Insta-reseñando “El mal camino”, de Mikel Santiago

Primeras (y positivas) sensaciones con lo nuevo de @mikelsantiago en @Ediciones_B #novelanegra #libros

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Como sucediera con su primera novela, La última noche en Tremore Beach, de la que ya escribí en su día en Calibre .38, Ediciones B tiene el detallazo de enviarme, con la debida antelación, las galeradas del que será su segundo trabajo: El mal camino.

Junto a las galeradas, una advertencia: que no escriba nada sobre ella hasta que la novela esté a disposición del respetable, allá a principios de junio. Les juro que así será.

La leo, me muerdo los puños, aparto de mí este caliz una y otra vez para no caer en la tentación de romper mi juramento (más bien promesa, siempre he sido “sector laico”) y me comporto como he dicho que iba a hacerlo.

Veo por fin que ya está a la venta y me lanzo a escribir unas líneas sobre este segundo trabajo de Santiago, tan tenso, adictivo y enigmático como el primero pero más “maduro”: si en Tremore Beach había una cierta precipitación final tras la larga y tensa calma en que trascurre la mayor parte de la novela, en El mal camino, aunque también con traca final, el tempo está mejor administrado y ya desde el comienzo el lector sabrá, más que intuirá, que algo gordo va a suceder. Eso, sí, siempre con la duda si lo que sucede en torno al protagonista, el escritor Bert Amandale, es algo real o fruto de sus paranoias.

Porque todo arranca en la plácida Provenza francesa, un entorno bucólico en el que encontramos al citado Bert y su familia -mujer e hija adolescente- y, a pocos kilómetros, a su mejor amigo, Chucks Basil, músico adicto a todo tipo de sustancias que se ha trasladado a la región tratando de terminar su nuevo trabajo. Todo muy bonito -si bien no exento de cierta tensión entre Chucks, Bert y señora por entender ésta que el músico no es una muy buena influencia para la hija adolescente- hasta que tiene lugar el accidente en el que Chucks dice haber atropellado y matado a un hombre. Dramático, pero no deja de ser un accidente más. El problema viene cuando el cadáver no aparece y Bert comienza a dudar del equilibrio mental de su amigo.

Del suyo propio dudará más adelante.

Mikel Santiago ha encontrado el tono adecuado, sabe qué cuerda tocar en cada momento para que sus obras evolucionen in crescendo desde la primera línea y consigue lo que pocos autores: que el lector, llegado a la última página, diga “quiero más como esto”.

Habrá que esperar, claro.

 

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