Unos mejillones de Galway con Dolores O’Riordan


“El Malone se diferencia en apariencia muy poco de las otras decenas de tabernas irlandesas de la ciudad y de las miles del país y tal vez de las decenas de miles del mundo: iluminación más bien escasa, mucha madera, decoración recargada que pretende que te sientas como en casa -si yo metiera en mi palafito la cuarta parte de los cachivaches que veo ahora mismo a mi alrededor me tendría que salir a dormir a la terraza-, fotografías de tipos con gorra transportando barriles de cerveza por el interior de una fábrica, cierto olor a humedad característico…

Tal vez los hechos diferenciales de esta que nosotros frecuentamos por estar junto al Cuartel sean que su propietario, Sean, sea un nativo de Galway y que demuestre cierto gusto por la música clásica irlandesa, entendiendo como tal que todo lo posterior a The Cranberries para él es música moderna e insoportable. En estos momentos suena, precisamente, Zombie, pero no es casualidad, es que casi siempre suena Zombie en este local.

También son marca de la casa las cinco pantallas de televisión en las que siempre, siempre, pasan la misma película por cuyo título, por cierto, jamás he preguntado ni al dueño ni a las camareras. Pero me gusta -aunque la emitan sin sonido y no sepa de qué va- porque en ella aparece, junto a una guapa pelirroja que se da cierto aire a mi subteniente, aquel actor más alto que el caballo que montaba en las muchas películas del oeste que vi de crío con mi padre, si bien debe de ser una película rara en su producción pues no sale disfrazado de vaquero sino más bien en un bar con otros consumidores habituales de cerveza negra”.

Fragmento de mi segunda novela (todavía inconclusa) protagonizada por Ulises Sopena, capitán de la Policía Fluvial Metropolitana de la Zaragoza de 2041.

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Pilgrim, casi 900 páginas de diversión garantizada


De sobras es conocida mi aversión por las novelas de cierta extensión. En tiempos mi límite estaba en 400 páginas, de ahí bajé a 300 y, será la vagancia que cada día se hace más fuerte en mí, últimamente con novelas de 200 páginas ya voy servido.

Entonces, te preguntarás tal vez, ¿qué coño hace este hombre hablando de una novela de casi 900 páginas?

Vale, pues te diré que si hubiera sido en papel no la compro ni harto de vino, pero que siendo un ebook (que, como el saber, no ocupa lugar), estando de ofertón (habitualmente a más de 14 euros, una barbaridad, pero a menos de 2 el día que la adquirí), teniendo una buena crítica por parte del colega Torrijos y habiendo leído algunas recomendaciones de otros amigos lectores, pues uno se lía la manta a la cabeza, la descarga en el iPad y se dice que, cuando no tenga nada mejor que hacer…

No miento: 1.89 € por casi 900 páginas el 26 de octubre de este mismo año

Y el día que no tenía nada mejor que hacer llegó. El 8 de diciembre, para ser exactos y, como dije en Twitter, tantas horas de vuelo lector te hacen comprender que estás ante algo que tal vez no sea Literatura con mayúsculas (aunque esté excelentemente escrita) pero que lo vas a pasar pipa con un thriller de manual y un protagonista que te va a llevar de la ceca a la meca a toda pastilla, que vas a hacer más kilómetros que el baúl de la Piquer y que, muy mal tienen que darse las cosas, acabarás derrengado, agotado pero sumamente satisfecho.

Y así ha sido: tras cinco días de lectura en huecos sueltos (cada vez más prolongados por la imposibilidad material de soltar el libro), puedo decir que he disfrutado como un niño con este protagonista que usa más seudónimos que mi admirado Westlake, un tipo que no se sabe exactamente qué es (sí, agente de la inteligencia norteamericana, pero no exactamente de la CIA sino mucho más allá de la CIA) pero que nos cuenta, en primera persona, la persecución más vertiginosa e implacable que he leído nunca, la misión abocada al fracaso desde el primer momento (con las terribles consecuencias que ello tendría) si no fuera porque Pilgrim es mucho Pilgrim.

Acabo la lectura a las 00.30 del jueves 14 de diciembre y me voy a la cama en paz: mientras haya agentes como éste, el mundo occidental puede respirar tranquilo.

“El marciano” o el infinito poder de la cinta aislante


Andaba yo hace unos días vagando (nunca mejor dicho) por el espacio interestelar de Facebook cuando una publicación del amigo Javi de Ríos me llamaba la atención: la novela El marciano, de Andy Weir, a la venta en Amazon por menos de dos euros. De inmediato me dije que por ese precio bien podía realizar el esfuerzo supino de hacer un clic de ratón: esa novela (cuya adaptación a la pantalla grande no había visto) podía suponer un buen descanso entre tanto asesinato como suelo leer a diario en el género que más frecuento.

No soy un lector habitual de ciencia ficción aunque, lógicamente, he hecho unas cuantas incursiones en él. Todo muy básico, no te vayas tú a pensar: Isaac Asimov, Arthur C. Clark, Douglas Adams (flipante su autoestopista galáctico), Stanislaw Lem, las ovejas eléctricas de Philip K. Dick y para de contar. Bueno, también están las novelas de a duro de Bruguera y similares que me dejó en herencia mi tía María y que firmaban autores puramente anglosajones como Curtis Garland, Clark Carrados, Ralph Barby y otros, pero eso ya es otra historia.

El planteamiento de la novela es sencillo: Mark Watney forma parte de una de las primeras expediciones al planeta Marte y queda abandonado a su suerte cuando el resto de la tripulación se enfrenta a una terrible tormenta dando por fallecido a su compañero. Pero no, milagrosamente sobrevive para enfrentarse a más de quinientos soles (la medida utilizada en el planeta rojo para contabilizar los días) armado con su formación como ingeniero, sus amplios conocimientos de botánica y un afilado sentido del humor. Ah, la infravalorada cinta aislante también le echa un cable en momentos clave, demostrando que, en ocasiones, las soluciones pequeñas pueden resolver grandes problemas (pensamiento filosófico del día).

El paralelismo de la novela con el Robinson Crusoe de Defoe es evidente, como dicen que también lo es con el Náufrago de Tom Hanks (pero es que yo no veo películas de Tom Hanks, como tampoco veo las protagonizadas por Meryl Streep; por cierto, acabo de leer mientras escribo estas líneas que Spielberg los ha juntado en su próxima película, que no veré por tanto por un doble motivo) y, como a Crusoe, a Watley se le abre el cielo cuando encuentra alguien con quien hablar: el náufrago del siglo XVIII en la persona de Viernes y el del siglo XXI en la del equipo de la NASA en Houston con quienes consigue establecer contacto gracias a su alucinante ingenio. No es que eso le suponga a priori mayores probabilidades de supervivencia pero, al menos, ya tiene alguien a quien contar sus cuitas, algo inherente a la naturaleza humana.

La novela es durilla, ya no porque su lectura sea compleja sino porque está muy bien documentada y tal vez las especificaciones técnicas la hacen ardua en algunos momentos en su afán de convertir una historia increíble en algo dotado de verosimilitud, pero para eso se inventó la lectura en diagonal, ¿no? En todo caso, la he disfrutado y mucho, y no descarto seguir la trayectoria de Weir en su siguiente novela que acaba de publicarse hace unos días en inglés (yo, obviamente, me esperaré a que alguien me la traduzca, mi conocimiento del idioma no da para mucho más que pedir unas pintas y un fish and chips en un pub británico): Artemis, ambientada en la primera ciudad habitada de la Luna y que parece tener cierto toquecillo criminal.

Al tiempo.

 

¿Pero qué he hecho yo para padecer el bloqueo del lector?


Sí, del lector, no de ese otro del que tanto se quejan los escritores (que también padezco pero, en este caso, no por falta de ideas sino por escasez de tiempo para desarrollarlas ante el teclado del ordenador) sino del que afecta a muchos lectores habituales que, en algún momento de su vida, sienten que ya nada es como antes.

Bueno, tal vez me esté poniendo demasiado dramático, pero para alguien que se recuerda siempre a sí mismo con la nariz metida entre las páginas de un libro (aunque últimamente me sienta más cómodo ante los píxeles del iPad que se ha convertido en mi soporte de lectura preferido) resulta muy duro comprobar cómo la pila de lecturas pendientes va creciendo al tiempo que disminuyen las ganas de leer cualquiera de los elementos que la componen.

Por qué a mí, si llevo leyendo casi diariamente desde los ocho años, si en la infancia devoré todo lo comestible que había por las estanterías de mi casa y que resultaba adecuado para mi edad (algunos libros releídos en un reto que me impuse al cumplir los cincuenta); por qué a mí, si tras un tiempo de leer compulsivamente tebeos de tipos enfundados en mallas de colorines decidí que aquello no era serio y que había que dedicarse a la “literatura” de verdad; por qué a mí, si desde los treinta el 95 % de mis lecturas contienen algún muerto entre sus páginas…

Ojocuidao llegados a este punto… ¿Y no será demasiado muerto?, me pregunto. ¿Y no serán demasiados libros en la pila de pendientes los que me provocan una cierta sensación de agobio, de considerarme incapaz de rebajarla salvo que…?

Salvo que decida acabar con ella de un manotazo o, siendo menos radical, escondiéndola en un armario; salvo que la quite de mi vista durante un tiempo; salvo que vuelva a las viñetas durante una temporada, hasta que los libros (las novelas) vuelvan a mí.

Estamos trabajando en ello, con lecturas placenteras como la Cámara obscura de Cyril Bonin, desasosegantes como el Maus de Art Spiegelman, inquietantes y sanguinarios como el From Hell de Alan Moore y Eddie Campbell (sí, hasta este verano no lo había leído, qué pasa) y las que están por llegar y al menos ya en mi lista de deseos (mi librero comiquero se va a poner contento).

Cualquier “sacrificio” es poco si con ello consigo quitarme de encima este maldito bloqueo del lector que comienza a preocuparme por encima de mis posibilidades de preocupación

Cómo meter 15 personajes en una estupenda novela de tan solo 150 páginas


Ciertamente, cada día aprecio más la brevedad y huyo como de la peste de las novelas de más de 300 páginas. Antes mi límite estaba entre 400 y 500 salvo honrosas excepciones Debo estar envejeciendo y veo que dispongo de menos tiempo de vida para demasiadas novelas pendientes de leer. Y las que irán llegando.

Ciertamente también, cada vez aprecio más las tramas protagonizadas por delincuentes -de baja o alta estofa- y en las que las fuerzas de orden público no hacen acto de presencia ni para redactar informe de lo sucedido.

Todo eso es Conduce rápido, novela de Diego Ameixeiras editada en gallego en 2014 y que ahora, a través de Akal serie Negra podemos disfrutar en castellano.

Lee la reseña completa en Calibre .38.

Cuando el lobo es mucho más que un lobo para el hombre


Con cierto retraso (no se puede estar en todo) recupero mi costumbre de incorporar a este mi/vuestro blog parte de las reseñas que escribo para Calibre .38, en este caso la de una de las novelas leídas en verano, obra del prolífico y siempre eficaz José Luis Muñoz, que nos trae en esta ocasión a uno de los mayores depredadores de la historia reciente: el doctor Aribert Ferdinand Heim.

“Aribert Ferdinand Heim y sus múltiples personalidades, o encubridores, o dobles, en una huida sin fin que comenzó a principios de los sesenta al ser descubierto por uno de sus pacientes ejerciendo como ginecólogo en Baden-Baden y que nunca tuvo fin pues, si bien es probable que, por edad, ya haya fallecido, jamás ha llegado a encontrarse su cadáver si bien se ha certificado su supuesta muerte en alguna ocasión y hay quien afirma haberle asesinado ya hace unas cuantas décadas”.

La reseña completa, lo dicho, en Calibre .38.

 

Sin sorpresas: lo más visto en mi Instragram en octubre es…


Retomo con mesura mi cuenta de Instagram y observo (como intuía) que se “me quiere” más por mis libros que por otras facetas de mi vida con un smartphone en la mano.

Así, mis tres publicaciones más likeadas del mes son:

Llega la peli, buen momento para reeditar la #novela. #cine #film #books #libros

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Editada en Argentina hace unos meses, en España estará en breve. En mis estanterías, ya. Mola. Román Sabaté entra al mundo de la política casi por casualidad, pero es allí donde se sella su destino. La permanente tensión entre la necesidad de trabajo de un joven de provincia y las ocultas intenciones del político que lo ha elegido como secretario privado es lo que mueve los hilos de esta novela: dos hombres en conflicto en una historia en la que hasta la paternidad está en juego. Magia, doble discurso o crimen, todo vale. Las maldiciones desnuda la verdad de la llamada "nueva política", basada en un pragmatismo absoluto que esconde la inescrupulosidad del engaño y la ambición sin límites. Claudia Piñeiro ha escrito una novela certera, conmovedora y actual, que pone el foco en las perversiones de los gobernantes, pero que también les hace lugar a las historias de lealtad y amor más verdaderas. #novelanegra #libros #books #encontradoenmibuzón

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Veremos que nos depara el mes de noviembre.

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Mis inacabados peñazos literarios: “Mason y Dixon”, de Thomas Pynchon


Leo en esta entrada de Pijama Surf una relación de novelas interminables (que no una interminable relación de novelas) y compruebo que mi incultura literaria gana enteros día a día, pues de la decena de títulos citados tan solo tres han pasado por mis ojos: Don Quijote de la Mancha (leído en dos ocasiones, la primera por obligación y la segunda por placer), Moby Dick (no recuerdo si lo terminé o no, la verdad) y el famoso e insoportable Ulises de Joyce, iniciado en dos ocasiones y dejado por imposible las dos, y eso que incluso visité los santos lugares dublineses por aquello de ver si así me metía en situación.

Pues bien, veo la apuesta y añado otro más, un libro de un enigmático escritor a quien todo cultureta de bien dice haber leído pero que me da a mí que… El señor en cuestión, don Thomas Pynchon. El tocho, Mason y Dixon, casi 1000 páginas sobre la vida y obra de Charles Mason y Jeremiah Dixon, responsables del trazado de la línea ferroviaria entre Pennsylvania y Maryland.

Mil páginas de las que, confieso medio avergonzado, solo pude leer 99 (todavía tengo el punto de lectura allí donde la dejé hace más de 15 años). Por cierto, lo abro de nuevo al redactar esto y compruebo, alucinado, que el ejemplar me costó, en su día (mayo de 2001) la friolera de 4000 pesetas (¿todavía había pesetas en 2001?).

Habrá que poner remedio a semejante despilfarro. Al menos, intentarlo de nuevo. Pero no será hoy. Tal vez, mañana. O al otro: si Mason Y Dixon han estado esperándome tanto tiempo, por otros 13 años tampoco pasará nada, ¿no?

Por cierto, ¿te atreves a confesar cuáles son tus incabados peñazos literarios? Si me animo, igual abro sección en este blog y voy contando sobre mis miserias lectoras de vez en cuando.

Cuando los títulos no son lo que parecen: “Tres cerditos”, de Apostolos Doxiadis


¿Qué haríamos si supiéramos cuándo vamos a morir?

Benvenuto Franco, un zapatero y emigrante italiano que ha americanizado su nombre por el de Ben Frank, amargado por las deudas y la pérdida de su esposa, mata en una pelea de bar al único hijo de Tonio Lupo, un temido capo de la mafia neoyorquina. De nada le sirve el ser condenado, Lupo le lanza una “maledizione”: sus tres hijos serán asesinados cuando cumplan la edad de cuarenta y dos años, la que tenía el suyo al morir. Le encomienda su venganza a un sicario, Peppe Terranova.

Los hijos de Frank, como los tres cerditos del cuento, construyen sus defensas para evitar ser asesinados: acumulando una fortuna para pagarse la seguridad, refugiándose como artista en el glamour de Hollywood para hacerse invulnerable, cambiando de identidad… Pero, ¿podrán sobrevivir a la maldición? ¿Podrán evitar su cita fatal con el destino?

Situada en la primera mitad del siglo XX, con notas de jazz de fondo y referencias históricas a la ley seca, el cine mudo, el colonialismo, el fascismo…, Apostolos Doxiadis construye en “Tres cerditos” una absorbente novela de intriga y de aventuras, que es además una original reflexión con tintes de tragedia griega sobre el destino, la suerte y la libre elección. Una fábula en clave moderna sobre la eterna cuestión de cómo poder engañar a la muerte.

17 años después, Lisboa vuelve al papel


En junio de 2000 se ponía a la venta mi primera novela, una historia que había comenzado a escribir tres años antes (veinte ya, qué barbaridad): El último avión a Lisboa.

A pesar de no pretenderlo, a pesar de que todavía no estaba volcado al 100 % en el género criminal, la cabra tira al monte y, sobre todo en su segunda mitad, la novela fue adquiriendo tintes negros o, al menos, de un gris muy oscuro.

La editorial desapareció, cuenta la leyenda que la edición se agotó y es ya difícil encontrarla en librerías ni siquiera de segunda mano. Es por eso que, hace unos años, quise darle una segunda vida, esta vez digital, a través de la editorial Literaturas com Libros (en la que puedes encontrar igualmente el resto de mis novelas en formato ebook), para la que reescribí la novela de principio a fin: el mismo fondo, la misma historia, los mismos personajes con sus mismas relaciones pero adaptada a mi nueva manera de ver las cosas y, sobre todo, corrigiendo esas carencias literarias que tenía la primera versión y que el editor, en su momento, no supo o quiso ver.

Pues bien, consciente de que todavía hay muchos lectores que prefieren lo físico a lo inmaterial, 17 años después de esa edición original, 20 después de su concepción, Lisboa, mi Lisboa, vuelve al papel aprovechando las posibilidades de la impresión bajo demanda, a un precio que considero muy razonable (10 eurillos, un par de copas en un bar barato) y al alcance de un clic de ratón.

En cuanto a las virtudes de la novela, no diré nada al respecto, simplemente me permito enlazar lo que en su día comentó sobre ella David Gómez en su blog Cruce de caminos o Marta Marne en el imprescindible Leer sin prisa.

Y ahora, si te apetece, no tienes más que seguir este enlace y hacerte con un ejemplar que te llegará a tu domicilio en 4 o 5 días. Por supuesto, el ebook sigue estando disponible para que puedas elegir según tus preferencias.

¿Me acompañas en este viaje a Lisboa?