Archivo de la categoría: Literatura

Novela: “No te sientes de espaldas a la puerta”, de David de la Torre


El mayor crimen es el que atenta contra la conciencia, y la de Liberto Johnson hace mucho tiempo que no duerme tranquila. En el Nueva York de los años 70, este inspector de policía se bate entre sus casi extintos valores para sobrevivir y la lucha interna por el modo de hacerlo. Trabajando junto a su compañera Donna, un crimen removerá sus entrañas mostrándole una realidad incómoda pero inevitable. Alguien le vigila de cerca y él no lo sabe, hasta que el cadáver de una joven aparece cerca de un teatro regentado por una de las familias más poderosas de la ciudad. La investigación para resolverlo colocará sobre la mesa del Pleasant, un restaurante de mala muerte situado en pleno Little Italy, las cartas con las que tendrá que jugar una partida con la muerte. Pero él desconoce que esas cartas ya están marcadas.

No te sientes de espaldas a la puerta es una novela construida sobre los cimientos de una época difícil, intensa y asfixiante, donde el dinero, la traición y el poder pueden arruinar una buena carrera policial.

No te sientes de espaldas a la puerta
David de la Torre
Playa de Ákaba

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Novela: “La crueldad de abril”, de Diego Ameixeiras


Un crimen absurdo, sin sentido, de tercera (como mucho de segunda, dependiendo de si se tiene cubierta o no la cuota de «buena conciencia» del día), pues a eso es a lo máximo que podría aspirar en cualquier medio la noticia de un par de sintechos muertos en un incendio de una pequeña ciudad.

Una historia negra, densa como la pez, sobre lo sórdido del alma humana. Una historia dura, sin concesiones, en la que la redención, cualquiera que sea, no tiene cabida (¿acaso la encontramos en el mundo que nos rodea, mundo no apto para almas sensibles?). Un relato devastador que proyecta una luz de una claridad inmisericorde sobre la podredumbre de nuestra sociedad, la cotidiana, la tuya y la mía (no se engañe el lector: así es, por mucho que sus «protagonistas» parezcan pertenecer a esa zona marginal dentro de lo marginal que sólo habitan los perdedores), no la de los chivos expiatorios que solemos elegir para acallar nuestras conciencias, esa clase alta de políticos, empresarios, especuladores… «carentes de corazón», como si nosotros, en nuestro insignificante anonimato (bonita y cómoda coartada), lo tuviésemos. Y, con todo, es un texto atravesado por un sorprendente y perturbador lirismo, que contribuye a crear un relato incómodo, pero emocionante y conmovedor.

La crueldad de abril
Diego Ameixeiras
Akal

Novela: “Matamoscas”, de Dashiell Hammett y Hans Hillman


«A Babe le gustaba Sue. A Vassos le gustaba Sue. A Sue le gustaba Babe. Y eso no agradaba a Vassos. Los celos minaron el juicio del griego…»

Sue Hambleton, una muchacha rebelde de familia acomodada, se había fugado. Harta de la ostentación de la Quinta Avenida de Nueva York, redirigió su vida hacia los callejones oscuros de una San Francisco vista desde abajo, repleta de gánsters, prostitutas e impostores. Tras su repentina desaparición, y contratado por el padre de la muchacha, el agente de la Continental —detective privado duro e implacable, arquetipo del subgénero hard boiled, creado por el propio Hammett— deberá resolver el caso.

Durante siete años, Hans Hillman, considerado el Saul Bass del cartelismo cinematográfico europeo, elaboró para Matamoscas más de doscientas cincuenta acuarelas en una extensa gama de grises. Con sus sorprendentes planos de cámara —zoom, corte, plano general, corte, primer plano—, colocó literalmente a Hollywood a la sombra del deslumbrante sol de una áspera California, abarrotada de criminales de poca monta: «Escogí Fly Paper —confesó Hillmann— a finales de 1975 de entre una lista de títulos en los que me interesaba trabajar, porque quería desarrollar un proyecto de libro que secuenciara la historia a la manera del cine. Lo que más me gusta de Matamoscas es que todo luce un poco desgastado, miserable, casi como la vida real de aquella época. No hay gente demasiado pobre o rica, no hay detectives “superhombres”, ni nada excepcional del lado de los criminales.»

Una magistral adaptación del relato de Hammett que supone, al mismo tiempo, una obra precursora de la novela gráfica —a la par que Contrato con Dios de Will Eisner— y un colosal homenaje a la ficción detectivesca.

Matamoscas
Dashiell Hammett y Hans Hilmann
Libros del Zorro Rojo

Cómic: “Dr. Uriel”, de Sento


El verano de 1936, Pablo Uriel, un joven de veintidós años recién licenciado en Medicina, empezaba ilusionado su andadura profesional y se enfrentaba a su primer destino como médico. En ese momento no podía ni imaginar que, de repente, su vida y la de todo el país se iba a convertir en una terrible pesadilla.

Los testimonios minúsculos, como el suyo, no suelen figurar en los grandes libros de Historia y acaban desapareciendo… Pero Sento se ha encargado de que, ochenta años después, la pequeña gran historia del doctor Uriel sea difícil de olvidar. Publicado originalmente en tres tomos –Un médico novato, Atrapado en Belchite y Vencedor y Vencido–, Doctor Uriel recopila la historia completa en este integral cuyo primer tomo ganó el Premio Internacional Fnac-Sins Entido de Novela Gráfica en 2013.

Aún en plena dictadura el doctor Uriel consiguió escribir sus memorias que vieron la luz en una pequeña edición familiar publicada en 1988, dos años antes de su muerte.
Sento Llobell, autor de la trilogía y yerno de Uriel confiesa que “cuando leí las memorias me quedé impresionado. Siempre pensé que tenía que hacerlo”.

Dr. Uriel
Sento
Astiberri

Novela: “Las niñas de Cádiz”, de David Monthiel


En medio de un tórrido verano de levante, el detective Rafael Bechiarelli recibe el encargo de buscar a Francis Scarfe, un ilustre ahijado inglés de Cádiz que ha desaparecido sin dejar rastro. Los informadores habituales de Bechiarelli, los conocidos y vecinos de Scarfe: todos apuntan a que se ha esfumado por culpa de una mujer fatal, una suerte de Carmen o de lovely girl of Cadiz, como las llamaba Lord Byron. Pero Bechiarelli, en su búsqueda, sólo se encuentra con las verdaderas « niñas de Cádiz » y, tras la pista de Scarfe, se verá obligado a realizar una road movie por la costa gaditana.

Saldrá a la luz entonces la sofocante realidad de toda la fauna veraniega (especuladores, turistas, neojipies, permacultoras, sirvientas, señoritos, catedráticos llanitos, inmigrantes y residentes míticos) y de los tópicos del aclamado paraíso turístico. Poco a poco, Bechiarelli va descubriendo que, conforme se acerque a la verdad, va a encontrar el verdadero souvenir envenenado del Cádiz que llaman Cadifornia.

Las niñas de Cádiz
David Monthiel
El Paseo Editorial

Unos mejillones de Galway con Dolores O’Riordan


“El Malone se diferencia en apariencia muy poco de las otras decenas de tabernas irlandesas de la ciudad y de las miles del país y tal vez de las decenas de miles del mundo: iluminación más bien escasa, mucha madera, decoración recargada que pretende que te sientas como en casa -si yo metiera en mi palafito la cuarta parte de los cachivaches que veo ahora mismo a mi alrededor me tendría que salir a dormir a la terraza-, fotografías de tipos con gorra transportando barriles de cerveza por el interior de una fábrica, cierto olor a humedad característico…

Tal vez los hechos diferenciales de esta que nosotros frecuentamos por estar junto al Cuartel sean que su propietario, Sean, sea un nativo de Galway y que demuestre cierto gusto por la música clásica irlandesa, entendiendo como tal que todo lo posterior a The Cranberries para él es música moderna e insoportable. En estos momentos suena, precisamente, Zombie, pero no es casualidad, es que casi siempre suena Zombie en este local.

También son marca de la casa las cinco pantallas de televisión en las que siempre, siempre, pasan la misma película por cuyo título, por cierto, jamás he preguntado ni al dueño ni a las camareras. Pero me gusta -aunque la emitan sin sonido y no sepa de qué va- porque en ella aparece, junto a una guapa pelirroja que se da cierto aire a mi subteniente, aquel actor más alto que el caballo que montaba en las muchas películas del oeste que vi de crío con mi padre, si bien debe de ser una película rara en su producción pues no sale disfrazado de vaquero sino más bien en un bar con otros consumidores habituales de cerveza negra”.

Fragmento de mi segunda novela (todavía inconclusa) protagonizada por Ulises Sopena, capitán de la Policía Fluvial Metropolitana de la Zaragoza de 2041.

Pilgrim, casi 900 páginas de diversión garantizada


De sobras es conocida mi aversión por las novelas de cierta extensión. En tiempos mi límite estaba en 400 páginas, de ahí bajé a 300 y, será la vagancia que cada día se hace más fuerte en mí, últimamente con novelas de 200 páginas ya voy servido.

Entonces, te preguntarás tal vez, ¿qué coño hace este hombre hablando de una novela de casi 900 páginas?

Vale, pues te diré que si hubiera sido en papel no la compro ni harto de vino, pero que siendo un ebook (que, como el saber, no ocupa lugar), estando de ofertón (habitualmente a más de 14 euros, una barbaridad, pero a menos de 2 el día que la adquirí), teniendo una buena crítica por parte del colega Torrijos y habiendo leído algunas recomendaciones de otros amigos lectores, pues uno se lía la manta a la cabeza, la descarga en el iPad y se dice que, cuando no tenga nada mejor que hacer…

No miento: 1.89 € por casi 900 páginas el 26 de octubre de este mismo año

Y el día que no tenía nada mejor que hacer llegó. El 8 de diciembre, para ser exactos y, como dije en Twitter, tantas horas de vuelo lector te hacen comprender que estás ante algo que tal vez no sea Literatura con mayúsculas (aunque esté excelentemente escrita) pero que lo vas a pasar pipa con un thriller de manual y un protagonista que te va a llevar de la ceca a la meca a toda pastilla, que vas a hacer más kilómetros que el baúl de la Piquer y que, muy mal tienen que darse las cosas, acabarás derrengado, agotado pero sumamente satisfecho.

Y así ha sido: tras cinco días de lectura en huecos sueltos (cada vez más prolongados por la imposibilidad material de soltar el libro), puedo decir que he disfrutado como un niño con este protagonista que usa más seudónimos que mi admirado Westlake, un tipo que no se sabe exactamente qué es (sí, agente de la inteligencia norteamericana, pero no exactamente de la CIA sino mucho más allá de la CIA) pero que nos cuenta, en primera persona, la persecución más vertiginosa e implacable que he leído nunca, la misión abocada al fracaso desde el primer momento (con las terribles consecuencias que ello tendría) si no fuera porque Pilgrim es mucho Pilgrim.

Acabo la lectura a las 00.30 del jueves 14 de diciembre y me voy a la cama en paz: mientras haya agentes como éste, el mundo occidental puede respirar tranquilo.

“El marciano” o el infinito poder de la cinta aislante


Andaba yo hace unos días vagando (nunca mejor dicho) por el espacio interestelar de Facebook cuando una publicación del amigo Javi de Ríos me llamaba la atención: la novela El marciano, de Andy Weir, a la venta en Amazon por menos de dos euros. De inmediato me dije que por ese precio bien podía realizar el esfuerzo supino de hacer un clic de ratón: esa novela (cuya adaptación a la pantalla grande no había visto) podía suponer un buen descanso entre tanto asesinato como suelo leer a diario en el género que más frecuento.

No soy un lector habitual de ciencia ficción aunque, lógicamente, he hecho unas cuantas incursiones en él. Todo muy básico, no te vayas tú a pensar: Isaac Asimov, Arthur C. Clark, Douglas Adams (flipante su autoestopista galáctico), Stanislaw Lem, las ovejas eléctricas de Philip K. Dick y para de contar. Bueno, también están las novelas de a duro de Bruguera y similares que me dejó en herencia mi tía María y que firmaban autores puramente anglosajones como Curtis Garland, Clark Carrados, Ralph Barby y otros, pero eso ya es otra historia.

El planteamiento de la novela es sencillo: Mark Watney forma parte de una de las primeras expediciones al planeta Marte y queda abandonado a su suerte cuando el resto de la tripulación se enfrenta a una terrible tormenta dando por fallecido a su compañero. Pero no, milagrosamente sobrevive para enfrentarse a más de quinientos soles (la medida utilizada en el planeta rojo para contabilizar los días) armado con su formación como ingeniero, sus amplios conocimientos de botánica y un afilado sentido del humor. Ah, la infravalorada cinta aislante también le echa un cable en momentos clave, demostrando que, en ocasiones, las soluciones pequeñas pueden resolver grandes problemas (pensamiento filosófico del día).

El paralelismo de la novela con el Robinson Crusoe de Defoe es evidente, como dicen que también lo es con el Náufrago de Tom Hanks (pero es que yo no veo películas de Tom Hanks, como tampoco veo las protagonizadas por Meryl Streep; por cierto, acabo de leer mientras escribo estas líneas que Spielberg los ha juntado en su próxima película, que no veré por tanto por un doble motivo) y, como a Crusoe, a Watley se le abre el cielo cuando encuentra alguien con quien hablar: el náufrago del siglo XVIII en la persona de Viernes y el del siglo XXI en la del equipo de la NASA en Houston con quienes consigue establecer contacto gracias a su alucinante ingenio. No es que eso le suponga a priori mayores probabilidades de supervivencia pero, al menos, ya tiene alguien a quien contar sus cuitas, algo inherente a la naturaleza humana.

La novela es durilla, ya no porque su lectura sea compleja sino porque está muy bien documentada y tal vez las especificaciones técnicas la hacen ardua en algunos momentos en su afán de convertir una historia increíble en algo dotado de verosimilitud, pero para eso se inventó la lectura en diagonal, ¿no? En todo caso, la he disfrutado y mucho, y no descarto seguir la trayectoria de Weir en su siguiente novela que acaba de publicarse hace unos días en inglés (yo, obviamente, me esperaré a que alguien me la traduzca, mi conocimiento del idioma no da para mucho más que pedir unas pintas y un fish and chips en un pub británico): Artemis, ambientada en la primera ciudad habitada de la Luna y que parece tener cierto toquecillo criminal.

Al tiempo.

 

¿Pero qué he hecho yo para padecer el bloqueo del lector?


Sí, del lector, no de ese otro del que tanto se quejan los escritores (que también padezco pero, en este caso, no por falta de ideas sino por escasez de tiempo para desarrollarlas ante el teclado del ordenador) sino del que afecta a muchos lectores habituales que, en algún momento de su vida, sienten que ya nada es como antes.

Bueno, tal vez me esté poniendo demasiado dramático, pero para alguien que se recuerda siempre a sí mismo con la nariz metida entre las páginas de un libro (aunque últimamente me sienta más cómodo ante los píxeles del iPad que se ha convertido en mi soporte de lectura preferido) resulta muy duro comprobar cómo la pila de lecturas pendientes va creciendo al tiempo que disminuyen las ganas de leer cualquiera de los elementos que la componen.

Por qué a mí, si llevo leyendo casi diariamente desde los ocho años, si en la infancia devoré todo lo comestible que había por las estanterías de mi casa y que resultaba adecuado para mi edad (algunos libros releídos en un reto que me impuse al cumplir los cincuenta); por qué a mí, si tras un tiempo de leer compulsivamente tebeos de tipos enfundados en mallas de colorines decidí que aquello no era serio y que había que dedicarse a la “literatura” de verdad; por qué a mí, si desde los treinta el 95 % de mis lecturas contienen algún muerto entre sus páginas…

Ojocuidao llegados a este punto… ¿Y no será demasiado muerto?, me pregunto. ¿Y no serán demasiados libros en la pila de pendientes los que me provocan una cierta sensación de agobio, de considerarme incapaz de rebajarla salvo que…?

Salvo que decida acabar con ella de un manotazo o, siendo menos radical, escondiéndola en un armario; salvo que la quite de mi vista durante un tiempo; salvo que vuelva a las viñetas durante una temporada, hasta que los libros (las novelas) vuelvan a mí.

Estamos trabajando en ello, con lecturas placenteras como la Cámara obscura de Cyril Bonin, desasosegantes como el Maus de Art Spiegelman, inquietantes y sanguinarios como el From Hell de Alan Moore y Eddie Campbell (sí, hasta este verano no lo había leído, qué pasa) y las que están por llegar y al menos ya en mi lista de deseos (mi librero comiquero se va a poner contento).

Cualquier “sacrificio” es poco si con ello consigo quitarme de encima este maldito bloqueo del lector que comienza a preocuparme por encima de mis posibilidades de preocupación

Cómo meter 15 personajes en una estupenda novela de tan solo 150 páginas


Ciertamente, cada día aprecio más la brevedad y huyo como de la peste de las novelas de más de 300 páginas. Antes mi límite estaba entre 400 y 500 salvo honrosas excepciones Debo estar envejeciendo y veo que dispongo de menos tiempo de vida para demasiadas novelas pendientes de leer. Y las que irán llegando.

Ciertamente también, cada vez aprecio más las tramas protagonizadas por delincuentes -de baja o alta estofa- y en las que las fuerzas de orden público no hacen acto de presencia ni para redactar informe de lo sucedido.

Todo eso es Conduce rápido, novela de Diego Ameixeiras editada en gallego en 2014 y que ahora, a través de Akal serie Negra podemos disfrutar en castellano.

Lee la reseña completa en Calibre .38.