Le atendió Ramiro B (y 56)


¿Quién podía suponer que mis intentos de emparejar a Carmen Lázaro pudieran terminar así? De acuerdo, a menudo las cosas no salen exactamente como uno las plantea, el azar siempre juega sus cartas como mejor le parece o tal vez a algún dios sí le guste echar una partidita de dados de vez en cuando. Pero es que lo de Carlos con mi clienta tiene coña.

Reconozco que al principio me hizo gracia ver a Carlos enamorado como un colegial, abriendo una sonrisa que se le salía de la cara cada vez que me decía que había quedado con Carmen. Que daba gusto verle acudir a sus citas hecho un pincel, bien planchado, rasurado como nunca… Que el amor le hacía más generoso y desprendido que nunca, circunstancia que me vino bien para darle un par de pequeños sablazos con los que arreglar cuentas con mi tarjeta de crédito.

Lo que ya no tuvo gracia es que, cuando le dije si no veía muy arriesgado compartir vida y piso con una mujer a la que sólo conocía desde hacía unas semanas, me contestara que para riesgo el que había asumido al aceptarme a mí como compañero de piso.

Y el remate ha llegado hoy y por partida doble, cuando he llegado a casa después de que Martín nos haya comunicado, con voz compungida y casi con lágrimas en los ojos, que la dirección ha decidido cerrar la tienda y que nos vamos todos a la calle. Eso ha sido lo de menos, de hecho ya me extrañaba a mí que un trabajo me durase tanto tiempo…

Pero al llegar a casa y encontrarme a Carmen y su hijo viendo la tele con Carlos, como una familia de las de toda la vida, ella bebiéndose mi cerveza, el crío comiéndose mis patatas fritas, he entendido que mi estancia allí había llegado a su fin.

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Me he ido a mi dormitorio, ya no desordenado con mis cosas sino con los enseres del chaval. He guardado lo poco que tengo en mi maleta, dos camisetas, cuatro sudaderas, tres pantalones y algunas mudas que guardo en la mesilla. Al vaciarla, ha aparecido un estúpido cartel que ya ni sabía que guardaba: “Escritor en paro necesita su ayuda. Gracias”.

Lo he metido en la maleta, encima de la ropa y he pensado que mañana toca madrugar y tratar de recuperar mi puesto de trabajo en las escaleras de acceso al Banco de Crédito Agrícola.

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Le atendió Ramiro B (55)


Tres semanas han sido suficientes para que el detective contratado por Luis presente su informe acerca de las actividades de Carmen Lázaro cada vez que sale de casa.

En ese estilo aséptico e impersonal propio de atestado de la policía –se recibe llamada telefónica, personados en el lugar de los hechos, el sujeto presenta patatín patatán y expresiones similares–, el detective informa a su cliente que, desde el día en que vio salir de la librería sita en blablabla al objetivo del seguimiento en compañía de un individuo de raza blanca, un metro ochenta de estatura, pelo castaño…, éste –el objetivo, o sea Carmen Lázaro, traduce Luis– ha sido visto en compañía de dicho individuo un día sí y otro también.

Luis pasa una vez más la mirada sobre el informe, leyendo con desgana los lugares en que el objetivo y el individuo de raza blanca han sido sorprendidos en actitud cariñosa. Contempla las numerosas fotografías que el detective ha sacado de la pareja. Y lee la carta de despedida que su mujer le dejó en la mesilla del dormitorio hace un par de noches, la carta que le confirmó que aquello no tenía vuelta atrás.

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Al otro lado de la mesa, su director financiero espera impasible a que Luis deje los informes, las fotografías y la carta y le dé alguna orden sobre lo que debe hacer. Luis guarda los documentos en un cajón de su escritorio, del que saca un folleto de propaganda de la tienda que ha provocado su definitiva separación.

Cuánto dices que vale la tienda, pregunta a su director financiero. El director consulta sus datos y responde sin dudar, pero la cantidad que sale de los labios de éste no le importa, sólo lo ha preguntado porque es lo habitual antes de cualquier operación comercial.

Véndela de inmediato, ordena.

Y las indemnizaciones de los trabajadores, pregunta el director financiero. Luis guarda silencio unos instantes pensando que cualquier dinero está bien empleado a cambio del cierre de la librería.

Eso no es asunto tuyo, arréglalo con el director de personal, replica antes de indicar con un gesto de la mano que la reunión ha concluido.

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Le atendió Ramiro B (54)


Manuel nunca se ha sentido la persona que está en el momento justo y en el lugar adecuado. Al contrario, considera que su vida es un llegar siempre tarde, un no estar donde debería, tal vez por mala suerte o tal vez porque una fuerza interior –el lado oscuro, quizás– le retiene, le inmoviliza el tiempo necesario para arruinar los planes que ha podido trazar.

Por eso no se ha extrañado cuando, al llegar a la librería, casi se da de bruces con una pareja que salía cogida del brazo. Iban a lo suyo, buscándose cada uno en los ojos del otro. El hombre le ha resultado un perfecto desconocido, jamás le había visto por allí; la mujer, en cambio, era clienta habitual y, a pesar de que su aspecto no respondía del todo con el descrito por Ramiro B, no ha dudado en ningún momento que se trataba de la Carmen Lázaro que le deja notas en los libros, la Carmen Lázaro que le había pedido una cita en la tienda a través de un vendedor de libros que nunca le ha terminado de caer demasiado bien.

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Ni siquiera le han mirado al cruzarse –el hombre no tenía por qué hacerlo, no le conoce de nada, pero de la mujer esperaba al menos un saludo–, han salido a la calle y lo último que Manuel ha podido ver son dos espaldas muy unidas por los hombros, como siameses que acabasen de conocerse, entrando en el café de la esquina.

Ha pensado en bajar al Infierno de los libros y asegurarse a través de Ramiro B de que había perdido una nueva oportunidad. Ha rectificado al imaginarse la posible reacción de un vendedor de libros que nunca le ha terminado de caer demasiado bien y del que es imposible saber nunca cómo puede reaccionar.

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Le atendió Ramiro B (53)


–Hola, soy Carlos… Manuel –se apresura a corregir su error inicial–. Tú debes ser Carmen, supongo.

Carmen ha pasado más de veinticuatro horas dudando entre acudir a la temeraria cita concertada telefónicamente con un desconocido o simplemente olvidarse del asunto. Más de un día diciéndose que por fin se hallaba ante la oportunidad tanto tiempo buscada en los libros que siempre lee, ante la posibilidad de vivir una aventura como esas con las que disfruta en el papel, ante la ilusión por tener un papel protagonista en uno de esos folletines amorosos.

Porque son muchos años los que le separan de Luis, su marido. No en cuanto a la edad, que prácticamente es la misma, sino en cuanto al tiempo que hace que las cosas ya no son como eran.

Porque ya no encuentra el refugio de su hijo, cada día más adulto y al que ya ni siquiera puede acompañar a los cumpleaños de sus compañeros de colegio, pues al chaval le da vergüenza que lo haga.

Y finalmente ha pensado que nada pierde conociendo a otro hombre que, al menos por teléfono, le ha parecido buena gente.

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Y ahora se ve en un culebrón más que en un folletín, con un tal Carlos Manuel como compañero de reparto. Habría preferido otro nombre más discreto, pero el chico es atractivo, algo menor que ella, parece decidido, con carácter… y tiene una sonrisa limpia que quiere seguir contemplando al menos unas horas más. Y luego ya se verá.

Le ha tendido la mano, le ha ofrecido sus mejillas y le ha invitado a tomar algo en una de las cafeterías de los alrededores.

Ramiro B les ha visto salir de la tienda sin podérselo creer. Y de pronto ha recordado que, al final, Carlos se ha ido sin comprar el libro para su compañero de oficina. Se ha ido hacia una de las estanterías del fondo de la tienda y ha elegido “Sueños de un seductor”, de Woody Allen. Total, no le cuesta nada llevárselo a casa al terminar la jornada y ha pensado que a Carlos le puede gustar el libro.

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Le atendió Ramiro B (52)


Carlos es el mejor compañero de piso que jamás habría podido esperar: limpio, ordenado, prudente, discreto, poco dado a meterse en mis asuntos, a interferir en mi vida…

Carlos está a punto de tirar por la borda en un segundo toda la imagen que me había forjado de él, en el segundo preciso en que ha decidido -o han decidido otros por él- aparecer en la tienda a comprar un libro para un compañero de oficina.

¡Un libro que no desentone con el aire comedido de la vivienda del obsequiado!

Claro que el pobre de Carlos nunca podía imaginar que su llegada a la tienda, a mi Infierno de los libros, coincidiría con el momento que llevo días esperando, el momento en que llegue de nuevo Carmen, radiante como nunca, indecisa como siempre, dispuesta a encontrar algo más que una buena novela que llevarse a los ojos.

Porque se le ve en los ojos: Carmen, hoy, viene a por más.

¿Habrá conseguido finalmente -quién sabe cómo- una cita con Frabra?

¿Se presentará también Fabra de un momento a otro?

Quiero decirle a Carlos que se quite de en medio, que no obstaculice mi campo de visión, que no se atreva a impedirme ver lo que pueda suceder a partir de ahora.

Quiero decirle que se aparte. Carlos me deja con la palabra en la boca.

¿Carlos? ¿Dónde te crees que vas, Carlos?

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Le atendió Ramiro B (51)


Ramiro B no es bueno disimulando y Carlos lo sabe. Como también es consciente de que su compañero de piso no se ha creído lo de que haya ido a comprar un libro, él que nunca ha demostrado el menor interés por la literatura.

Por eso comprende que mientras Ramiro B trata de sacarle información acerca del libro que, presuntamente, le han encargado comprar (no puede evitar sonreír al recordar la cara que ha puesto cuando, a la pregunta de qué libro quería, le ha respondido que uno que no fuera de un color demasiado chillón, que al del cumpleaños le van más los tonos suaves) lo que quiere saber es por qué ha aparecido realmente por la tienda. Y respuestas como la del color del libro no consiguen otra cosa, desde luego, que alimentar las sospechas del vendedor.

En varias ocasiones ha sorprendido Carlos a Ramiro B mirándole no a los ojos sino más allá de sus hombros, a un lugar indeterminado de la tienda. Y Carlos sabe qué es lo que busca o espera su amigo: la llegada de alguien relacionado con ese contestador automático que hace días instaló en su casa.

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Ramiro B se moverá en la incertidumbre acerca de quién pueda ser el primero en llegar a la tienda, si Carmen o Manuel. Carlos podría sacarle de dudas aclarándole que Manuel, o más bien alguien haciéndose pasar por él, lleva ya un rato hablándole de un libro de color no demasiado chillón que debería comprar para un compañero de oficina. Pero no quiere hacerlo, evidentemente, si no, se acabaría la diversión demasiado pronto. Y Carlos hace mucho que no ve a Ramiro B así de inquieto.

Cuando ve que el dependiente fija la mirada a sus espaldas, cuando percibe que sus orejas se han alzado como las de un perro en guardia, cuando deja una palabra inacabada en el aire, Carlos sabe que Carmen ha llegado por fin. Se gira y la ve bajando por las escaleras como una estrella del music-hall. O eso le parece a él, que se la llega a imaginar con sus lentejuelas y su casquete de plumas.

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Le atendió Ramiro B (50)


Reconocería esa parka color caqui en cualquier parte: la veo todas las noches colgada en la percha de la entrada junto a mi cazadora negra. Por la mañana, sin embargo, la parka y su dueño salen para el trabajo antes de que yo haya terminado de desayunar.

Por eso no he tenido que obligar a Carlos a girarse para saber que era él quien hablaba con Laura F mientras yo ordenaba los libros que los clientes devuelven a la estantería que no les corresponde tras decidir que no merece la pena llevárselos a casa.

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Me he colocado a sus espaldas, casi como si fuera una mochila estudiantil de las que suelen obstaculizar como trombos el pasillo central del autobús en el que vengo al trabajo. He empezado a hacerle caras a Laura F, que seguía atendiendo las palabras de sucliente-micompañerodepiso como si yo no estuviera allí. He tratado de escuchar lo que decía, si estaba preguntando por mí o simplemente pedía información sobre algún libro. Al final, no sé si advertido por aquel instinto arácnido que caracterizaba a Spiderman, Carlos ha debido notar mi presencia y se ha girado, colocando su cara griposa a un palmo de la mía.

¿No deberías estar en cama?, le he preguntado. Me ha respondido con una tos perfectamente dirigida a mi rostro y una explicación confusa acerca de algún libro que debía comprar como regalo para un compañero de la oficina. Que no me había visto en la tienda pero que esa compañera tan guapa que yo tenía le estaba atendiendo a la perfección.

¿Carlos piropeando a una dama? Este no es mi compañero que me lo han cambiado, he pensado de inmediato. He dirigido una sonrisa a la picarona de Laura F, he tomado a Carlos por el hombro y me lo he llevado a un lado y le he explicado que no está nada bien ir por las tiendas vacilando con las dependientas.

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Le atendió Ramiro B (49)


¡Cómo me gusta tener todo bajo control! ¡Cómo disfruto sabiendo que todo sigue el guión marcado! Que pronto, tal vez esta misma mañana, Carmen no resistirá la curiosidad de saber quién le deja notas en los libros que compra en esta librería. Como el que se llevó ayer por la tarde y que pude manipular precipitadamente mientras ella buscaba la tarjeta de compra en su cartera.

Cuando esta noche compruebe que la mosca ha caído en la red tejida en mi contestador, le devolveré la llamada, me convertiré en Manuel por unos minutos y le diré que mañana mismo, sin falta, nos veremos en la tienda. Que iré vestido con la ropa que tan bien me queda, la que le he recomendado a Manuel al verle por aquí –el pobre se ha quedado de piedra cuando le he dicho que una clienta me ha preguntado por él, que le gustaría verle una mañana de estas aunque no sabe exactamente cuándo podrá acercarse y que se le ve muy atractivo sin barba y con jersey negro, que parece mucho más joven.

Con esos pensamientos me he deleitado durante toda la jornada, que se me ha hecho más larga de lo habitual por las ganas que tenía de llegar a casa y lanzarme sobre el teléfono, ver la luz parpadeante y escuchar la voz –supongo que un tanto confusa e insegura– de Carmen.

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¡Qué desilusión al ver que nada de eso había sucedido! Le he preguntado a Carlos –que tenía una cara horrible, por cierto– si alguien había llamado en mi ausencia. Me ha contestado que cómo lo iba a saber él si acababa de llegar a casa minutos antes que yo. Y eso que ha estado a punto de volverse del trabajo antes de lo normal por el catarrazo que llevaba encima, pero que con todo el curro que tenía en la oficina le había sido imposible.

Me ha dado pena verle tan congestionado, le he preparado la infusión de eucalipto que me hacía inhalar mi abuela cuando era crío y le he mandado a la cama de inmediato. Incluso he sentido tentaciones de arroparle y plantarle un beso en la frente mientras le recitaba eso de “cura sana, cura sana…”.

Tampoco hay que pasarse, que luego se me acostumbra mal.

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Le atendió Ramiro B (48)


Un tono, dos, tres. Carmen está a punto está de colgar de nuevo. Cuatro. Carlos intenta levantarse y a duras penas lo consigue. Cinco. Carmen tiene ya el dedo sobre el botón de cancelar la llamada cuando una voz, ya no metálica sino más bien acatarrada contesta por fin.

–¿Digame?

A Carmen no se le ocurre otra cosa que decir, insegura “¿Manuel?”. Carlos, a pesar de su embotamiento muscular y cerebral, reacciona con la suficiente agilidad como para comprender que aquella mujer es a quien estaba destinado el mensaje que su compañero de piso dejó grabado hace días en el contestador. Está tentado a sacar del error a la mujer, a decirle que todo es una patraña inventada por un tipo que parece no tener nada mejor que hacer que complicar la vida de los demás. No sabe por qué razón, pero Carlos responde que sí, que él es Manuel. Tal vez se arrepienta nada más haber decidido suplantar al real o imaginario Manuel, pero el paso ya está dado.

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No contento con la usurpación de personalidad que acaba de cometer, recuerda el mensaje del contestador y se atreve a dar un paso adelante. Sin pensar que tal vez ni siquiera pueda levantarse de la cama, emplaza a la mujer en la librería al día siguiente y cuelga sin permitirle siquiera un turno de réplica.

Se vuelve a la cama deleitándose con la cara que Ramiro B pondrá cuando le vea aparecer en su lugar de trabajo. Él, que no compra libros ni por san Jorge.

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Le atendió Ramiro B (47)


Carmen Lázaro sigue dudando. Finalmente decide que nada pierde por llamar y, según lo que oiga al otro lado de la línea telefónica, colgar y olvidar ese número. Incluso arrojar el libro en el que lo ha encontrado a un contenedor si es preciso.

Marca y espera. Un tono, dos, tres. A punto está de colgar. Cuatro, cinco. Suena una voz metálica.

“Soy Manuel y en este momento no puedo atenderte. Por favor, deja tu mensaje después de escuchar la señal. Ah, y si eres Carmen, no olvides decirme cuándo quieres que nos veamos en la librería”.

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Al oír su nombre, Carmen no tiene tiempo de colgar como es debido. Simplemente el teléfono se le escapa de las manos por la sorpresa, choca contra el suelo y se le sale la tapa posterior.

Cuando quiere reaccionar, agacharse y recoger el móvil, comprueba que se ha desconectado con el golpe. Lo deja sobre un estante, se lava la cara, vuelve a sentarse sobre el inodoro y trata de montar de nuevo el aparato. Cuando lo consigue, enciende el aparato. Introduce el PIN y vuelve a marcar.

Ha decidido dejar grabado un mensaje.

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