¿Pero qué he hecho yo para padecer el bloqueo del lector?


Sí, del lector, no de ese otro del que tanto se quejan los escritores (que también padezco pero, en este caso, no por falta de ideas sino por escasez de tiempo para desarrollarlas ante el teclado del ordenador) sino del que afecta a muchos lectores habituales que, en algún momento de su vida, sienten que ya nada es como antes.

Bueno, tal vez me esté poniendo demasiado dramático, pero para alguien que se recuerda siempre a sí mismo con la nariz metida entre las páginas de un libro (aunque últimamente me sienta más cómodo ante los píxeles del iPad que se ha convertido en mi soporte de lectura preferido) resulta muy duro comprobar cómo la pila de lecturas pendientes va creciendo al tiempo que disminuyen las ganas de leer cualquiera de los elementos que la componen.

Por qué a mí, si llevo leyendo casi diariamente desde los ocho años, si en la infancia devoré todo lo comestible que había por las estanterías de mi casa y que resultaba adecuado para mi edad (algunos libros releídos en un reto que me impuse al cumplir los cincuenta); por qué a mí, si tras un tiempo de leer compulsivamente tebeos de tipos enfundados en mallas de colorines decidí que aquello no era serio y que había que dedicarse a la “literatura” de verdad; por qué a mí, si desde los treinta el 95 % de mis lecturas contienen algún muerto entre sus páginas…

Ojocuidao llegados a este punto… ¿Y no será demasiado muerto?, me pregunto. ¿Y no serán demasiados libros en la pila de pendientes los que me provocan una cierta sensación de agobio, de considerarme incapaz de rebajarla salvo que…?

Salvo que decida acabar con ella de un manotazo o, siendo menos radical, escondiéndola en un armario; salvo que la quite de mi vista durante un tiempo; salvo que vuelva a las viñetas durante una temporada, hasta que los libros (las novelas) vuelvan a mí.

Estamos trabajando en ello, con lecturas placenteras como la Cámara obscura de Cyril Bonin, desasosegantes como el Maus de Art Spiegelman, inquietantes y sanguinarios como el From Hell de Alan Moore y Eddie Campbell (sí, hasta este verano no lo había leído, qué pasa) y las que están por llegar y al menos ya en mi lista de deseos (mi librero comiquero se va a poner contento).

Cualquier “sacrificio” es poco si con ello consigo quitarme de encima este maldito bloqueo del lector que comienza a preocuparme por encima de mis posibilidades de preocupación

Anuncios

Cómo meter 15 personajes en una estupenda novela de tan solo 150 páginas


Ciertamente, cada día aprecio más la brevedad y huyo como de la peste de las novelas de más de 300 páginas. Antes mi límite estaba entre 400 y 500 salvo honrosas excepciones Debo estar envejeciendo y veo que dispongo de menos tiempo de vida para demasiadas novelas pendientes de leer. Y las que irán llegando.

Ciertamente también, cada vez aprecio más las tramas protagonizadas por delincuentes -de baja o alta estofa- y en las que las fuerzas de orden público no hacen acto de presencia ni para redactar informe de lo sucedido.

Todo eso es Conduce rápido, novela de Diego Ameixeiras editada en gallego en 2014 y que ahora, a través de Akal serie Negra podemos disfrutar en castellano.

Lee la reseña completa en Calibre .38.

De Maurice Leblanc a Alcide Leblanc a través de las viñetas de Cyril Bonin


Tal día como hoy, 6 de noviembre, fallecía en 1941 y en la localidad francesa de Perpiñán, el escritor Maurice Leblanc, nacido en el seno de una acaudalada familia y quien, tras acabar los estudios de Derecho y trabajar algún tiempo sin demasiado interés en varias empresas de Ruán (su padre era armador de barcos en esa ciudad) decidió trasladarse a París e iniciar su carrera literaria.

Publica varios libros hasta que en 1904 recibe el encargo de escribir un cuento para la revista Je sais Tout: el cuento se titula El arresto de Arséne Lupin y supone el nacimiento -no previsto- de la larga carrera delictiva de este ladrón de guante blanco que se desarrollará a lo largo de casi 20 libros editados entre 1907 y 1935.

Y ha querido la casualidad que hace tan solo una semana terminará la lectura de mi último cómic, esta Cámara obscura de Cyril Bonin editado por Ponent Mon en el que además de la familia Dambroise (papel especial para la hija Séraphine y su tía Alma, mujer adelantada a su época, un espíritu inquieto que sirve de modelo para su sobrina, permanentemente enfrascada en sus lecturas) debemos reconocer el protagonismo del policía responsable de llevar a cabo una investigación con un aroma profundamente clásico (el robo de tres cuadros en la mansión familiar), un tipo altivo, hierático, que responde al nombre de Alcide Leblanc (el tipo del bombín en la viñeta central de esta página).

Historia muy correcta, costumbrista, con una familia adinerada pero no tanto (tiene mayordomo pero no ama de llaves o cocinera, como reconocerá con cierto pesar Simon, el padre de Séraphine y hermano de Alma) que rinde un claro homenaje al padre de Lupin como reconoce el propio autor en los agradecimientos y que me ha proporcionado un buen rato de lectura tras un periodo de cierto bloqueo lector del que tal vez hable en otro momento.

Bien por Leblanc, bien por Bonin.

Cuando el lobo es mucho más que un lobo para el hombre


Con cierto retraso (no se puede estar en todo) recupero mi costumbre de incorporar a este mi/vuestro blog parte de las reseñas que escribo para Calibre .38, en este caso la de una de las novelas leídas en verano, obra del prolífico y siempre eficaz José Luis Muñoz, que nos trae en esta ocasión a uno de los mayores depredadores de la historia reciente: el doctor Aribert Ferdinand Heim.

“Aribert Ferdinand Heim y sus múltiples personalidades, o encubridores, o dobles, en una huida sin fin que comenzó a principios de los sesenta al ser descubierto por uno de sus pacientes ejerciendo como ginecólogo en Baden-Baden y que nunca tuvo fin pues, si bien es probable que, por edad, ya haya fallecido, jamás ha llegado a encontrarse su cadáver si bien se ha certificado su supuesta muerte en alguna ocasión y hay quien afirma haberle asesinado ya hace unas cuantas décadas”.

La reseña completa, lo dicho, en Calibre .38.

 

Sin sorpresas: lo más visto en mi Instragram en octubre es…


Retomo con mesura mi cuenta de Instagram y observo (como intuía) que se “me quiere” más por mis libros que por otras facetas de mi vida con un smartphone en la mano.

Así, mis tres publicaciones más likeadas del mes son:

Llega la peli, buen momento para reeditar la #novela. #cine #film #books #libros

A post shared by Ricardo Bosque (@ricardo.bosque) on

Editada en Argentina hace unos meses, en España estará en breve. En mis estanterías, ya. Mola. Román Sabaté entra al mundo de la política casi por casualidad, pero es allí donde se sella su destino. La permanente tensión entre la necesidad de trabajo de un joven de provincia y las ocultas intenciones del político que lo ha elegido como secretario privado es lo que mueve los hilos de esta novela: dos hombres en conflicto en una historia en la que hasta la paternidad está en juego. Magia, doble discurso o crimen, todo vale. Las maldiciones desnuda la verdad de la llamada "nueva política", basada en un pragmatismo absoluto que esconde la inescrupulosidad del engaño y la ambición sin límites. Claudia Piñeiro ha escrito una novela certera, conmovedora y actual, que pone el foco en las perversiones de los gobernantes, pero que también les hace lugar a las historias de lealtad y amor más verdaderas. #novelanegra #libros #books #encontradoenmibuzón

A post shared by Ricardo Bosque (@ricardo.bosque) on

Veremos que nos depara el mes de noviembre.

Instagram

Sigue el blog (y mucho más) en Twitter, Google+ y Facebook

Mis inacabados peñazos literarios: “Mason y Dixon”, de Thomas Pynchon


Leo en esta entrada de Pijama Surf una relación de novelas interminables (que no una interminable relación de novelas) y compruebo que mi incultura literaria gana enteros día a día, pues de la decena de títulos citados tan solo tres han pasado por mis ojos: Don Quijote de la Mancha (leído en dos ocasiones, la primera por obligación y la segunda por placer), Moby Dick (no recuerdo si lo terminé o no, la verdad) y el famoso e insoportable Ulises de Joyce, iniciado en dos ocasiones y dejado por imposible las dos, y eso que incluso visité los santos lugares dublineses por aquello de ver si así me metía en situación.

Pues bien, veo la apuesta y añado otro más, un libro de un enigmático escritor a quien todo cultureta de bien dice haber leído pero que me da a mí que… El señor en cuestión, don Thomas Pynchon. El tocho, Mason y Dixon, casi 1000 páginas sobre la vida y obra de Charles Mason y Jeremiah Dixon, responsables del trazado de la línea ferroviaria entre Pennsylvania y Maryland.

Mil páginas de las que, confieso medio avergonzado, solo pude leer 99 (todavía tengo el punto de lectura allí donde la dejé hace más de 15 años). Por cierto, lo abro de nuevo al redactar esto y compruebo, alucinado, que el ejemplar me costó, en su día (mayo de 2001) la friolera de 4000 pesetas (¿todavía había pesetas en 2001?).

Habrá que poner remedio a semejante despilfarro. Al menos, intentarlo de nuevo. Pero no será hoy. Tal vez, mañana. O al otro: si Mason Y Dixon han estado esperándome tanto tiempo, por otros 13 años tampoco pasará nada, ¿no?

Por cierto, ¿te atreves a confesar cuáles son tus incabados peñazos literarios? Si me animo, igual abro sección en este blog y voy contando sobre mis miserias lectoras de vez en cuando.

Cuando los títulos no son lo que parecen: “Tres cerditos”, de Apostolos Doxiadis


¿Qué haríamos si supiéramos cuándo vamos a morir?

Benvenuto Franco, un zapatero y emigrante italiano que ha americanizado su nombre por el de Ben Frank, amargado por las deudas y la pérdida de su esposa, mata en una pelea de bar al único hijo de Tonio Lupo, un temido capo de la mafia neoyorquina. De nada le sirve el ser condenado, Lupo le lanza una “maledizione”: sus tres hijos serán asesinados cuando cumplan la edad de cuarenta y dos años, la que tenía el suyo al morir. Le encomienda su venganza a un sicario, Peppe Terranova.

Los hijos de Frank, como los tres cerditos del cuento, construyen sus defensas para evitar ser asesinados: acumulando una fortuna para pagarse la seguridad, refugiándose como artista en el glamour de Hollywood para hacerse invulnerable, cambiando de identidad… Pero, ¿podrán sobrevivir a la maldición? ¿Podrán evitar su cita fatal con el destino?

Situada en la primera mitad del siglo XX, con notas de jazz de fondo y referencias históricas a la ley seca, el cine mudo, el colonialismo, el fascismo…, Apostolos Doxiadis construye en “Tres cerditos” una absorbente novela de intriga y de aventuras, que es además una original reflexión con tintes de tragedia griega sobre el destino, la suerte y la libre elección. Una fábula en clave moderna sobre la eterna cuestión de cómo poder engañar a la muerte.

Relato: “De esta noche no pasa”


Esta noche lo ha vuelto a hacer. Y mira que se lo he dicho cientos de veces. Porque yo podré ser buena, pero tonta, no.

Ha salido de casa, como cada noche, a eso de las ocho y media, nueve menos cuarto. Primero da un paseo breve por las calles del barrio –acostumbra a elegir las menos iluminadas–, pero siempre termina en ese café que hay a dos manzanas de aquí. Yo no le he seguido nunca, hasta ahí podíamos llegar, pero son muchos años viviendo juntos como para no saber exactamente lo que hace en cada momento. Él estará como siempre, acodado en la barra, bebiendo una cerveza y fumando uno tras otro sus apestosos cigarrillos. Ella le estará mirando a través del cristal con esa cara lánguida que tan bien sabe poner, los ojos tristes y deseando que alguien se pare a su lado y le dé unos minutos de conversación.

Luego llegará con su maldito olor a tabaco y jurando que ni siquiera ha encendido un cigarrillo; como si yo no supiera que, si no fuera por fumar, para luego iba a tener tanto interés en sacar cada noche de paseo a la perra… pero de hoy no pasa: no pienso consentir que siga trayendo ese olor asqueroso que no hay manera de arrancar de las cortinas ni gastando un bote entero de ambientador.

17 años después, Lisboa vuelve al papel


En junio de 2000 se ponía a la venta mi primera novela, una historia que había comenzado a escribir tres años antes (veinte ya, qué barbaridad): El último avión a Lisboa.

A pesar de no pretenderlo, a pesar de que todavía no estaba volcado al 100 % en el género criminal, la cabra tira al monte y, sobre todo en su segunda mitad, la novela fue adquiriendo tintes negros o, al menos, de un gris muy oscuro.

La editorial desapareció, cuenta la leyenda que la edición se agotó y es ya difícil encontrarla en librerías ni siquiera de segunda mano. Es por eso que, hace unos años, quise darle una segunda vida, esta vez digital, a través de la editorial Literaturas com Libros (en la que puedes encontrar igualmente el resto de mis novelas en formato ebook), para la que reescribí la novela de principio a fin: el mismo fondo, la misma historia, los mismos personajes con sus mismas relaciones pero adaptada a mi nueva manera de ver las cosas y, sobre todo, corrigiendo esas carencias literarias que tenía la primera versión y que el editor, en su momento, no supo o quiso ver.

Pues bien, consciente de que todavía hay muchos lectores que prefieren lo físico a lo inmaterial, 17 años después de esa edición original, 20 después de su concepción, Lisboa, mi Lisboa, vuelve al papel aprovechando las posibilidades de la impresión bajo demanda, a un precio que considero muy razonable (10 eurillos, un par de copas en un bar barato) y al alcance de un clic de ratón.

En cuanto a las virtudes de la novela, no diré nada al respecto, simplemente me permito enlazar lo que en su día comentó sobre ella David Gómez en su blog Cruce de caminos o Marta Marne en el imprescindible Leer sin prisa.

Y ahora, si te apetece, no tienes más que seguir este enlace y hacerte con un ejemplar que te llegará a tu domicilio en 4 o 5 días. Por supuesto, el ebook sigue estando disponible para que puedas elegir según tus preferencias.

¿Me acompañas en este viaje a Lisboa?

De magufos y riñones extirpados: “El costado derecho”, de Francisco Bescós


Lo que tienen las malas rachas es que uno sabe cuándo comienzan pero jamás cuándo van a llegar a su fin. La de Carlos Nogueroll comenzó en el momento en su mujer, Ángela, le obligó a deshacerse de su Honda CBR 900 -“date cuenta, cariño, que tienes un hijo y tu hijo no te necesita muerto y, todavía menos, paralítico de por vida”- al tiempo que la Thermomix entraba en su hogar.

Con esas premisas, lo menos que te puede pasar es que, siendo constructor, te pille de lleno la burbuja inmobiliaria y pierdas el negocio, te separes de la mujer y pierdas la casa y el hijo, comiences a trabajar en la sección de materiales de construcción de Leroy Merlin y pierdas un riñon por un error médico cuando lo único que pretendías es que te eliminasen unas piedrecillas de nada.

¿Se puede perder algo más en esta vida? Pues sí, la cordura, algo que puede suceder si tienes un compañero magufo dispuesto a convencerte con “pruebas irrefutables” de que, de error, nada. De que si te han pagado una indemnización sin discutir es porque no les interesa ir a juicio y que se descubra todo lo que hay detrás de una trama criminal que llega desde las entrañas del CSIC hasta la probadísima colaboración con entes extraterrestres. De que deberías averiguar todo lo posible acerca de la identidad del afortunado receptor de tu sanísimo riñón.

Francisco Bescós (VIII Premio Internacional Ciudad de Carmona con El baile de los penitentes) desarrolla en El costado derecho una historia francamente original, triste en su fondo por todo lo que supone el drama que sufre Nogueroll (y todos podemos ser un poquito noguerolles en estos tiempos de precariedad absoluta que nos ha tocado vivir) pero divertida por la forma en que está contada (o porque en España somos especialistas en reírnos de nuestras desgracias), surrealista por momentos, melancólica en los recuerdos de juventud del protagonista, cercana a la locura cuando éste se plantea que el trasplante de un órgano puede derivar en el trasplante de una personalidad, de lo que siempre quisiste tener y alguna vez tuviste, un descenso a los infiernos que adquiere toques de thriller (o algo así) sobre todo en su tercio final, cuando a cada paso que da Nogueroll más cosas se derrumban a su alrededor hasta el cataclismo final y solo tiene algo a lo que aferrarse: un simple cutter comprado en la sección de ferretería de la tienda en la que trabaja.

Queda algo más no obstante: la luz, la luz siempre al final del túnel.

Queda esperanza. Al menos con eso me quiero quedar de esta impecable segunda novela de Francisco Bescós.