Llevo una temporada leyendo novelas de género criminal atendiendo a la localidad en que transcurre la acción. Le tocaba a Amsterdam y de la ciudad de los canales conocía ya a un par de polis imprescindibles aunque solo sea por su extravagancia: los inefables Henk Grijpstra y Rinus De Gier del también incomparable Janwillen Van de Wetering.
Quiero más, cómo no, la imagen de una ciudad como la capital holandesa no puede limitarse a dos detectives setenteros más colgados que el mono de Tarzán. Por eso busco y busco y me encuentro con otros dos súbditos de la reina más naranja de Europa a los que merece la pena echar un vistazo, si bien uno representaría la cara y otro la cruz en cuanto a su calidad literaria aunque esta sea, obviamente, una consideración absolutamente subjetiva.
Empezando por la cruz, diré que no me ha gustado mucho el inspector De Cock creado por Albert Cornelis Baantjer, expolicía como Wetering que firmó 60 libros protagonizados por su personaje estrella si bien solo un par de casos nos han sido traducidos. Poco material, por tanto, para evaluar a nadie, pero suficiente para constatar la prepotencia del inspector -mas observador si cabe que Holmes- y plano y soso como pocos, tanto en el aspecto profesional como en el familiar. Vamos, que puestos a elegir con quién irnos de cañas este hombre se quedaría sin compañía, al menos por mi parte.
Más interesante me parece el segundo descubrimiento, con quien no nos centraremos en los manidos temas amsterdameses de drogas y putas sino que nos centraremos en otro aspecto por el cual la citada ciudad de los canales merece una reposada visita: los museos. Hablo de Jager Havix, creación mucho más actual de Gauke Andriesse, detective al que sus investigaciones siempre terminan arrastrando al complejo mundo del arte.
Hasta el momento ha protagonizado dos novelas, Las pinturas desaparecidas y Silencio, y en ellas aprenderemos mucho de pintura de los siglos XVI y XVII y cómo muchos de los cuadros de aquella época fueron utilizados como moneda de cambio por partida doble durante la II Guerra Mundial: al inicio para que los judíos pudieran comprar su libertad; al final para que los jerarcas nazis que los habían adquirido pudieran comprar sus billetes para Sudámerica y otros destinos seguros.
Autor recomendable, desde luego, pero sigo quedándome con mis Grijpstra y De Gier, tal vez por conocerlos desde hace más tiempo y ya se sabe eso de que el roce hace el cariño. Suya es esta visión de la ciudad en la que trabajan:
“Amsterdam, con su tolerancia respecto a las conductas no convencionales, atrae gente desquiciada. Holanda es un país convencional y las personas desquiciadas han de instalarse en algún sitio. Lo hacen en la capital, donde los encantadores canales, los miles y miles de casas con gabletes, los cientos de puentes de todas las formas y tamaños, las hileras de viejos árboles, los bares y cafés a la antigua, las docenas de pequeños cines y teatros alientan y protegen a los elementos raros. Las personas desquiciadas son personas especiales. Poseen el genio del país, su afán creador, su deseo de encontrar nuevos caminos”.
















































