tenemos otra cosa que hacer. Ah, y no falta tampoco una nonagenaria a la que ya he visto en un montón de entierros: no sé si es que conoce a mucha gente o que le pone lo de comprobar que sigue habiendo quienes abandonan el barco antes que ella.

Como lo que busco son esas frases reveladoras que los presentes acostumbran a dejar caer en estos saraos, decido infiltrarme al menos entre los conocidos. No quiero escuchar eso de que no somos nadie o que siempre se van los mejores, lo que pretendo averiguar es lo que no ha contado la prensa, si el tipo se ha suicidado o si, simplemente, le ha dado un yuyu en el coche cuando salía a comprar cigarrillos.

Avanzamos posiciones y nos colocamos junto a una pareja muy afectada. La mujer va colgada del brazo de un hombre de unos cincuenta. Ella llora y cabecea una y otra vez; él le da palmaditas reconfortantes en la mano derecha. La mujer deja de llorar por un instante para abrir la bocaza.

-¡Ay, Dios mío, el pobre Roberto…! Él, que nunca soportó el humo del tabaco, ir a morir entre monóxido de carbono… No somos nadie, no somos nadie, siempre se van los mejores -y vuelve a sus lloros.

-Calla, mujer, sigue llorando si quieres pero cállate, que te va a oír todo el mundo -la silencia el caballero que le sirve de bastón mientras mira a izquierda y derecha para toparse con mi mejor sonrisa seráfica.

Por mí ya podemos irnos: tópicos como los citados por la llorona aparte, este tipo de muertes es relativamente frecuente entre viejos que se calientan con un brasero en mal estado colocado debajo de la mesa camilla, pero en ningún caso es habitual entre escritores a punto de salir de paseo en coche. De un plumazo me queda claro que Salazar no era fumador y que, desde luego, sus deseos de morir eran mayúsculos. Y también explica la actitud recatada de la prensa local, pues estas son circunstancias que las familias prefieren sufrir en silencio y no proclamarlas a los cuatro vientos.

Fragmento de la tercera novela protagonizada por Tana Marqués, todavía en preparación (y lo que le queda, supongo)

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La tienda que le gustaría tener a Tana Marqués


Calle Alfonso I, Zaragoza. Foto: Ricardo Bosque

Buceando en blogs que he ido teniendo a lo largo de los años me encuentro esta foto de una tienda de vestidos de novia que abrió hace ya 5 años en la céntrica calle Alfonso I de Zaragoza. Quienes hayáis leído las novelas protagonizadas por cierta florista afincada en la capital aragonesa o al menos hayáis oído hablar de ella entenderéis que la buena mujer estaría encantada de tener una tienda (aunque no fuese una floristería) con un nombre como este. Con un par, sin miedo a las supersticiones.

Ah, la tienda sigue abierta, el nombre no le ha traído mal fario.

Kill me, please


Andaba hace unos meses documentándome para la que algún día será la tercera novela de la serie protagonizada por Tana Marqués cuando me encontré con una clínica suiza, llamada Dignitas, que se dedicaba a lo mismo que mi florista: la asistencia en el suicidio a sus socios, que no clientes.

También me enteré de que la policía helvética sospechaba que dos cadáveres hallados en sus coches en un aparcamiento público eran los últimos «casos» resueltos por la clínica en cuestión que, al parecer, tenía todas su habitaciones ocupadas y no habían encontrado una solución mejor.

Ayer mismo, un amigo internauta me hacía llegar una nota con una película francobelga de 2010 en la que su protagonista, el doctor Kruger, decide hacer entrar el suicidio en la modernidad y cuya clínica recibe subvenciones del gobierno para que el suicidio ya no sea una tragedia sino un procedimiento médico asistido.

Vaya, que a mi Tana le ha salido competencia. Y, encima, desleal, pues ella no recibe ayuda alguna por parte del gobierno, comunidad autónoma, ayuntamiento, diputación provincial, comarca…

Te dejo el trailer de la película, a ver qué te parece.