Dopping, neoprenos y cintas de vídeo: “Cuestión de galones”, de Ricardo Bosque


galonesManu López Marañón

Cuatro años antes de que Philip Kerr anunciara el cese temporal de su serie Berlín noir y escribiera una obra titulada Mercado de invierno (protagonizada por un detective-entrenador de fútbol), cuatro años antes, digo, Ricardo Bosque ya había ambientado una novela en el mundo del deporte profesional. Vale, vale; ya sé que en esta temática Manuel Vázquez Montalbán se adelantó, en 1989, y tanto a Kerr como al autor que ahora reseño, con su excepcional El delantero centro fue asesinado al atardecer. Pero es que Manolo siempre queda fuera de concurso.

No es el fútbol y sus circunstancias el telón de fondo en el que se desarrolla Cuestión de galones sino un deporte como el waterpolo que, para el año 2041, ha pasado de ser minoritario a convertirse en espectáculo de masas. Sí, han leído bien: 2041. Y la narración se desarrolla en una Zaragoza artificialmente canalizada. Vaya, una distopía…, dirán algunos, bien regocijándose, bien llevándose las manos a la cabeza.

Han pasado 33 años desde aquella Expo zaragozana que tuvo al «Agua y el desarrollo sostenible» como eje temático y cuya infraestructura requirió que los cursos fluviales de la ciudad (el Ebro, el Gállego, el Huerva y el Canal Imperial de Aragón) fueran atravesados por 18 nuevos puentes y pasarelas. Partiendo de ello, el autor ambienta su trama en una Zaragoza ya total e impensablemente acuática, por la que hay que circular en motos y vehículos náuticos y, por descontado, ataviados con trajes de neopreno.

Por estar lejos de encontrarnos en una sociedad donde no reina la pobreza masiva, donde el Estado ni es policial ni se encarga de abolir la privacidad y las libertades (eso queda en manos –como hoy mismo– de los poderosos), y en una sociedad en la que la tecnología aún no esclaviza a la ciudadanía, por todo ello, apuntamos que la narración de Bosque se aleja del perímetro distópico para englobarse en los límites de una obra de inspiración futurista.

En esa Zaragoza del mañana la policía se llama Policía Fluvial Metropolitana. Con el equipo de fútbol desaparecido por sucesivas pérdidas de categoría y las deudas, su estadio, La Romareda, se ha convertido en un enorme centro náutico donde entrenan (y juegan) el equipo de waterpolo y las chicas de la natación sincronizada. La prensa, toda digitalizada, tiene en el Zaragoza News su diario principal. Sigue habiendo centros comerciales que albergan gimnasios como el Gymworld Body Center, pero también zonas en las que la emigración multirracial es masiva, aunque bien es cierto que alejada de radicalismos violentos.

El protagonista de Cuestión de galones, Ulises Sopena, desencantado capitán de la PFV, es un treintañero que habita un palafito de Los Lagos del Milenio. Su perro Nono y una vecina que le presta películas son sus únicas oportunidades allí para abrir la boca. Ante el crimen que se le plantea Sopena se comporta como un efectivo policía aunque, quizá, resulte un poco agonías. Sexualmente necesitado, resulta un varón fácilmente seducible; a cambio, su intrepidez lo ayuda a ganarse a quien quiere (su jefe –el coronel Cansado–, periodistas al acecho como Ariel Reig, y representantes deportivos turbios como Marcelo Pons serán títeres en manos de su elocuencia). El caso lo solucionará gracias a su mente ágil y versada. Ulises no cocina, no fuma, no visita burdeles, y, aunque le guste el whisky, lo bebe con moderación (la misma que le falta con la cerveza cuando va de bares). En la investigación está acompañado por la eficiente –y atractiva– teniente Sara Fitzpatrick, mujer a la que trabajosamente se obstina en tratar dentro de unos límites profesionales.

Desvelemos un poco la trama de la cuarta novela de Ricardo Bosque.

El portero del equipo de waterpolo Zarawater, Quino Lerín, ha aparecido muerto en un canal. La autopsia descubre en su cuerpo abundantes restos de un esteroide anabolizante (ilegal en el deporte profesional) que favorece el desarrollo muscular.

En los interrogatorios con la plantilla el capitán Ulises Sopena y la teniente Sara Fitzpatrick tienen que oír cómo allí nadie consume anabolizantes y que Lerín era –por supuesto– un excelente compañero. El médico del club, Linares, jura no tener nada que ver con el consumo de Teradrolona.

Dopping, vídeos porno caseros, estrellas de la sincronizada sobradamente cumplimentadas en el aspecto sexual, gimnasios, casinos abandonados, derechos de imagen, prensa amordazada y gigantes del ladrillo para desembocar en un tramo final eléctrico –insuperable en ritmo– con el sucesivo descubrimiento de sobornos y amaños, con la aparición de un poderoso ludópata y, como guinda, con esa inolvidable persecución a lo «French Connection» (aunque en esta ocasión entre canales y con motos náuticas) y en la que Ulises acorrala a un sicario, –cuyo interrogatorio aclara el caso–, consiguen dejar un imborrable poso y confirmar, para quien esto escribe, que Ricardo Bosque es uno de los grandes del género negro.

Dopping, neoprenos y cintas de vídeo: “Cuestión de galones”, de Ricardo Bosque

El Día de la Madre según Tana Marqués


Para quienes nos dedicamos al comercio minorista, lo único decente de los sábados es que preceden a los domingos. Nada más. De pequeña todavía podían tener algún aliciente, por ejemplo, que podías pegarte la mañana sin hacer otra cosa que ver la televisión, aunque visto desde la distancia que dan los años, no sé qué podía tener de especial pasarse una mañana entera aguantando a Torrebruno, lo único que se podía ver en la cadena única.

Lo malo del primer sábado de mayo es que precede al primer domingo de mayo, o sea, el Día de la Madre. Vale, permite hacer caja extra pero no deja de ser una putada para las que también somos madres y además tenemos que levantar la persiana. En fin, sé que se avecina un fin de semana de mucho trabajo, incluso he tenido que recurrir a un amigo de Lorenzo, estudiante todavía a pesar de sus casi treinta años, pero es que pertenecer a la tuna es lo que tiene. En todo caso, el chaval es voluntarioso y trabajador -si no tenemos en cuenta lo de los estudios- y no le importa repartir el día entre flores y alguna que otra comunión que amenizar. Lo que no me hace mucha gracia es que venga disfrazado, capa y pandereta incluidas, pero el muchacho dice que, si no, no le da tiempo de ir a cambiarse a casa.

Llego a la floristería a las nueve de la mañana. Pilar, Lorenzo y Julián el Tuno ya están aplicados a la elaboración de vistosos ramos que deben servir para decir “cuánto te quiero, mamá” aunque sea una vez al año. Por cierto, que jamás he soportado a esos babosos de hombres que acostumbran a llamar mamá a su parienta. Leonardo lo achacaría, sin duda, a un complejo edípico no superado. A mí me parece, simplemente, que la razón para comportarse así es que todavía no se han caído del árbol y comienzo a dudar que algún día lo hagan.

Leonardo es el presunto psicólogo que me manda los clientes especiales, el mismo que observo me ha dejado un mensaje en el contestador de mi despacho. Porque sólo él me deja mensajes; Luis, mi hijo o cualquiera de mis conocidos suelen localizarme en el móvil, pero Leonardo tiene la orden expresa de dejarme un mensaje en el contestador cuando la ocasión lo requiere.

Como digo, el piloto rojo parpadea y sé perfectamente lo único que puede significar. Pulso el botón de lectura y tomo asiento en mi sillón de jefa.

Orquideas

“Te mando unas orquídeas delicadísimas. Tal vez lleguen hoy mismo. Riégalas bien y si tienes alguna duda sobre su cuidado, llámame”.

Como si no conociera yo, después de tantas horas de vuelo, el modo en que deben cuidarse unas orquídeas por muy delicadas que sean. Pero claro, una contraseña es una contraseña y, o se dice bien, o no se dice, que luego sería yo la primera en sospechar que alguien estaba suplantando a mi psicólogo de toda la vida.

La verdad es que no me apetece tener que atender hoy a un cliente especial, con tantos clientes normales que supongo vendrán a hacer su compra anual de flores. Pero no soy yo quien para elegir el momento en que alguien se quiere suicidar: mi negocio es como una funeraria, y no sé de ninguna funeraria que le diga a sus clientes que vaya día han elegido para palmarla, precisamente hoy que hay partido en la tele.

Lo que sí hago es pedir a Pilar que sea discreta -todo lo discreta que puede ser esta chica- cuando llegue el cliente. A continuación, compruebo que todo está en orden en el despacho: la luz tenue, la silla que ocupará el cliente de modo que no pueda contemplar con detalle mis facciones, la cámara de vídeo cargada, el mando a distancia con que activarla con pilas nuevas para que no falle, que luego resulta incómodo decirle al cliente eso de “¿le importa que grabe este momento para la posteridad?”. La mía, se entiende, que cuando uno de mis clientes es grabado significa que ya no le queda demasiado futuro que disfrutar.

Y el disco con la música apropiada, ese recopilatorio de versiones de Gloomy Sunday que nunca falla para crear el ambiente adecuado para momentos como el que se avecina. Como no sé qué tipo de cliente es el que me va a visitar, decido recurrir a todo un clásico, coloco el disco en el reproductor y busco la versión de Billie Holiday, una de mis favoritas y que suele gustar a todo el mundo.

Fragmento de la tercera novela protagonizada por Tana Marqués, todavía en preparación (y lo que le queda, supongo)

MÁS INFORMACIÓN SOBRE TANA MARQUÉS EN SU WEB

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El Día de la Madre según Tana Marqués

El suicidio de una estrella


Cada vez le cuesta más hacerse entender, el alcohol va cumpliendo su cometido y comprendo que Santos está todavía peor de lo que aparentaba cuando me visitó en la floristería. Me había hablado de cómo se había entregado a la coca y el alcohol durante los últimos años, pero la imagen que muestra en su casa es, más que la de un bebedor, la de un borracho póstumo. De hecho, si no intervengo yo la cirrosis lo hará, sin tardar mucho y de un modo bastante más doloroso.

Tras la cuarta copa desde que he llegado, Martín apoya la cabeza en el brazo del sofá y entiendo que hoy es mi día de suerte: la muerte dulce es mi preferida y este hombre me lo está poniendo a huevo. Comienza a roncar de un modo que temo por los vecinos. Me calzo los guantes de látex, tomo la botella y le doy a beber a morro una buena cantidad, casi hasta terminar con su contenido. Me voy al baño, reviso el armario que hay sobre el lavabo y compruebo que mi suerte continúa: el actor en declive es un clásico y jamás se afeitaría con una Gillette como todo el mundo, lo suyo es la navaja y la brocha de toda la vida.

navaja

Pongo el tapón en la bañera y abro el grifo del agua caliente. En cinco minutos hay una cantidad considerable, pero no tanta como para que la masa de Martín “Arquímedes” Santos pueda desbordarla y dar un disgusto a la del quinto. Cierro el grifo y vuelvo al salón: mi cliente sigue durmiendo como un bendito.

Sujeto su cuerpo inerme por debajo de los sobacos y lo arrastro como puedo hasta el baño. Martín se deja hacer. Ahora llega la parte de mi improvisado plan que más pudor me provoca. Le quito los calzoncillos y, para no fijarme en su desnudez, le miro a la cara. No sé, incluso me parece ver una sonrisa de satisfacción en su rostro, como si Martín entendiera que, finalmente, él tenía razón y yo no era una salvadora de almas sino una puta como había pensado desde el principio. Pero, desde luego, no se trata más que de mi imaginación, el pobre está totalmente ido de este mundo. O lo estará en breve, más bien; de momento, sólo inconsciente.

Le introduzco en la bañera despacio. Permanece inmóvil mientras abro la navaja. Le tomo de la mano derecha y hago un profundo y rápido corte en su muñeca. Ni se inmuta, la navaja está bien afilada y ni siquiera se percata de lo que le está sucediendo. Repito la operación en la izquierda con idéntico resultado. El agua comienza a teñirse de rojo mientras espero sentada en una banqueta.

Fragmento de “Suicidio a crédito”, segunda novela protagonizada por Tana Marqués, editada en formato impreso en 2009 (Mira Editores) y ya disponible en ebook en Literaturas com Libros (3.99 euros, todos los formatos incluido epub sin DRM)

 

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El suicidio de una estrella

“Suicidio a crédito”, ya en formato digital


Hace unas semanas lo advertía: Suicidio a crédito, la novela que nació en un taller literario y que se publicó en versión impresa en 2009, iba a tener muy pronto su versión digital, a un precio muy razonable y en todos los formatos (incluido epub sin DRM).

Pues bien, ya está lista para su descarga desde la web de la editorial (sin anticopia) donde, además, encontrarás el enlace a otras plataformas como Amazon, Todoebook, iBookStore y otras muchas que se irán sumando.

Te dejo aquí la portada de la edición digital y su sinopsis.

PORTADA_87Tana Marqués, regente de una floristería en cuya trastienda lleva a cabo otro negocio algo más lucrativo y peligroso: «suicidar» gente (personaje con cuyo peculiar humor ya disfrutamos en la primera entrega de la serie: Manda flores a mi entierro), recibe en esta nueva novela un encargo en apariencia sencillo pero que, sin embargo, la llevará a inmiscuirse en un territorio salvaje. En un ambiente de especial crueldad y sordidez que haría retroceder, asustados, a los más duros personajes de la literatura negra, a los detectives en apariencia curtidos de las novelas de Raymond Chandler o Dashiell Hammet. Se trata, cómo no, del mundo de la prensa rosa.

Irónica y desenfadada, incisiva y tierna, Suicidio a crédito combina una mirada cáustica sobre la realidad actual, centrada en este caso en el llamado «mundo del corazón», con un retrato exacto y cómplice de algunos personajes actuales de ese mundillo. Todo ello apoyado en una prosa ágil, agradable de leer y salpicada de efectos cómicos.

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“Suicidio a crédito”, ya en formato digital

“Suicidio a crédito”, una novela de taller


portadasuicidio12Allá por 2007 rondaba por mi cabeza una novela que debía protagonizar Tana Marqués, la florista suicidadora que había debutado literariamente en Manda flores a mi entierro, publicada en papel por Mira Editores en 2007 y recientemente en edición digital de Literaturas com Libros.

También tenía en mente participar en un taller de novela y consideré que Fuentetaja era una buena opción y el proyecto en el que había pensado podía encajar bastante bien. Dicho y hecho: gracias a mi participación en ese taller y con los acertados consejos de quien lo impartía, la escritora Cristina Cerrada, surgió Suicidio a crédito, tal vez la novela más disparatada que ha salido de estas manos.

La novela se publicó en Mira Editores en 2009 y, muy pronto, tendrá su versión electrónica también en Literaturas com Libros. De momento, dejo aquí la sinopsis y los enlaces a algunas de las reseñas que se publicaron en su día.

Seguiremos informando.

Sinopsis

Martín Santos, galán del cine español de los años sesenta venido a menos, está harto de vender sus miserias al mejor postor, de patearse los platós televisivos para hablar de sus problemas con las drogas, con el juego, con las mujeres que se acercan a él buscando una fama efímera que les permita llegar a fin de mes sin tener que trabajar demasiado.

Quiere acabar con todo de raíz. Para ello, nada mejor que quitarse la vida, pero se sabe incapaz de suicidarse y decide recurrir a los servicios de Tana Marqués, quien además de dirigir una floristería en el centro de Zaragoza se dedica a ayudar a quienes la contratan mediante esa especie de eutanasia activa extrema en que está especializada desde hace años.

Pero la discreción que exige una actividad como la de Tana no se lleva bien con la legión de fotógrafos y periodistas a la caza de la noticia que suelen acompañar a todas partes a personajes como su nuevo cliente, y lo que parecía un encargo más se convertirá en un auténtico atolladero del que solo podrá salir sumergiéndose de lleno en ese mundo del corazón que siempre ha detestado.

Paparazzi, exclusivas, una mujer que dice ser quien decide en cada momento qué personajes serán actualidad y cuáles deben pasar a segundo plano… Suicidio a crédito utiliza los recursos del género negro para observar con acidez el mundo del corazón y los reality shows, un mundo en el que todo vale a la hora de lograr más audiencia que el rival y en el que los protagonistas de las noticias -tanto los periodistas que ejercen de gladiadores en un circo romano como los “famosos” que aceptan el papel de león o cristiano de turno- no dudan en renunciar a su dignidad con tal de seguir manteniendo un cierto nivel de vida o una simple presencia en los medios de comunicación, esos quince minutos de fama a los que, según Warhol, todos tenemos derecho.

Algunas reseñas:

Reseña de José Luis Gracia Mosteo en El Librepensador

Reseña de Luis de Luis en Revista Prótesis

Reseña de Noemí Pastor en Boquitas Pintadas

Reseña de Francisco Ortiz en Novela negra y cine negro

Reseña de Empar Fernández en Europolar

Reseña de Luis Borrás en Aragón Literario

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“Suicidio a crédito”, una novela de taller

Sánchez debe morir


En cuanto Sánchez salió del despacho, Tana regresó al puesto de mando. Encendió un cigarrillo –el primero del día, pues llevaba un par de semanas tratando de dejar el tabaco– y aspiró profundamente mientras examinaba las anotaciones que había hecho en la ficha que acababa de abrir para su último cliente. Algo en el tono de Sánchez cuando dudó de la profesionalidad de la empresa que dirigía le indicaba que debían actuar con rapidez; esa misma tarde, la noche siguiente como máximo. La aparente frialdad, la fortaleza que quería demostrar aquel tipo, sugerían que de un momento a otro podía venirse abajo y rescindir el contrato. Y Tana nunca devuelve lo que cobra por sus servicios. Por el bien del cliente, que, con toda seguridad, lo que quiere es morir. Aunque pueda parecer arrepentido de su decisión horas después de adoptarla.

En el cajón superior de la mesa guarda la agenda privada, la que contiene entre otros los datos de los ejecutores que trabajan para la floristería. La sacó y la abrió por la letra “E”: deseaba que Elena, una de las veteranas, fuera la encargada de realizar aquel trabajo. Descolgó el teléfono y marcó su número. Al quinto tono tuvo respuesta.

–¿Quién llama? –preguntó Elena malhumorada.

–¿Elena? Soy Tana: tengo un trabajo para ti. ¿Cuándo puedes pasarte por la tienda?

–Huy, perdona por haberte contestado con tan malos modos, pero es que me has pillado en la ducha y es la segunda vez que tengo que salir con la toalla a cuestas… y estoy poniendo el pasillo perdido. En fin, ¿de qué se trata?

–Varón, cincuenta y dos años, vive solo y debe morir cuanto antes. Accidentalmente. ¿Cuento contigo?

–Claro, Tana, qué cosas tienes: jamás rechazo un encargo. Voy para allá en media hora; ten la ficha preparada.

bañera

Tana sonrió cuando Elena colgó el teléfono. La florista siempre acostumbra a dar instrucciones a los ejecutores acerca del modo en que deben realizar sus trabajos, pero con Elena es distinto: lleva en la casa desde el principio de sus actividades y sabe que nunca acepta un consejo sobre cómo suprimir a alguien. Así que hace tiempo que desistió de interesarse por el método que pretende utilizar en cada ocasión: manipulación de vehículos, muerte por inmersión accidental en la bañera, suicidio por ahorcamiento, un tiro en la boca, asfixia por monóxido de carbono… Elena domina todas las técnicas de eliminación y se puede confiar plenamente en ella.

Cerró el despacho y preguntó a Pilar si necesitaba ayuda en la tienda, pero el local estaba vacío por primera vez en la mañana y decidió aprovechar esos momentos de calma para salir a comer algo en el bar de enfrente, pues el día de san Valentín la tienda no se cierra al mediodía y comenzaba a sentir algo de hambre. La mañana seguía fría –a pesar de que el sol estaba ya en lo más alto de la ciudad–, pero enseguida pensó que más frío debía sentir en ese momento el bueno de Sánchez. O no, tal vez no; nunca podría estar completamente segura de las sensaciones que experimentan sus clientes después de firmar el contrato de suicidio.

Fragmento de “Manda flores a mi entierro”, primera novela protagonizada por Tana Marqués, editada en formato impreso en 2007 (Mira Editores) y ya disponible en ebook en Literaturas com Libros (3.99 euros, todos los formatos incluido epub sin DRM)

Sánchez debe morir

Reseña (o así) de “Manda flores a mi entierro”, por José Luis Gracia Mosteo


Esta es otra de las reseñas que en su día se publicaron acerca de Manda flores a mi entierro (publicada impresa en 2007 y ahora en versión digital en Literaturas com Libros) y que desapareció de internet por cierre del servidor en el que se alojaba el blog en el que se publicó. La firma el novelista, poeta y crítico literario José Luis Gracia Mosteo. Decía lo siguiente:

El bosque del lobo

Confieso que leí Manda flores a mi entierro con ansiedad y estupor. El título era bueno; el escritor, crítico; y su condición, de novato. Lo leí entre lingotazos de vino y cigarrillos en primavera. Me dejó estupefacto. Entre tanta novela con pretensiones, tanto libro con afán de trascender, tanto pedante ambulante, me encontraba con un libro sencillo y bien escrito que sólo pretendía entretener.

Porque lo cierto es que me enganchó enseguida: los personajes eran creíbles; el marco, bien dibujado; la trama, consistente; el lenguaje, eficaz y limpio. Soy escritor y crítico literario, de modo que tengo cierta desviación a recomendar o desaconsejar, así que automáticamente lo recomendé a un puñado de amigos. Ninguno se quejó.

No voy a desvelar la historia, pero sí a sacarle un pero bastante grave. Vemos. Dos meses después me llevé Manda flores a mi entierro a la playa con mi mujer y chavales. La playa, ya se sabe, es un coñazo. Hay que cuidar de los niños, estar atento no se pierdan y evitar que se ahoguen. No voy a esconder que soy camastrón además de miope, de modo que cada año me llevo al mar la hamaca y un par de periódicos, y leo como un condenado.

Sin embargo, este año mi mujer tenía Manda flores a mi entierro entre las manos y leía y leía mientras los niños jugaban y hacían esas burradas tan encantadoras que hacen. Afortunadamente veraneamos en Almería, no en Tarragona. En caso contrario, seguro que se los zampa el tiburón. Porque lo cierto es que enseguida comprobé que o me ocupaba yo o no se ocupaba de los chicos nadie.

Empecé a mirar con ira aquel maldito libro que me estaba aguando las vacaciones más que el mismo Mediterráneo. “Joder con el Ricardo Bosque de los cojones”, me decía. A ese tío lo talo. Pedí el teléfono del pájaro en información y le llamé desde la playa conminándolo a una compensación (nurse, canguro o nanny), pero se rió desvergonzadamente y hasta se mostró simpático, el muy traidor.

Que se prepare: desde este momento desaconsejo su lectura en la playa, sillón o sofá, de forma que sólo puede ser leído en una narcosala. Es una novela estupefaciente y con tendencia a dejar estupefacto no sólo al que lee, como el tabaco. De la misma manera, encarezco a que lo lean en la cama todas las señoras y señoritas que duermen acompañadas, al fin y al cabo la protagonista es una mujer. (Y qué mujer.)

Y para que conste, firmo y rubrico esto.

J.L. Gracia Mosteo

Disponible en ebook en Literaturas com Libros. 3.99 euros todos los formatos, incluido epub sin anticopia

Reseña (o así) de “Manda flores a mi entierro”, por José Luis Gracia Mosteo

Mi nombre es Marqués, Tana Marqués


Seguramente ya sabrás que mi novela Manda flores a mi entierro, publicada en papel en 2007 por Mira Editores, sale ahora como ebook en una de las editoriales españolas que mejor han entendido cómo deben ser los libros electrónicos: baratos -3,99 euros- y en todos los formatos existentes, incluido el epub sin DRM. La editorial, Literaturas com Libros.

Cambia la portada original por esta que ves aquí, cambia el modo de leerla, pero la novela es la misma de la que Jabi Basterra dijo estas cosas en su blog Negra con puntillo.

Espero que te convenza su reseña y te decidas a leer Manda flores a mi entierro. Cuando la termines, si quieres, hablamos.

Mi nombre es Marqués, Tana Marqués

“Manda flores a mi entierro” o la buena literatura, por Amir Valle


En 2007 se publicaba mi novela Manda flores a mi entierro, que ahora está disponible también en formato digital. Por aquel entonces, un escritor de la talla del cubano Amir Valle, hacía una crítica de la novela que se reprodujo en un medio ahora inaccesible por cierre del servidor en el que estaba alojado. Afortunadamente, guardé copia del escrito, que me permito reproducir aquí:

Manda flores a mi entierro o la buena literatura, por Amir Valle

Pocas veces he leído libros que me impactan. Quizás el hecho de que mis primeras lecturas hayan sido en una edad tempranísima sea la causa de que en mi cabeza existe algo así como una costura cauterizada por la acumulación excesiva de lecturas, que impide que me emocione con mucha de la buena literatura que por esos mundos se escribe. Esa costura, sin embargo, cuando se abre ante un libro, me permite saber que me encuentro ante una obra de valía literaria real, capacidad personal convertida casi en mito por mis amigos del gremio de escritores, quienes suelen esperar por mis juicios a partir de eso que ellos han llamado, siguiendo a Hemingway, “detector de mierda”.

A lo anterior debo sumar otro detalle: considero que mucha de la literatura que hoy se escribe bajo el rótulo de novela negra es, para ser finos, desechable, debido a razones que, explicar, harían muy largo este artículo, además de que se perdería el sentido para lo cual ha sido escrito. Bajo ese credo, entonces, suelo no creer en nadie que me diga que tal novela negra es excelente hasta tanto no logre comprobarlo con mi propia lectura.

Quiero empezar diciendo entonces que Manda flores a mi entierro, que se anuncia como la segunda novela del escritor español Ricardo Bosque, parece ser la novela de un consagrado. Acaba de ser publicada justo cuando la novela negra española vive uno de sus mejores momentos, luego de una crisis inicial de la que muy pocos confiaban podrían salir todas esas obras de madurez literaria que hoy podemos encontrar, aún cuando todavía se publique mucha morralla. Precisamente ese es el primer reto que ha vencido esta novela: se coloca entre las mejores novelas publicadas en España durante, al menos, los tres últimos años y lo hace con una poderosa triada: perfecta estructura dramática, exquisita configuración psicológica de los personajes y casi absoluta limpieza estilística, a lo cual suma el ingrediente del suspense, magistralmente esgrimido por el autor desde el inicio mismo de la novela, como uno de los hilos invisibles que conducen la trama.

Resultará curioso para cualquier escritor-lector del género el modo en que Ricardo Bosque estructura la trama: a partir de los equívocos. Y es ése un procedimiento que, por peliguado, peligroso y cargado de riesgos, suele evitarse a la hora de escribir novela negra. El equívoco, sin embargo, adquiere en Manda flores… la categoría, a un mismo tiempo, de motor impulsor de la trama, de caracterización psicológica de los personajes y de mecanismo de creación de atmósferas. Contribuye, además, a la desubicación del lector, poniéndolo ante posibilidades que harán más confuso el necesario suspenso en torno a los hechos que se investigan. En ese camino apuntan los datos y comportamientos incongruentes (que propician el equívoco como figura literaria) de la profesional del suicidio Tana Marqués, de su tío Ramón Marqués, del investigador policial Arturo Sanromán y de la férrea matrona Mercedes Samper, quienes, con su volubilidad psicológica, su indecisión (o su exceso de resolución y confianza) ante algunas situaciones muy personales o de la trama criminal-investigativa, y la planificación calculada que hacen de sus acciones, propician una serie de preguntas que el lector tiene que responder, o una serie de giros de la trama que el lector experimentará junto a ellos, todo lo cual otorga a la historia narrada mayor naturalidad y fuerza de credibilidad.

La estructura investigativa, y el crecimiento dramático de las acciones que se van sucediendo a lo largo de la novela, es otra de las virtudes de Manda flores a mi entierro. No hay en esta obra, como suele suceder (y hablo de un defecto grave) en muchas novelas negras, ni cabos sueltos, ni escenas conversacionales superfluas donde el investigador parece estar más interesado en demostrarle al estúpido lector que es un buen policía porque cumple con las reglas de la investigación policial, ni mucho menos cosas traídas por los pelos para resolver situaciones escabrosas. La tan temida progresión dramática en esta novela se consigue con la más absoluta naturalidad porque Ricardo Bosque ha sabido dotar de vida propia tanto a personajes como a la propia historia, que transcurre por los cauces que el azar y la sagacidad o viveza de los personajes le va creando, es decir, como sucede en la vida cotidiana.

Si todo lo anterior es destacable, más importante aún es la perfecta configuración psicológica que hace Ricardo Bosque de sus personajes. Y hago notar que sucede igual tanto para los protagónicos (Tana, Sanromán, Mercedes, Ramón) como para los secundarios (el ayudante Félix, el mayordomo Julio, Sanromán padre, o Luis, el esposo de Tana), para los personajes transitorios (el otro hijo de Mercedes, los viejos que en las escenas finales revelan a Sanromán padre cierta verdad oscura en el pasado de Mercedes), e incluso para los llamados personajes referenciales, cuyo caso más evidente es el asesinado padre de Tana, Juan Marqués.

El escenario que proponen estos personajes, así como sus interacciones encima de éste, tiene que ver mucho con algo que suele estar en el centro de las discusiones sociológicas de la España actual: la pérdida total de valores, vista como un proceso de deformación que se viene sucediendo desde hace ya muchas décadas y que, contrariamente a lo que se piensa, primero, no es un fenómeno de la modernidad española, ni mucho menos resultado de la actual banalización internacional. Es, como queda claro en la alegoría expuesta en esta novela, el estallido de una acumulación de cambios sociales crecientes en los cuales tienen un papel esencial los avatares históricos, los procesos sociológicos por los cuales ha atravesado España a lo largo de las últimas cinco décadas y la introducción en la idiosincrasia peninsular de los traumas producidos por una sociedad que intenta asimilarse al mundo desarrollado, sin que importen esos otros cambios terribles que suceden en lo que los sociólogos llaman “conciencia social”. Y lo hace focalizando uno de los grandes traumas de la sociedad española, en particular, y europea, por extensión: la pérdida de la célula fundamental de desarrollo de la especie humana, la familia.

PORTADA_78 Manda flores a mi entierro
Portada de la edición digital de 2012 en Literaturas com Libros

 

El humor irónico (en Sanromán), la frialdad despreciativa (en Mercedes), la calculada sobriedad (en Tana), la apostada comprensibilidad (en Ramón), la rebelde ancianidad (en Sanromán padre), y la fidelidad fanática (en Félix), para sólo mencionar las más desarrolladas, son mecanismos caracterizadores que destacan por su excelencia en esta novela. Ricardo Bosque demuestra que ha aprendido bien uno de los grandes consejos de la caracterización literaria: “cada uno de nosotros puede ser distinguido del resto por solamente una característica”, dijo cierta vez ese genio que fue William Faulkner, y a partir de la elección de una característica tipificadora para cada uno de sus personajes, Ricardo construye el edificio psicológico con el cual nos los presenta: tarea realmente admirable.

Finalmente, el lado flaco de la mayoría de las novelas negras que hoy se publican: el lenguaje. Acostumbrado a las barrabasadas gramaticales cometidas por buena parte de los escritores que publican, en español, en España (donde la edición, además, no suele ser nada buena), me ha llamado mucho la atención la justa limpieza con la que el autor ha escrito Manda flores… Una prosa ágil, inteligentemente movida desde la introspección psicológica hacia el exteriorismo narrativo y descriptivo, con excelente reactividad dramática (es decir, que se acelera cuando es necesario, y se hace lenta, cuando la trama lo requiere), permite que la distribución de las acciones dramáticas lleguen al lector en su justo peso, con sus más naturales implicaciones, y con toda la limpieza necesaria.

Manda flores a mi entierro, repito entonces, es una novela que, en primer lugar, prestigia a la editorial que la ha publicado; en segundo, que se inscribe en lo mejor de la actual novela negra española, y en tercer lugar, que marca el regreso triunfal de un autor al género de la novela (más allá de si es negra o no) y propone un gran personaje: Arturo Sanromán, cuyos casos próximos, espero, nos seguirán cautivando.

Manda flores a mi entierro, 3.99 euros en ebook

“Manda flores a mi entierro” o la buena literatura, por Amir Valle

“Manda flores a mi entierro”, ya a la venta


Por fin, con las ganas que tenía yo de que mi Tana Marqués viera mundo -aunque también tiene una edición impresa cubana, todo hay que decirlo-, que extendiera su negocio más allá de fronteras demasiado locales, que gente necesitada de sus servicios la hay en todas partes.

Bien, pues Manda flores a mi entierro -novela publicada en papel en 2007 por Mira Editores– ya tiene versión electrónica en Literaturas com Libros, a solo 3,99 euros y en todos los formatos imaginables: para los Kindle o cualquier otro ereader, para los aparatejos de Apple, pata tablets, en epub sin DRM…

Venga, que se agota. Pinchando aquí, todos los puntos de venta (epub sin DRM en la propia web de la editorial)

“Manda flores a mi entierro”, ya a la venta