“El santo al cielo”, la sorpresa de 2016 en novela criminal


santoNunca es tarde si la dicha es buena, y aunque Aldo Monteiro -el protagonista de esta novela- es más de santos y mártires que de refranes, no me resisto a arrancar así este breve comentario acerca de la novela que, publicándose hace tan solo un mes, ha llegado a tiempo de colocarse entre mis diez mejores del año criminal, entre las tres si atendemos exclusivamente al panorama nacional.

Más vale tarde que nunca, se dice también. O más vale llegar a tiempo que rondar un año.

Ya ves que yo soy más de refranes que de santos y, sin embargo, he disfrutado como una bestia y desde la primera a la última línea de esta maravilla de Carlos Ortega Vilas exquisitamente editada por Dos Bigotes. Por personajes, por situaciones, por ambientaciones, por su ritmo y su limpieza literaria… Novela redonda de principio a fin.

Y ahora, si te ha picado la curiosidad, ya puedes leer mi reseña de la novela en Calibre .38.

“El santo al cielo”, la sorpresa de 2016 en novela criminal

Dopping, neoprenos y cintas de vídeo: “Cuestión de galones”, de Ricardo Bosque


galonesManu López Marañón

Cuatro años antes de que Philip Kerr anunciara el cese temporal de su serie Berlín noir y escribiera una obra titulada Mercado de invierno (protagonizada por un detective-entrenador de fútbol), cuatro años antes, digo, Ricardo Bosque ya había ambientado una novela en el mundo del deporte profesional. Vale, vale; ya sé que en esta temática Manuel Vázquez Montalbán se adelantó, en 1989, y tanto a Kerr como al autor que ahora reseño, con su excepcional El delantero centro fue asesinado al atardecer. Pero es que Manolo siempre queda fuera de concurso.

No es el fútbol y sus circunstancias el telón de fondo en el que se desarrolla Cuestión de galones sino un deporte como el waterpolo que, para el año 2041, ha pasado de ser minoritario a convertirse en espectáculo de masas. Sí, han leído bien: 2041. Y la narración se desarrolla en una Zaragoza artificialmente canalizada. Vaya, una distopía…, dirán algunos, bien regocijándose, bien llevándose las manos a la cabeza.

Han pasado 33 años desde aquella Expo zaragozana que tuvo al «Agua y el desarrollo sostenible» como eje temático y cuya infraestructura requirió que los cursos fluviales de la ciudad (el Ebro, el Gállego, el Huerva y el Canal Imperial de Aragón) fueran atravesados por 18 nuevos puentes y pasarelas. Partiendo de ello, el autor ambienta su trama en una Zaragoza ya total e impensablemente acuática, por la que hay que circular en motos y vehículos náuticos y, por descontado, ataviados con trajes de neopreno.

Por estar lejos de encontrarnos en una sociedad donde no reina la pobreza masiva, donde el Estado ni es policial ni se encarga de abolir la privacidad y las libertades (eso queda en manos –como hoy mismo– de los poderosos), y en una sociedad en la que la tecnología aún no esclaviza a la ciudadanía, por todo ello, apuntamos que la narración de Bosque se aleja del perímetro distópico para englobarse en los límites de una obra de inspiración futurista.

En esa Zaragoza del mañana la policía se llama Policía Fluvial Metropolitana. Con el equipo de fútbol desaparecido por sucesivas pérdidas de categoría y las deudas, su estadio, La Romareda, se ha convertido en un enorme centro náutico donde entrenan (y juegan) el equipo de waterpolo y las chicas de la natación sincronizada. La prensa, toda digitalizada, tiene en el Zaragoza News su diario principal. Sigue habiendo centros comerciales que albergan gimnasios como el Gymworld Body Center, pero también zonas en las que la emigración multirracial es masiva, aunque bien es cierto que alejada de radicalismos violentos.

El protagonista de Cuestión de galones, Ulises Sopena, desencantado capitán de la PFV, es un treintañero que habita un palafito de Los Lagos del Milenio. Su perro Nono y una vecina que le presta películas son sus únicas oportunidades allí para abrir la boca. Ante el crimen que se le plantea Sopena se comporta como un efectivo policía aunque, quizá, resulte un poco agonías. Sexualmente necesitado, resulta un varón fácilmente seducible; a cambio, su intrepidez lo ayuda a ganarse a quien quiere (su jefe –el coronel Cansado–, periodistas al acecho como Ariel Reig, y representantes deportivos turbios como Marcelo Pons serán títeres en manos de su elocuencia). El caso lo solucionará gracias a su mente ágil y versada. Ulises no cocina, no fuma, no visita burdeles, y, aunque le guste el whisky, lo bebe con moderación (la misma que le falta con la cerveza cuando va de bares). En la investigación está acompañado por la eficiente –y atractiva– teniente Sara Fitzpatrick, mujer a la que trabajosamente se obstina en tratar dentro de unos límites profesionales.

Desvelemos un poco la trama de la cuarta novela de Ricardo Bosque.

El portero del equipo de waterpolo Zarawater, Quino Lerín, ha aparecido muerto en un canal. La autopsia descubre en su cuerpo abundantes restos de un esteroide anabolizante (ilegal en el deporte profesional) que favorece el desarrollo muscular.

En los interrogatorios con la plantilla el capitán Ulises Sopena y la teniente Sara Fitzpatrick tienen que oír cómo allí nadie consume anabolizantes y que Lerín era –por supuesto– un excelente compañero. El médico del club, Linares, jura no tener nada que ver con el consumo de Teradrolona.

Dopping, vídeos porno caseros, estrellas de la sincronizada sobradamente cumplimentadas en el aspecto sexual, gimnasios, casinos abandonados, derechos de imagen, prensa amordazada y gigantes del ladrillo para desembocar en un tramo final eléctrico –insuperable en ritmo– con el sucesivo descubrimiento de sobornos y amaños, con la aparición de un poderoso ludópata y, como guinda, con esa inolvidable persecución a lo «French Connection» (aunque en esta ocasión entre canales y con motos náuticas) y en la que Ulises acorrala a un sicario, –cuyo interrogatorio aclara el caso–, consiguen dejar un imborrable poso y confirmar, para quien esto escribe, que Ricardo Bosque es uno de los grandes del género negro.

Dopping, neoprenos y cintas de vídeo: “Cuestión de galones”, de Ricardo Bosque

“El suicida impertinente”, un placer no apto para los paladares más ultraortodoxos


suicidaCreo que ya he dado muestras en ocasiones de mi gusto por la novela criminal que se sale de los cánones establecidos, la más heterodoxa dentro de lo posible, la que me sorprende con planteamientos o protagonistas originales que nos saquen del terreno tan trillado por cientos de autores que se limitan a repetir las mismas fórmulas una y otra vez por todos los rincones del planeta.

Por eso me fascinó Sorry, con unos amigos emprendedores que deciden montar una empresa desde la que pedir perdón en nombre de sus clientes; por eso me cautivó Morir no es tan fácil, en la que, entre otras brillanteces, un enfermo en coma contempla horrorizado cómo un médico asesina a su compañero de habitación; por eso me sorprendió Hambre a borbotones, con una familia de caníbales en el centro de la trama.

Termina 2016 y lo hace con un par de novelas que me dejan un excelente sabor de boca. Una de ellas, la protagonizada por un suicida francamente impertinente en novela que reseño en Calibre .38 y puedes leer completa aquí. Tal vez no apta para seguidores ultraortodoxos del género negro, pero muy apetitosa para aquellos que disfrutamos con la originalidad llevada al extremo.

Lee mi reseña de la novela en Calibre .38

“El suicida impertinente”, un placer no apto para los paladares más ultraortodoxos

2016, una gran añada de novela criminal


 

libros

Acaba el año y parece que se impone hacer una relación con las mejores lecturas del año -en mi caso, siempre dentro del género criminal- o no eres nadie. Y la cosa está complicada para limitarme a las consabidas 10 mejores pues ha sido un año que me ha deparado varias sorpresas y unas cuantas confirmaciones, amén de un montón de grandes novelas que me han alegrado estos últimos 12 meses. Toca mojarse, pues, y quiero hacerlo en caliente, sin meditarlo demasiado, basándome en las que recuerdo sin tener que consultar reseñas ya publicadas, apoyándome solo en mi memoria y en el gintonic que está a mi lado diciéndome “bébeme y déjate de hostias”. Eso sí, poco diré de cada uno de mis seleccionados pues de casi todos me he manifestado ya en blogs y redes varias.

Empezamos por los de fuera y destaco cuatro títulos: Yeruldelgger. Muertos en la estepa, de Ian Manook, novela que combina lo espiritual -a veces con un pelín de exceso- con la violencia cuasi gratuita en línea con clásicos como aquel Yo, el jurado del señor Spillane; El puñal, de Jorge Fernández Díaz -no confundir con el ministro de interior español, por el amor de dios y Marcelo-; Entry Island, de Peter May, escritor que casi siempre hace lo mismo pero siempre me gusta cómo lo hace; y Río Noir, una colección de relatos brasileños firmados por varios autores tan duros y sucios como solo pueden escribirse allende los mares.

Me quedan seis para completar la lista de diez y los reservo para el producto nativo, empezando con dos confirmaciones del gran talento literario ya demostrado en novelas anteriores: Maldita verdad, de Empar Fernández y Lo que nos queda de la muerte, de Jordi Ledesma. Lo sé, no saldrán en las listas de los periódicos pertenecientes a los grandes grupos editoriales ni entre los más vendidos del cortinglés, pero si te fías más de mí que de esa gente, sabrás que debes hacerme caso.

Y si Empar Fernández cerraba este año su trilogía de la culpa, Paco Gómez Escribano cierra la suya de Canillejas con Manguis, su mejor novela hasta la fecha, negratotal, visceral, quinqui hasta decir basta.

Y termino mi listado con tres sorpresas: los Ojos ciegos de Virginia Aguilera, novela histórico-gótica-criminal-yyanoséquémásetiquetasponerle que transcurre en un pequeño pueblo de Teruel en el siglo XIX y que, justamente, se hizo con el García Pavón de este año; Ful, lo que surge cuando un mosso d’Esquadra como Rafa Melero se pasa al lado oscuro y, llegada casi cuando acaba el año, El santo al cielo, de Carlos Ortega Vilas, en mi modesta opinión, el descubrimiento del año. Y no solo él, también la editorial que le publica, Dos Bigotes.

¿Han sido diez? Espero que sí, no pienso retocar esta lista en una sola línea, mi gintonic me espera y nunca he sabido decir que no a una copa bien servida.

2016, una gran añada de novela criminal

Cuando Papa Noel se viste de noir


bogey

Don Noel parece conocerme bien y, cada año, antes de hacer acto de presencia en mi humilde morada, se cambia sus tradicionales ropajes de color rojo -aunque cuentan que originalmente vestía de verde- por otros bastante más negros, en consonancia con mis gustos literarios.

Así, de su saco han ido saliendo año tras año joyas como el integral deTorpedo 1936, esa maravilla creada por Sánchez Abulí y Jordi Bernet, con los dos primeros capítulos dibujados por Alex Toth; el Yo, asesino, de Altarriba y Keko, la historia de un encantador asesino en serie, profesor de Historia del Arte en la Universidad del País Vasco cuando no tiene nadie a quien matar; o las casi 1000 páginas en dos volúmenes del Kane de Paul Grist, otra excelencia del mundo de la viñeta criminal.

Todos en riguroso blanco y negro -con algunas salpicaduras de rojo sangre en el caso de Yo, asesino, eso sí.

Este año no podía fallar el gordo de barba blanca y, fiel a su cita, se presenta en casa con Bogey, tebeo de principios de los ochenta con guion de Antonio Segura y dibujos de Leopoldo Sánchez que reedita ahora Ponent Mon.

Historia distópica, ambientada en el siglo XXIX del planeta Blekos II, Bogeyestá protagonizado por un detective con rasgos físicos y de comportamiento que resultan ciertamente familiares para los aficionados al género. Libertad creativa total, se desprende de lo leído en una entrevista con Sánchez que abre este volumen de casi 200 páginas, con una pinta excelente y que, a poco que sobreviva a la gula navideña, caerá más pronto que tarde.

Buen tipo, este Papa Noel.

Cuando Papa Noel se viste de noir

Vuelve Mejías más Quijote que nunca: “El jardín de cartón”, de Santiago Álvarez


Cubierta_El Jardín de Cartón_26mm_260916.indd“Se pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio de tal manera que del poco comer y mucho leer se le vino a secar el cerebro ”

Decíamos ayer -y quien dice ayer dice hace casi dos años-, al reseñar La ciudad de la memoria, primera novela de Santiago Álvarez, que su protagonista, Mejías, respondía a la perfección a ese cliché que dice que el detective clásico es una reencarnación del Quijote con todas sus consecuencias. En concreto, en reseña publicada en febrero de 2015, se puede leer:

“Y como su idolatrado Marlowe, como el dios Bogart que ilumina su camino desde el cartel cinematográfico que preside su domicilio-despacho, Mejías es ese Quijote empeñado en desfacer entuertos por amor al arte o, en su defecto, por sentido romántico de la justicia; el detective que sigue adelante con su investigación aun cuando nadie le pague ya por ello, incluso a partir del momento en que, sus clientes, deciden que el encargo ha finalizado”.

Pues bien, casi dos años más tarde vuelve Mejías -Vicente a su pesar- más Mejías o más Quijote que nunca pues, a su afán por meterse en líos que no le incumben y embestir molinos que no gigantes, se le puede añadir la frase con que arranco esta reseña sustituyendo “mucho leer” por “mucho ver” cine negro de los años cuarenta.

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Vuelve Mejías más Quijote que nunca: “El jardín de cartón”, de Santiago Álvarez

Normalidad frente a impostura: “Las pequeñas mentiras”, de Laura Balagué


mentirasHace ya mucho tiempo, demasiado, que desde los anaqueles y mesas de cualquier librería, decenas de policías nórdicas, rubias, jóvenes y atractivas, con un gusto exquisito para la música o el vino y un pasado oscuro que las tiene medio traumatizadas están pidiendo a gritos que las adoptes en tu seno y disfrutes de tramas presuntamente adictivas, hipnóticas, llenas de vísceras y asesinos en serie descerebrados. Por eso, es una auténtica delicia hacerle un hueco a una mujer normalita, rondando los cincuenta, ni guapa ni fea ni alta ni baja, con dos hijos adolescentes -que ya es bastante jodido como para buscarse traumas de la infancia- y casada con un señor que comienza a echar barriga al tiempo que pierde buena parte de su otrora frondoso cabello.

La señora en cuestión es la oficial de la Ertzaintza Carmen Arregui, natural de Legazpi y con destino profesional en una desapacible San Sebastián de principios del invierno, a un pasito de la Navidad. El marido, Mikel, profesor de física con quince días de vacaciones por delante mientras Carmen se queda sin festivos por culpa del asesinato de la rica propietaria de una peletería del centro de la capital donostiarra, cuyo cuerpo ha aparecido en su establecimiento rodeado de abrigos de pieles pintados de rojo.

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Normalidad frente a impostura: “Las pequeñas mentiras”, de Laura Balagué

Cinco horas con Ricardo


MANDA FLORES 1Teresa Suárez

Nuevamente la vieja, y siempre renovada, sensación que experimento cada vez que abro un libro de esos que transforman mi Comunidad en una auténtica Mancha Negra, que diría mi amigo Juan…..

Este fin de semana el otoño, por fin, llegó a mi achicharrada ciudad: “Un golpecito en el cristal, como si hubieran tirado algo; luego, un caer ligero y amplio, como de granos de arena lanzados desde una ventana de arriba, y por fin, ese caer que se extiende (…) adopta un ritmo y se hace fluido, sonoro, musical, incontable, universal: llueve”. ¡Nadie como Proust para describir percepciones sensoriales!

El sonido de las gotas cayendo sobre las calles empedradas invita a los desacostumbrados toledanos a quedarse en casa, presos de esa somnolencia que cada cual sobrelleva como mejor sabe y le apetece.

Tiempo para el disfrute hedonista que yo decidí emplear en tener una aventura con mi jefe. Tópico lo sé, pero que quieren que les diga, una no es de piedra y cuando un hombre le manda flores, aunque sea a su entierro, no puede evitar sentirse halagada.

Y aquí me tienen, tendida en mi sofá cual larga soy, buscando esas mariposas en el estomago que dicen que se sienten cuando inicias una nueva relación con la que te encuentras muy ilusionada.

Al morbo, que lo hay y mucho, ha contribuido seriamente el señor López Marañón, miembro de la banda, quien en una de sus primeras colaboraciones para Calibre 38 escribió unos elogios tan encendidos de novela y autor que despertó en mi esa vieja del visillo (como buena castellanomanchega constituye una de mis múltiples personalidades por más que reniegue de ella) que me lleva a advertirte: Ricardo cuidadico conmigo porque voy a pillarte.

Para conocer el argumento lo mejor es que lean la reseña de mi compañero Manu y así podré centrarme en las sensaciones que la lectura de Manda flores a mi entierro me ha provocado.

Si tuviera que explicar lo que es esta novela no utilizaría expresiones como dejarse llevar por el entusiasmo, vibrante resolución del caso o esta visita dinamita la trama del libro por los cuatro costados. Además de encontrarlas excesivas, creo que dan la imagen de una historia que se desarrolla a un ritmo frenético cuando, en mi opinión, es todo lo contrario. Yo la encuentro contenida y deliberadamente lenta, probablemente para diferenciarla de esas otras en las que la acción se mide por el número de balas o cuchilladas con las que el asesino de turno deja su impronta en unos cadáveres que se cuentan por capítulo y, en ocasiones, casi por páginas.

De este libro, que nos habla de Zaragoza, sus calles, costumbres, clase sociales y, entre líneas, del trovador que narra la historia, coincido con Manu en destacar el interés del autor en crear un universo propio, una atmosfera patria que haga más cercano, y por tanto más creíble, el conjunto.

Pero yo sigo con la mía, porque a cada palabra, a cada giro, me pregunto ¿se llega a conocer a una persona través de lo que escribe? Puede que sí o puede que no. Voy a arriesgarme a elaborar un perfil criminal de este cronista de sucesos turbios (no nos conocemos personalmente pero mantenemos correspondencia electrónica desde hace tiempo) con el que acabo de intimar por vía lectora.

A través de Manda flores a mi entierro intuyo un hombre solitario que se empeña en ser sociable por necesidad o cordura. Un tipo serio que libera su retranca solo en confianza.

Su afición por esas exuberantes bibliotecarias, cuyas imágenes suele colgar, muestran su gusto por unir aficiones y placeres, todo sea por la causa.

Sutilmente intenso, se muestra como un hombre apegado a la tierra, amante de la familia y añorador de tradiciones casi obsoletas.

Un silencioso pensador que se truca en hablador cuando la ocasión, y sobre todo la compañía, invitan a ello.

¿El mayor mérito de Manda flores a mi entierro? Creo que su ambientación. Narrar la trastienda criminal de tu propia ciudad, si nunca has entrado en ella, y sin dejarte llevar por tentadoras veleidades sangrientas que distraigan la atención del lector de las posibles carencias del relato, es complicado porque los crímenes son algo que siempre ocurre lejos, en otro lugar y a otras personas.

¿Es entretenida? Sí.

¿Un defecto? En ocasiones los toques de humor resultan forzados.

¿Se trata de una novela escrita en estado de gracia? No me atrevería a decir tanto.

Ahora vas y lo cascas.

Cinco horas con Ricardo

Un thriller de manual: “El Club de los Mejores”, de Arthur Gunn


mejoresCerdán se viste de Arthur Gunn, abandona esa línea más canónica del género negro característica de otras de sus novelas –El país de los ciegos o Cien años de perdón, sin ir más lejos- y nos regala un thriller de manual, uno de esos libros en los que las páginas pasan solas y que consiguen que, una vez comenzada su lectura, te arrepientas de tener perro que pasear o niños a los que alimentar cuatro veces al día.

El Club de los Mejores no da tregua al lector: arranca fuerte, con una puesta en escena muy poderosa -noche ya cerrada, típica casa americana sita en las afueras de una gran ciudad, alguien que golpea la puerta…- y mantiene el ritmo y la tensión a lo largo de las algo más de cuatrocientas páginas que transcurren en un suspiro. Que nadie espere detalladas descripciones o divagaciones cuyo objeto único es engordar la trama sin ofrecer nada a cambio salvo unos cientos de páginas más hasta llegar a esas 600 que tanto gustan a muchas editoriales. No, Arthur Gunn sabe cómo se construye una obra de estas características y se aplica a ello a conciencia, consiguiendo un resultado altamente satisfactorio en todos sus aspectos.

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Un thriller de manual: “El Club de los Mejores”, de Arthur Gunn

Un autor felizmente reeditado: Charles Williams y “El arrecife del Escorpión”


arrecifeSi hay un autor de novela negra injustamente olvidado, ese no es otro que Charles Williams, texano de nacimiento y marino de vocación hasta el punto de hacer del mar el escenario -además de ser un personaje más- recurrente de su obra, un curioso y exótico contraste cuando el común de los lectores asocia el género al entorno más puramente urbano.

Entre los títulos más conocidos de su producción destacamos, obviamente, El arrecife del escorpión, publicada originalmente en 1955 y reeditada felizmente ahora en España por Medianoche Editorial. Otros títulos del autor que merecerían volver a salir a la superficie son, por ejemplo, Dead Calm (Mar calmo en España, en edición de Tiempo Contemporáneo de 1963) o The sailcloth Shroud (publicada en la mítica Biblioteca Oro de la editorial Molino en 1961 con el título de Por mortaja una vela). Al tiempo.

Recibo con alegría, pues, la iniciativa de esta editorial de recuperar la obra de un autor perteneciente a la segunda hornada de escritores de novela negra, a la altura de los Jim Thompson, James M. Cain, Horace McCoy o Ross Macdonald.

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Un autor felizmente reeditado: Charles Williams y “El arrecife del Escorpión”